La leyenda de la Cruz Verde

Bayamo es una ciudad de leyendas y tradiciones. Pero uno de los fenómenos religiosos que más trascendencia ha tenido ha sido la leyenda de la Cruz Verde. La misma se ha mantenido en la cultura popular bayamesa por más de tres siglos.

Existen varias versiones. Una de las versiones la expone José Maceo Verdecia como la leyenda que se pierde en la noche de los tiempos y constituye una de las muy pocas, que por estar ligada a algo positivo, ha pasado de generación en generación hasta nuestros días.

Relata así, la existencia de un individuo que en cierta ocasión fue comisionado para traer desde Santiago de Cuba determinada suma de dinero, que en aquel entonces era acuñado de un lugar a otro en saquitos de no muy grandes dimensiones. Este individuo, que era criado de unas de las más adineradas familias de la ciudad, necesitó para su viaje dos cabalgaduras. Al concluir el trayecto de ida y retorno, se vio obligado a abandonar por un instante las dos bestias cargadas de oro. Cuando regresó al punto de partida, los caballos habían desaparecido.

Desconsolado se dio a su búsqueda invocando al cielo su auxilio. Luego de penetrar en los contornos, partió impulsado por una fuerza sobrenatural hacia las orillas del río, donde divisó las dos bestias iluminadas por una luz fosforescente que provenía de una asombrosa Cruz Verde. El criado sobrecogido de pavor, fue en busca de un sacerdote para comunicarle el milagro, que recorrió el pueblo hacia todos sus extremos.

Después de adorar la cruz de rodillas, convinieron para trasladarla para la Capilla de Dolores. Al día siguiente los devotos habitantes se congregaron en las puertas de la Capilla para darle gracias al todopoderoso por aquella demostración palmaria de su poder e ilimitada providencia; sin embargo, otro milagro aconteció cuando se abrieron las puertas de la capilla, la cruz había desaparecido, se encontraba nuevamente en el río y en el mismo lugar. Se había trasladado por sí sola de un lugar a otro.

Tras la rápida deliberación, acordó el sacerdote retornar la cruz a la iglesia; pero en la noche se volvió a repetir la milagrosa evasión durante tres noches consecutivas. Convencidos de que la cruz no deseaba permanecer en la iglesia se acordó situarla a la mitad del camino, donde el pueblo devoto y confiado se congregó todos los años, en los primeros días del mes de mayo, para rendirle fervoroso culto.

La creencia de este hecho, la búsqueda espiritual, el sustento de la costumbre y la conservación de la tradición, fueron menguando en su constancia, hasta mediados de la década del cuarenta del siglo XIX, etapa final donde la veneración de la cruz sólo se concretó con la escasa participación de los vecinos más cercanos, quienes le ofrecían una modesta adoración a través de cánticos, exposición de flores y velas.

Hoy se conoce como leyenda y se recuerda en ocasiones como una simple tradición religiosa.

Desapareció el objeto, transcurrió el tiempo y en la actualidad sólo quedan las huellas en la memoria colectiva de los más viejos. La tradición que fue en su momento una necesidad en el presente es para muchos una pérdida, como las tantas que tuvieron lugar en la villa.

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