Perucho Figueredo

Pedro Felipe Figueredo y Cisneros, conocido como Perucho Figueredo, uno de los hijos más ilustres de la villa San Salvador de Bayamo, de la más alta estirpe de revolucionarios criollos que se enfrentó al colonialismo ibérico. Creador de la letra y música de La Bayamesa, el Himno de Bayamo, nuestro canto patrio.

Nació en Bayamo, Oriente, el 29 de julio de 1819. Hijo de una acaudala familia, cursó sus primeros estudios en su ciudad natal. En 1834 ingresa en el colegio habanero Carraguao, dirigido por José de la Luz y Caballero, para continuar con el nivel superior. Por sus dotes artísticas y literarias lo apodaban «el gallito bayamés». En 1838 se graduó de Bachiller en Filosofía en ese colegio. En la universidad de Barcelona cursa estudios de Derecho, graduándose de abogado en 1842. Luego se traslada a la Universidad Central de Madrid para revalidar su título, al tiempo que recorre varios países de Europa.

Regresa a su ciudad natal donde instala un bufete. En 1844 solicitó a la Real Audiencia de Puerto Príncipe la incorporación de su título de abogado. Su padre, regidor, alcalde y mayor provincial, le otorga poder general para que lo represente en todos los pleitos. Contrae matrimonio con la criolla Isabel Vázquez Moreno.

Amante y cultivador del arte y la literatura, funda en 1851 junto a Carlos Manuel de Céspedes y con la ayuda de varios intelectuales bayameses, la Sociedad La Filarmónica, que sesionó como un importante centro cultural que aunó figuras como Juan Clemente Zenea, José Fornaris, José Joaquín Palma y José María Izaguirre. En la misma los criollos representaron varias obras de teatro, algunas de las cuales fueron escritas por Figueredo.

En 1852 ocupa el cargo de delegado de Marina. Para entonces ya se había ganado el desafecto de las autoridades españolas de la región. Su nombre estaba relacionado junto a los de los conspiradores Narciso López y Joaquín de Agüero. En 1853, ante un incidente con el retrato de la  reina Isabel II, fue llamado a declarar junto a otros sospechosos de infidelidad a España. En ese tiempo fue designado juez subdelegado de Marina. Ante el peligro de ser deportado por infidencia se vio obligado a trasladarse hacia La Habana, donde se radicó en 1854. Como abogado de los tribunales de la nación representó diferentes causas judiciales; entre ellas, algunas de familias bayamesas con intereses en la capital.

Allí funda El Correo de la Tarde, que editó con Domingo Arozarena y José Quintín Suzarte. Este periódico (político, literario, económico y mercantil), con frecuencia diaria, tuvo corta duración por sus enérgicas críticas al gobierno colonial. También colaboró con la revista siboneyista La Piragua, en la cual apareció Excursión a la gran sabana de Yara y la contradanza La Piragua.

En 1858 regresa a Bayamo con su familia. Tres años después es condenado a prisión domiciliar durante 14 meses por escribir al gobernador superior de la Isla manifestándole la incompetencia del alcalde mayor de la ciudad Gerónimo Suárez Ronte.

Recluido en su mansión estudió táctica militar y escribió artículos sobre costumbres cubanas. Su casa se convirtió en médula de reunión de los bayameses, donde nació el 14 de agosto de 1867 el Comité Revolucionario de Bayamo, centro aglutinador de los trabajos conspirativos en la región, que Perucho integró como vocal, condición que también ocupó en el Comité Revolucionario de Oriente.

Por sus conocimientos de música fue designado para que escribiera la marcha de la venidera guerra, la que entregó el 3 de mayo de 1868 a Manuel Muñoz Cedeño, director de la orquesta de la Iglesia Mayor, para su instrumentación. Esta pieza, nombrada La Bayamesa, se escuchó públicamente por vez primera el 11 de junio de 1868 en la Iglesia mayor de Bayamo, durante las celebraciones de la fiesta religiosa del Corpus Christi, y ante la presencia del gobernador de la ciudad, coronel Udaeta, y otras autoridades españolas.

El gobernador Udaeta reclamó a Perucho que la marcha no tenía nada de religiosa y sí mucho de guerrera, a lo que éste respondió: “Usted no puede determinar que este sea un canto de guerra puesto que no es músico”. La marcha creada se popularizó, se silbaba por las calles, y presidió los actos de la Sociedad La Filarmónica.

