Los sueños de un ruedúpedo

Desde su posición, sentado, un joven escritor jiguanisero encontró la manera de irradiar su talento por todo el universo. Se llama Héctor Luis Leyva Cedeño, y las huellas de su silla de ruedas, todoterreno singular, atraviesan los caminos difíciles de la literatura y de la vida en todas direcciones.

Nacido a los siete meses de gestación, sufrió en su temprana infancia una parálisis cerebral severa que afectó sus funciones motoras, un hecho que, según sus palabras, no le impidió ser feliz.

“Sin saberlo, contradije a los que me vaticinaron un futuro triste por mi discapacidad, siendo un niño alegre y despierto. Crecí rodeado de primos cómplices que hacían mi voluntad, llevándome a caballito donde quería. Enyugaba dos pomos de medicina, esos eran mis bueyes. Todo me deslumbraba, desde niño intento conservar mi capacidad de asombro, que es fundamental en cualquier escritor”.

Sobre su temprana pasión por los libros, confiesa:
“Descubrirlos fue maravilloso. Primero me fascinaron por su belleza, textura, colores, ese mundo sensorial que transmiten y mucho después por su contenido. Aún recuerdo con cariño a la primera persona que me regaló uno y todavía siento rencor por quien me lo rompió”.

Luego, siempre apoyado por su madre amorosa, de quien, sospecha, heredó la perseverancia, matriculó en el “Centro Escolar Conrado Benítez García”, “(…) un lugar maravilloso del que guardo muy gratos recuerdos y que años después me acogería como instructor de arte”. Allí, frente al dilema de ser colocado en la enseñanza especial, se abrió una puerta hacia el futuro: la escuela “Solidaridad con Panamá”, ubicada en la capital cubana, “(…) más que escuela, un cosmos, con el que siempre estaremos en deuda los que tuvimos la fortuna de habitar sus aulas”, asegura.

En ese universo, “de la mano de profesores muy cultos como Martha Balbina descubrí las artes, en su taller de literatura y plástica, donde intentó domar mi intranquilidad”. 

Deslumbrado luego  por La Colmenita, dejó el taller para irse con Carlos Alberto Cremata, director de la famosa compañía infantil, “con el cual aprendí mucho y a quien debo parte de mi formación”, revela.

“Mi descubridora siempre se quejó de que yo abandonara su taller para volverme un colmenero. Dejé de sentirme un desertor cuando, años después, le dediqué un ejemplar de mi libro “Cuentos feos” a la  Profe.  Dijo que no se había equivocado conmigo”.

El citado volumen, publicado por Ediciones Bayamo en el 2009 y reeditado en 2011 tras obtener la distinción La Puerta de papel, que otorga el Instituto Cubano del Libro a las publicaciones provinciales que sobresalen por su calidad, diseño y edición, es según su autor “la libertad creativa, sin tensiones de publicación. Nació en hojas de libreta y gracias a la paciencia de mis escribas, pues me avergonzaba de mi caligrafía y se lo dicté a algunos amigos, a los que nunca dejé añadir una palabra. Fue mi asesor literario quien me impulsó a publicarlo. Desconocía las reglas, que en ocasiones solo te atan. Por eso es tan fantástico, pura energía e irreverencia. Si tuviera que reescribirlo no cambiaría una coma”.

Este enamorado de la creación, graduado de la Escuela de Instructores de Arte Cacique Hatuey, en la especialidad de teatro, y que ahora labora en la Casa de la Cultura de Jiguaní, práctica una admirable filosofía de vida, enriquecida con un humor criollo y una inteligencia siempreviva: “Si yo fuera bípedo en lugar del ruedúpedo que soy, fuera campesino, vaquero. Era lo que me tocaba por tradición familiar y anduviera lejos de los caminos del arte. Una limitación o convalecencia a veces trae consigo la oportunidad de pensar, escuchar, fantasear y crear con más detenimiento, como si el tiempo avanzara de otra manera. Muchos piensan que me esfuerzo por hacer lo que hacen los demás, pero en ese aspecto nunca he sido competitivo, solo creo que es mi derecho y en cierto modo mi deber, hacer lo que quiera y llegar donde mis capacidades me lo permitan”.

Ese optimismo a prueba de balas rinde ya sus frutos, sobre todo en la literatura, pues además de la distinción obtenida por su primer libro, Héctor Luis Leyva acumula un arsenal de lauros en todos los niveles, entre ellos destaca el premio nacional Sigifredo Álvarez Conesa y el gran premio Escaramujo, concedido en febrero de este año. Miembro además del grupo de narrativa Hacedor, cuentos y artículos suyos han sido publicados en boletines y revistas de la provincia y el país.

Interrogado sobre su afición por el mundo de la literatura infantil, dentro del cual alcanza ya un éxito notable, comentó:
“(…) es a mi juicio donde hay más por hacer. Escribo en principio para mí, para prolongar mi infancia lo más posible. Hago las historias que me hubiera gustado leer cuando niño, sin tanto didactismo ni moraleja aparente. Siempre he estado rodeado de niños, de ellos me retroalimento, y sé que no me dejarían pasar una. Nunca me tomaría la libertad de pensar por ellos, y mucho menos darle mis historias como papilla. Yo prefiero que se rían con mis cuentos y no de ellos, de lo tonto que piensa ese escritor que es nuestro mundo, eso sería imperdonable”.

Enfrentado a su condición insular, como todos los escritores cubanos, y alejado de los grandes circuitos promocionales y editoriales, opina:
“Pienso que es tiempo de abrirnos hacia otras formas de promoción de nuestra literatura. No debemos pensar que el libro pueda vivir ajeno al marketing y a estrategias comerciales inteligentes. Nos guste o no el libro es un producto que depende de su buena factura y presentación, y debe seducir desde la portada hasta el punto final. ¿Por qué no reeditar libros que ya probaron ser éxitos? ¿Por qué publicar por compromiso, respetando la lista de espera del colchón editorial?  ¿Por qué se reduce cada año el número de publicaciones y de ejemplares de las mismas? Más que el temor de probar nuevas y necesarias formulas de promoción, creo que debería preocuparnos que nuestra casa editora no publicara ningún ejemplar en la recién finalizada feria Bayamo 2014”.

Con su fina ironía, blasón indiscutible de las mentes más lúcidas, este ruedúpedo soñador, como se autodefine, asume a la literatura como un puente inefable hacia lo universal y eterno:
 “Escribimos para dejar huellas, un poco más elaboradas que las de los cavernícolas, pero el principio es el mismo. Creamos para vencer la sensación de que mañana podríamos no estar y todos nos olvidarían si no hacemos algo perdurable y de veras hermoso. Por eso Martí continúa dictando el camino, Dora Alonso es dueña indiscutible de un rincón de nuestra infancia, y Lezama sigue aguardando a que nos atrevamos a comprenderlo en su totalidad. Todo es literatura o viene de ella, las religiones lo son, la historia, la música, la filosofía. Hacemos literatura a diario con lo que decimos, con nuestras acciones o simplemente con nuestra existencia”.

Así, al menos en el mundo creativo, y como gusta decir a sus amigos, todo con Héctor Luis marcha por sobre ruedas. ¿La fórmula?: talento, perseverancia y buena onda; desde su silla, por todo el universo.

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