Francisco Maceo Osorio

Francisco Maceo Osorio. Mayor General del Ejército Libertador. Fue un revolucionario cubano que se unió a Carlos Manuel de Céspedes en su campaña libertaria. Secretario del Comité Revolucionario de Bayamo, fundó el periódico La Regeneración, que llegó a ser, por la tónica que mantenía en sus artículos de fina prosa, el terror de los partidarios de la Colonia.

Nació en la villa San Salvador de Bayamo en la actual provincia de Granma, Cuba el 4 de octubre de 1828. Hijo del doctor en farmacia Pedro Manuel Antonio Maceo Infante y Luisa Osorio Ramírez, natural de Santiago de Cuba. La familia puso gran empeño en su educación. Ingresó en el convento Santo Domingo, bajo la regencia de los discípulos de Santo Tomás de Aquino. Cuando los maestros se trasladaron a La Habana, y luego a Valencia llevaron consigo al joven estudiante, al que tomaron gran cariño por su inteligencia y aplicación. En la Universidad de Barcelona obtuvo el grado menor de Bachiller en Leyes y en la Central de Madrid el título de Licenciado en Legislación y Jurisprudencia.

En 1859 retorna a su ciudad natal abriendo un bufete y siendo perito en leyes, con talento y tacto, obtuvo bien pronto una gran clientela. Ganó mucho dinero y una inmensa popularidad. En 1863, y por oposición, alcanza el cargo de juez de primera instancia de la villa. Desde ese puesto debió dirimir en la acusación del abogado Pedro Figueredo, que acusaba al alcalde mayor Jerónimo Suárez Ponte de incompetencia para el cargo. Las autoridades coloniales vieron en ello una burla y un atropello a uno de sus funcionarios y buscaron sancionar al conocido opositor al Gobierno. El juez Maceo Osorio aceptó el cargo de injuria presentado contra Perucho y lo sancionó a ocho meses de arresto domiciliario. En opinión de Carlos M. de Céspedes debía haber renunciado antes que sentenciar al valiente bayamés, que tenía razón. Entre ellos nació una violenta enemistad.

En 1864 comenzó a editar el periódico La Regeneración, el segundo que nacía en Bayamo.

En diciembre de 1865 Maceo Osorio entró en contacto con Aguilera, Esteban Estrada y Lucas del Castillo para pulsar los ánimos pues ya había indicios de la madurez de las condiciones para hacer estallar la necesaria guerra de independencia. A los fines conspirativos Aguilera logró sellar la amistad entre Maceo y Figueredo.

Junto con los Figueredo y a Donato Mármol toma las armas, apenas iniciada la guerra, tomando el Poblado de Guisa. El 20 de octubre Céspedes le otorgó el rango de Teniente General y le encomendó la misión de cooperar con el general Julio Grave de Peralta en la rendición de la guarnición de Holguín. El 17 de noviembre trazó los planes para el asedio del enemigo, cuyo sitio se extendió hasta los primeros días de enero de 1869, sin poder doblegar. Pero su carácter y manera no se correspondían con la disciplina y el rigor de la carrera militar. Renunció a sus atribuciones militares, creyendo que sería más útil en la vida civil.
 
Pasó a ocupar el puesto de secretario del presidente Céspedes hasta la Asamblea de Guáimaro. Luego desempeñó funciones de auditor de guerra en Holguín, sin dejar de mostrar sus inclinaciones hacia la Cámara de Representantes, opuesta a la política cespediana. No obstante, en mayo de 1970 Céspedes lo nombró secretario de Guerra y Marina. Dos años después las relaciones con el presidente Céspedes se hallaban tan afectadas que se separó del gabinete sin ocultar sus desavenencias con éste, optando por retirarse como auditor de guerra de la División de Santiago de Cuba.

En las campañas de estos años se mantuvo al lado del general Calixto García, con quien en diciembre de 1872 participó en el ataque a Holguín. Encontrándose delicado de salud, solicitó una licencia o autorización para trasladarse al extranjero y como el presidente Céspedes no se la concedió, la estimó un injusto ataque inferido a su personalidad y decidió no prestar más servicios públicos. Desde enero de 1873 se mantuvo en el Campamento de Cambute, del brigadier José de Jesús Pérez hasta los hechos de la deposición del presidente Céspedes.

A juzgar por las citas y reflexiones del ex–presidente, fue uno de los que más influyeron en su deposición; por tanto no es extraño que la Cámara le hubiera citado a Arroyón, donde se sostuvieron coloquios que juzgaban el estado a que había llegado la administración de Céspedes. Sabemos que allí ofreció sus servicios al nuevo orden que debía seguir al cambio de gobierno, según las expectativas y predicciones de los miembros del órgano legislativo. Al asumir la presidencia, Salvador Cisneros le llamó en virtud de aquellos méritos, a desempeñar la secretaría de Relaciones Exteriores. Desde este puesto dejó sentado el no otorgarle el pasaporte a Céspedes para salir del país, consumando de esta manera su venganza.

Al mes siguiente padeció fiebres perniciosas, pasando a la finca Los Horneros, en las Sierras de Guisa. Después de una larga agonía murió el 6 de noviembre de 1873. El general Carlos M. de Céspedes, impresionado por la visión del difunto, describe la escena en la que hercúleos libertos semidesnudos transportaban el féretro de ramas verdes para depositarlo en la fosa abierta con premura a orillas del río Guamá. A las honras fúnebres asistieron escasos acompañantes y correspondió a Céspedes despedirle el duelo. Después dejaron caer puñados de tierra, según el rito de la fraternidad masónica; mientras, en el horizonte distante, se percibía el aullido de perros jíbaros interrumpiendo el silencio de los montes.

Su compatriota Fernando Fornaris Céspedes sobre estas tristes circunstancias anotaría en sus Apuntes de la Guerra de Cuba: descansa «sobre una especie de camastro de cujes y bejucos, que le servía de ataúd. Vestía el traje sencillísimo del patriota más afortunado, y sus labios estaban ligeramente contraídos por una sonrisa irónica que le era muy peculiar».

Las causas de la enemistad que le separaron de Céspedes, su antiguo amigo, son un enigma; pero como en otros casos ya analizados, su explicación debe buscarse en las flaquezas humanas que tanto debilitaron la capacidad de los revolucionarios.

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