Reynaldo González: Al alma cubana sometido.

Y es cierto. Basta leer la obra de Reynaldo para comprender que el empeño totalizador de sus libros —ese afán de apresar no solo los hechos, sino sus contextos, sus interpretaciones y la forma en la que fueron narrados—, ha sido ricamente logrado.

Sobre el tema, agrega:
“Lo intenté también en Contradanzas y latigazos. Si tomas el libro en la mano te percatas que, en los extremos de las páginas, aparece la opinión de los patricios  —defendiéndose,  atacándose…—, están también los criterios de algunos investigadores que analizan los hechos y, cuando son personalidades, tomemos por caso, un poeta, se recoge qué dijo, por ejemplo, José Lezama Lima sobre ese poeta. En el medio, las dos columnas que ves, son mi ensayo. Pero no estuve conforme y me dije: «A esto le falta visualidad».

Entonces agarré los grabados de la época y también los incluí. Hay uno muy interesante, pues constituye la única referencia gráfica sobre la existencia de criaderos de negros en Cuba. El grabado muestra al señor, al dueño, durante una visita a la finca, y entre las cosas que le muestran para ponerlo al tanto del progreso, se ven unos negritos desnudos, tirados en el piso, y uno de ellos se inclina, saludándolo. Y es que pocos se acuerdan que en la Isla hubo estos criaderos. Le quitaban el niño a la recién parida y los criaban como animalitos; e incluso le imponían maridos blancos a las negras. El plan de Arango y Parreño fue bestial: buscar una mulata espléndida, una negra linda y aparearla con un blanco para, de quedar preñada, ir mejorando la raza. Si el blanco era hombre libre, incluso le pagaban por ello”. Bueno —comento—, algo lograron en ese sentido, pues esos mismos ingredientes, o parecidos, hicieron nacer la llamada mezcla perfecta, esas bellezas de las cuales nos enorgullecemos tanto.
(Ambos reímos, pero él enseguida me responde):
“Bueno, pero esa mezcla perfecta no surge de ese plan, sino de gente que se gusta y se quiere. Esos niños, nacidos del amor, son los que mejor salen”.
Estoy de acuerdo —digo—. Y como me percato que ha transcurrido ya un buen cuarto de hora, intento que Reynaldo revele algún secreto del oficio. Le pregunto: ¿Cómo escribe? ¿Precisa de alguna condición especial?
“Necesito alimentarme bien, para no debilitarme. Luego una grabadora, en el caso de las investigaciones, acceso a los archivos (que están en la Biblioteca Nacional, en el Archivo, en el Instituto de Literatura y Lingüística); y siempre un estímulo humano, un estímulo de curiosidad. No necesito muchas condiciones físicas, es más, no me conviene tener muchas, porque las investigaciones serias se hacen a mano, a lápiz y papel. En algunas ocasiones, sin decir dónde ni cuándo, he podido llevar a casa algo para escanear... Yo recopilo toda la información posible sobre lo que investigo, aun cuando creo que no la voy a usar; porque el asunto es que me interesan no solamente los hechos, sino cómo fueron pronunciados. Así gano el idioma de la época. El que usé en La fiesta de los tiburones, fue el lenguaje de la prensa y el que pude captar, de mis informantes, con la grabadora. Me interesa que cada época de trabajo sea trasmitida por el idioma escrito y por el idioma pronunciado. Es el único modo en el que puedes caracterizar verdaderamente a los personajes. Uno puede describir cómo están vestidos, cuáles son sus costumbres, pero cuando pones toda esa información en boca de los propios protagonistas, es cuando realmente resulta veraz. Ese afán mío asombra a mucha gente. Creo que el ejemplo más explícito es el de mi novela Al cielo sometidos, que ocurre en el siglo XV, y muchos se preguntan de dónde saqué ese español. ¡Pues mudándome a los archivos de España y leyendo como un condenado! Llegó el momento en que hablaba en español antiguo. Era una locura”.