El 4 de agosto de 1868 Perucho Figueredo participa en la conocida Convención de Tirzán, reunión efectuada en la hacienda de San Miguel del Rompe, Las Tunas, en la cual se debatió sobre la organización y fecha de inicio de la contienda libertadora. Ante la divergencia de criterios, se acuerda un segundo encuentro en el que también está presente Figueredo, esta vez en la finca Muñoz, el 3 de septiembre, donde se aplaza el alzamiento hasta el fin de la zafra 1868-1869. En la reunión de El Migial efectuada el 4 de octubre con la presencia de Donato Mármol, Calixto García, Jaime Santiesteban, Vicente García, Luis Figueredo y Ángel Agustín Maestre, se fija la fecha para el 14 de octubre.

El 7 de octubre, el capitán general de la Isla ordenó su detención junto con la de Carlos Manuel de Céspedes. La revolución se torna inminente para el 10 de octubre de 1868. Figueredo conjuntamente con Maceo Osorio y Donato Mármol organiza a los conspiradores de Bayamo.

El 12 de octubre, después de sucedido el revés de Yara por las fuerzas cubanas y decidida la toma de la ciudad de Bayamo, Céspedes le envía un mensaje en que le informa que se encaminaba hacia la zona de Barranca con el general dominicano Luis Marcano. Inmediatamente Figueredo, en su ingenio Las Mangas, reúne 32 hombres armados, grupo que denominó La Rusia, y al día siguiente, luego de rechazar las peticiones de paz procedentes de las autoridades españolas, dirige una proclama al pueblo bayamés llamándolo a la incorporación a la lucha. El 15 de octubre se entrevista con Céspedes en Barranca, y junto al general Marcano organizan la toma de Bayamo. Canducha Figueredo, su hija de 17 años de edad, fue designada como abanderada de la tropa.

El 20 de octubre es derrotada la guarnición española de la ciudad y los mambises entran victoriosos. En medio del alborozo los bayameses tarareaban la melodía del himno ya propagada, y piden a Figueredo la letra de la marcha. Cuenta la romántica leyenda popular que el patriota, pluma en mano y sobre la montura de su caballo, crea la letra del himno, que pasa de mano en mano hasta que todo el pueblo enardecido lo canta a viva voz. Investigaciones de historiadores han demostrado que ya existía de antemano y algunos bayameses la conocían, y que Figueredo lo que hizo en el acto fue transcribirla.

Al formarse el Gobierno Provisional en Bayamo, fue nombrado jefe del Estado Mayor. El 6 de noviembre publicó en el periódico El Cubano Libre un artículo en el cual se calificaba de conspirador privado y público contra el colonialismo español. Luego del incendio de Bayamo, gloriosa acción en que los moradores de la ciudad escogieron entregar sus riquezas a las llamas antes que entregarla nuevamente a los españoles, Figueredo se interna a vivir y luchar en la manigua.

El 11 de abril de 1869, en Guáimaro, fue designado subsecretario de guerra del Primer Gobierno de la República en Armas, con grado de Mayor General. También se desempeñó como jefe de despacho del presidente Carlos Manuel de Céspedes. El 18 de diciembre de 1869 renunció a la subsecretaría de la Guerra por estar en desacuerdo con la destitución del general en jefe, mayor general Manuel de Quesada, y aunque Céspedes no la aceptó, realmente se desentendió de sus obligaciones.

En los montes cubanos enfermó de fiebre tifoidea. Convaleciente, fue capturado por los españoles el 12 de agosto de 1870, en la finca Santa Rosa de Cabaniguao, en Las Tunas. Al momento de su aprehensión tenía terribles llagas en los pies que le impedían caminar. Fue conducido hacia Santiago de Cuba. Allí fue juzgado y condenado a pena de muerte. Cinco días después fusiles ibéricos llevaron a cabo la sentencia.

Para mancillar su honor, como no podía caminar, fue conducido hasta el lugar del fusilamiento montado en un asno. Pero no se avergonzó, con dignidad y honor respondió que no era la primera vez que un redentor montaba en ese tipo de cabalgadura.

Antes de ser ejecutado las autoridades coloniales le propusieron perdonarle la vida si hacía dejación de la lucha, lo cual fue rechazado con hidalguía por el insigne cubano. A éstos expresó que sentía la muerte sólo por no poder gozar con sus hermanos la gloriosa obra redentora que había imaginado.... Y una sentencia suya fue confirmada por la historia: “¡España ha perdido a Cuba!”

“¡Morir por la Patria es vivir!”, expresó en sus últimos instantes de existencia el patriota.

Sus restos mortales reposan en el cementerio de Santa Ifigenia, en la ciudad de Santiago de Cuba.

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