Álvaro Torres: Los sueños de algodón

Despertando la magia de los algodonales, entre cerros azules que comienzan a ataviarse de luz, avanza sobre Concepción Batres un claro amanecer. Es apenas un pueblito rural del departamento de Usulután, en la República de El Salvador, pero palpita en él esa virgen poesía de la naturaleza americana cuyos versos parecen recién salidos de la garganta del creador.

Por la línea del sol, bajo el silencio extraño de la pena, van las recogedoras hacia el mar de algodón que platea, telaraña difícil donde sumergen todo el día sus cuerpos y sus sueños. Mas, de pronto, escuchan una voz. Una menuda vocecita, dulcísima, se levanta entre los copos vivos y los echa a volar. “¿Pero… quién canta?”, se preguntan a una las mujeres, sintiendo como la melodía arrastra la congoja y deja el alma leve, alba y serena como las hebras que el solano se lleva. “Oh, es mi hijo”, responde, orgullosa, una muchacha. “Anda, pues, por ahí. Pero no se le ve, porque las matas son más altas que él. “Dígale, por favor, que no pare”, piden a coro las obreras. “Es muy hermoso”.

Aquel niño cantor siguió tal mandamiento a pie juntillas. Muchos años después, con la misma naturalidad con que se eleva al cielo un copo de algodón anclado a un remolino, inició un prodigioso ascenso musical que lo convirtió en un artista de renombre internacional. El pequeño Alvarito, de Concepción Batres, es hoy Álvaro Torres, de todo el universo.

Ahora, en Cuba, y en el Bayamo histórico donde vino a cantar, un joven periodista tiene el honor de dialogar con él. Ese joven se sabe todas sus canciones. Creció con ellas. Y es lo primero que confiesa cuando el artista lo recibe, vestido ya para el concierto, risueño y querendón. El cuestionario es leve, pero jugoso, y la primera interrogante versa sobre su pueblo y sus sueños de niño.

“En mi tierra natal todo era muy difícil. En verdad, no había ninguna  esperanza de triunfar. No se vislumbraba en el horizonte la posibilidad, ni siquiera lejana, de que pudiera convertirme alguna vez en una figura. No tenía idea. Lo mío fue todo muy natural y espontáneo. Un buen día me fui, en busca de mi padre violinista, a quien no conocía y de quien heredé el talento y la pasión por la música. Lo encontré y fue maravilloso. A partir de ahí me acerqué en serio a este mundo de melodías y a un instrumento como la guitarra. Así empecé a musicalizar las ideas que tenía desde pequeñito.”

Sobre sus referentes o maestros, además de su padre, respondió:
“Aprendí de todo cuanto escuché en mi camino. El primer ídolo, por decirle así, fue el mexicano Javier Solís. Era un gran romántico, con aquellas canciones tan expresivas. Luego, ya en la capital de mi país, escucho la obra de Roberto Carlos, y las creaciones del movimiento musical de entonces. Había muchas bandas locales haciendo copias al español de canciones americanas. No lo sabía entonces. Para mí aquello era inédito y creía que era un trabajo original de cada cual. Me di cuenta años después. Pero en aquella época lo tomé todo como auténtico y como tal me sirvió de inspiración.”

Autor de algunos de los temas románticos más hermosos de la música latina de todos los tiempos, el compositor nos revela:
“Nunca compongo por oficio, sino por inspiración. Es un desahogo personal, una necesidad de expresión, y es siempre algo espontáneo provocado por mis vivencias y sentimientos. Así que soy un compositor, si se quiere, casual, pues solo puedo hacerlo cuando algo me motiva, ya sea positiva o negativamente. Muchos compañeros me piden canciones pero, francamente, no puedo suplir ese mercado. Intenté algunas veces componer bajo presión, para satisfacer alguna demanda, pero es una disciplina muy difícil de dominar. Y dejé de intentarlo. Como soy siempre sincero en ese sentido, mucha gente se identifica y se ve retratada en mis canciones. Creo, también, que el ser compositor es una cuestión de esencias, y viene de mi primera infancia: me faltaron muchas cosas importantes, pero nunca el amor de mi madre, ni el campo, ni el río, que me nutrían de la mejor poesía. Aquel entorno me hizo romántico y me hizo poeta.”