“Como sabes, esa novela transcurre en un burdel, y describo en ella algunas situaciones, como la de la prostituta que llega a aficionarse a estar con dos hombres a la vez. El personaje es inventado, pero un día, andando por el barrio judío de Valencia, me encuentro un libro titulado La homosexualidad en la España de 1492, y ahí se presentan todos los tipos de escenarios que se daban entonces, entre la plebe, en los castillos, entre amos y criados, etc. Allí estaba descrita la experiencia de esta muchacha, así que me fue muy fácil encontrar cómo hablaban, porque siempre surge un argot, especialmente en los oficios. En verdad, siempre me ha interesado mucho cómo se habla. En mi novela Siempre la muerte, su paso breve, reconstruyo el lenguaje de mi adolescencia, cuando la lucha clandestina. Es un grupo de amigos que se van incorporando a la lucha y también están viviendo sus vidas y problemas psicológicos. Usábamos un lenguaje de bolero, de cantina… En Ciego de Ávila, que se llama en la novela Ciego del Ánima, para rozar un tanto el asunto de la muerte, había muchos sitios de diversión, incluidos una gran cantidad de prostíbulos —que yo, atrevidamente, frecuentaba, pues no tenía edad para ello— donde se oía mucha música de la época y se usaba un lenguaje típico de esos lugares. Gracias a mis atrevimientos escuché ese argot vivo, y memoricé una gran cantidad de giros idiomáticos, entre otras cosas… Por demás, como soy aficionado a la música popular, todo ese mundo volvió a mí en cuando comencé a investigar y a recordar”.
Sempiterno aspirante a escritor, y preocupado por una tendencia que percibo entre muchos «escritores» jóvenes, que producen mucho, pero leen poco, pregunto a Reynaldo sobre el particular. Enfático, responde:
“Nadie que no lea o lo haga con desgano puede ser escritor. La lectura te da la ortografía real, te da el verbo… Hay gente que tiene solo cuatro palabras para mover. A mí se me considera entre los que tienen un verbo rico. ¿Sabes por qué es así? Pues por la lectura fanática. Cuando no tengo nada interesante para leer agarro cualquier cosa, y siempre gano algún conocimiento. Leyendo puede aprenderse a escribir, sin leer, jamás. Además, si no lo haces se te reducen también las ideas. Uno de los problemas de estos jóvenes no es solo que lean poco, sino que se leen únicamente entre ellos y terminan escribiendo la misma novela; casi siempre narrada en primera persona y sobre becas o temas afines…”
Y también, desgraciadamente, mucha sangre y semen…
“Ahora más semen que sangre; pero tienes razón. El asunto es que eso, más que ampliar, limita. Si no tienes lecturas que enriquezcan el panorama, sencillamente, no tienes idioma. Aquello que yo hacía de niño con las palabras, atesorándolas y coleccionándolas, no se le puede exigir hoy a estos jóvenes, porque les parecería una locura. Viven demasiado rápido. Pero con un lenguaje manco, nunca podrán hacer verdadera literatura…”
Muchas otras preguntas hice a González en esa hermosa tarde bayamesa, y a todas contestó con pasión y justicia. Algunas respuestas fueron solo para mi corazón, y no serán impresas, pero allí aguardarán y me iluminarán cuando me afiance, definitivamente, entre aquellos que anhelan amar y fundar.
Sin percatarnos, nuestra conversación se había extendido como la sombra del Cupey. La vida urgía. Un segundo antes de despedirme y dar las gracias, me asoló la dura sensación de que faltaba un mundo por decir. Me parece que él sintió lo mismo, pues ya de pie y risueño, preguntó:
—Oye, ¿tú sabes dónde queda el Palacio de la Rumba?
—No tengo idea —respondí.
—Bueno, cuando vayas a La Habana, llégate por allí y seguimos esta conversación. Habrá ron, buena música y un montón de amigos.
En el patio, la brisa hace cantar las hojas del Cupey. Algunas se desprenden y flotan como ideas hasta tocar el suelo de la casa natal. Pareciera que quieren despedir  a  Reynaldo. ¿Lo verá el árbol como lo he visto yo? Pienso en la frase martiana: “... de esos enlaces continuos invisibles se va tejiendo el alma de la Patria”.
La voz de Reynaldo me sorprende:
—Allá te espero —dice, y se aleja con alegre ademán.
— Muchas gracias. Así será —respondo, y me sonrío. Él no sospecha que puedo verlo ahora más allá de su forma de hombre. En este instante, Reynaldo González es un trozo de Patria. Y yo lo amo.

 

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