Con una larga y exitosa carrera haciendo música y cantándole, esencialmente, al amor, quisimos conocer los conceptos personales de Álvaro sobre ese arte y sobre el sentimiento que ha sabido nutrirlo. Del primero, opinó:
“Es la mejor expresión para aquellos que, como yo, no tenemos otros medios a mano. No soy muy locuaz. Nunca lo fui. No pude ni siquiera ir a la escuela. Entonces fue la música, y sólo ella, el vehículo ideal en el que me monté para que me llevara a donde fuera, mi manera para decir a una chica lo mucho que me gustaba o como me volcaba el corazón cuando la veía, la oportunidad de demostrar mi amor al cantar a mi patria, a mi madre, a mi padre. Ha sido la herramienta perfecta para poder comunicar mis sentimientos.”

Sobre el amor, nos dijo:
“Es la base de todo. Estamos esencialmente hechos de amor, y solo cuando lo abrigamos en nuestros corazones vivimos de verdad. Dios nos hizo por amor, con misericordia y buenos deseos. Eso hay que rescatarlo, y respetarlo. El mundo está enloquecido y desesperado por muchas razones. Entonces, una nota musical romántica y una melodía que identifique un buen sentimiento es un poderoso vínculo que puede ayudar a unir a la humanidad. Adoro ser parte de eso. (…) En verdad, me encanta ser el Cupido de todas las parejas. Ojalá siga siéndolo por mucho tiempo.”

Cuba, la isla más musical del Caribe, espera durante largos años por muchos intérpretes que han ganado, de lejos, su corazón. Álvaro Torres era uno de los más añorados. Sobre el particular, interrogamos: ¿Por qué ahora?
“Bueno, en verdad nunca pensé conocer Cuba, aunque sí conocía su legado musical, especialmente el bolero. Para venir, realmente no me ataba nada. Pero como imaginarás no era llegar y cantar así no más. Hay canales, hay pasos. Como no los conocía, y como no di indicios de que algún día pudiera presentarme aquí, pasaron todos esos años. Ahora, fue gracias a mi manager, que es cubano y conoce de estos procedimientos. Él empezó a bregar, a visitar personas, a viabilizarlo todo. Después de cinco años de gestiones, al fin se nos dio la oportunidad y aquí estoy, aprovechándola, no solo para pagar el tributo que los cubanos han brindado a mi música, sino también para disfrutarlo yo mismo, pues es un gozo de verdad.(…) Cuba ha sido lo máximo,  sensacional.”

Con más de treinta discos y numerosos premios internacionales, Álvaro Torres entrará este año, en plena producción creativa, en el Salón de la Fama de la Música Latina. Sobre el último de sus proyectos, informó:
“Estoy trabajando en un disco que me ha tomado mucho tiempo, pues lo hemos hecho de manera independiente. Se llama Otra vida, y ya hemos sacado a la luz algunas cosas, incluso tenemos un disco, digamos, de “mantenimiento”, donde hemos unido temas nuevos y algunos éxitos en espera de la publicación del material completo. Esta vez, tendré la fortuna de contar con la participación de la orquesta de la sinfónica juvenil de la ciudad de Santiago de Cuba. Eso será otro paso para vincularme más con Cuba y con su arte.”

A punto de cantar para los bayameses, que lo esperan ansiosos enfrentándose incluso a una lluvia tenaz, pregunto al cantautor: ¿Y la ciudad de Céspedes, y su gente?
“La ciudad, maravillosa. La gente, increíble, amorosa, emotiva. Me he dado cuenta que todas las personas de cualquier edad y tamaño expresan sus emociones diciéndome lo que mi música ha significado para ellos y me cuentan incluso sus vivencias. Es algo impresionante.”

Sin percatarme entonces que el más hermoso colofón para este diálogo es el propio concierto que está por comenzar, lanzo, acaso, mi pregunta absoluta, buscando un cierre “único” que permita lucir —vana ilusión— tres puntos suspensivos dorados: ¿Si tuviese que escribir e interpretar la Canción Total, sobre qué versaría?
La sincera humildad de su respuesta, mirándome a los ojos, descubrió para mí la natural grandeza que nos trajo hasta aquí a aquel niño cantor:
“No tengo la menor idea. Esa página está en blanco, pero sé que ese texto llegará, tarde o temprano.”

Después, un abrazo, ¡y al concierto! La lluvia duró aun dos horas más. Cuando cesó, la noche quedó límpida, perfecta para acoger la magia de la voz. Y así fue. Como en el mar plateado de los algodonales de su tierra, sus melodías volvieron a alegrar corazones. No sin cierta emoción, comprobé que, aun sin proponérmelo, me sabía todas sus grandes canciones, y las coreé bajito, sonreído, pero como me acompañaban otros miles, muchas veces mi voz se convirtió en clamor.

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