Francisco Vicente Aguilera: su presencia en Las Tunas

Al hacer un recuento en torno a la presencia de Francisco Vicente Aguilera en Las Tunas, es imprescindible ofrecer algunos datos de la región que le sirvió de refugio en tantas ocasiones. Este lugar se fundó como pueblo en 1796, luego de casi dos siglos de asentamiento y ocupación del espacio. Estaba conformado por hatos y corrales dedicados a la ganadería fundamentalmente. El primer hato le fue mercedado al bayamés Juan Riveros González, cuarto abuelo de Vicente García por línea materna, heredado por su hijo Diego Clemente Riveros quienes junto a otros bayameses poblaban la comarca. Por la rama de los Tamayo eran propietarios desde la primera mitad del siglo XVIII, de varias extensiones de tierra en toda la región.

A principios del siglo XIX, la economía era fundamentalmente agropecuaria y su comercio podía catalogarse de incipiente, tutelado por el gobierno de Bayamo. En 1847 se le otorgó la tenencia de gobierno, y fue designado el capitán José Morales, natural de Galicia, primer gobernador, y el bayamés Joaquín de Oro Ramírez, como abogado asesor del gobierno recién constituido.

Las Tunas había sido el centro de la conspiración separatista en la zona centro oriental de Cuba desde 1851, cuando el camagüeyano Joaquín de Agüero y Agüero asaltó la ciudad el 8 de julio, conspiración que fue apoyada por comerciantes y hacendados de la localidad, secundada por Francisco Vicente Anguilera, quien era uno de los potentados ganaderos de la comarca y con un sentido de criollidad. Es útil resaltar que durante estos años en que se va moldeando la nacionalidad cubana, estos hombres de pensamiento independentista, han bebido en la fuente de los poetas criollos, que exaltan el valor del aborigen, la autoctonía de la naturaleza y la necesidad de vivir en libertad. Entre ellos José Fornaris y Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé, quienes en su obra van dejando un sustrato entre sus lectores, que le acogen con gran simpatía y se van dando cuenta que el cubano necesita ser independiente, llamado que se trasluce en obras como “Hatuey y Guarina”, escrita por El Cucalambé, en la cual deja patente este sentido de priorizar el amor a la Patria. En ella podemos leer: Tolera y sufre, bien mío, / De tu fortuna el azar, / Pues también sufro al dejar/ Las riveras de tu río. / Siento dejar tu bohío, / Silvestre flor de Virama, / Y aunque mi pecho te ama, / Tengo que ser ¡oh dolor!/ Sordo a la voz del amor, / Porque la patria me llama.


Aguilera era amigo de Joaquín de Agüero y lo había comprometido a que participara en el levantamiento armado que preparaba en 1851, junto a los tuneros Francisco Grave de Peralta, Pablo Colíbar, el cura José Rafael Fajardo, el canario Julián Santana, y el holguinero Ramón Ortuño radicados aquí. También lo había conminado a que atrajera hacia esta ciudad a los revolucionarios de Bayamo. El prócer cubano trabajó en este empeño, pero cuando se discutió el plan de alzamiento, según Eladio Aguilera Rojas, discrepó en algunos detalles y por otro lado su madre enfermó, razones por las cuales no participó.

A finales de 1863 realiza un periplo por sus haciendas Virama y Cabaniguán donde intercambia criterios con el joven Vicente García, cuyas haciendas ganaderas colindaban con Aguilera. Estos sostuvieron siempre estrechas relaciones y eran habituales sus encuentros con los dueños de fincas, Esteban Ignacio y Francisco de Varona, Julián Santana, así como los comerciantes Pablo Colíbar, Manuel González, Lorenzo Sosa, facultativo en medicina, Blas María Piña y los hermanos Hipolit.

En 1865, Santo Domingo se liberó del yugo español, razón por la cual los revolucionarios de Las Tunas, en el que incluimos a Aguilera, opinaban que el momento había llegado, pues en Cuba podía hacerse lo mismo que en Quisqueya, de ahí que el antiguo síndico de Cabaniguán, emprende viajes por las comarcas orientales y puertoprincipeñas para cerciorarse del estado anímico de los hacendados. Uno de los hombres del 51, Francisco de Agüero y Arteaga había sido empleado suyo y durante los momentos preliminares a la conspiración de 1867, era su colaborador más cercano. Aguilera tenía especial simpatía por el joven, debido a su fidelidad y discreción, y en más de una ocasión lo acompañó en sus recorridos por las extensas comarcas de Las Tunas, Bayamo y Manzanillo.

Su amistad con Julián Santana, dueño de la finca Santa Inés, donde tenía un trapiche para fabricar raspaduras, y el pardo Ramón Ortuño Rodríguez, quien poseía un taller artesanal y un ingenio azucarero, así como los demás hacendados de la comarca, van moldeando en su pensamiento la necesidad del rompimiento con la metrópoli. Todos se nuclearon alrededor de Vicente García y Francisco Vicente Aguilera e inician la conspiración en 1865, la cual no tuvo mayores frutos debido a la falta de organización y madurez, además de las condiciones materiales para tales empeños.

El movimiento revolucionario había ganado en adeptos y organización, y en 1867 se conspiraba en Las Tunas, Bayamo, Manzanillo, Holguín, Santiago de Cuba y Puerto Príncipe. Las reuniones se hacían más frecuentes bajo el manto de la masonería. Un hombre poco conocido en la historia de Cuba, que actuó como elemento unificador entre orientales y camagüeyanos fue Francisco Muñoz Rubalcava, amigo de Aguilera y conocedor de la conspiración en cada comarca. Pertenecía a la Logia Tínima de Camagüey.

Era necesario efectuar una reunión entre los centros conspirativos de la región oriental y los camagüeyanos y Francisco Vicente Aguilera propone San Miguel en el fundo de El Rompe, donde había un rancho abandonado. La misma fue llamada Convención de Tirsán, palabra que en lenguaje masónico significa Padre de Familia, y que me ha permitido bautizarla como la “Convención de los Padres”. En San Miguel de El Rompe no llegaron a ningún acuerdo respecto al levantamiento inmediato, sin embargo quedó formado un Comité  Revolucionario, presidido por Francisco Vicente Aguilera e integrado por Francisco Maceo Osorio y Pedro Figueredo Cisneros, como secretario y vocal respectivamente.

Concluida la reunión, Aguilera se retiró a su ingenio Cabaniguán, con la cabeza llena de ideas diversas: ¿cómo lograr la independencia?, el acopio de recursos, si era posible levantarse el 3 de septiembre, si subastaba sus propiedades, el ganado que era muchísimo, si lo entregaba todo de un golpe, si sería así de sencillo o de difícil, cuál sería el futuro de su familia, la guerra por dondequiera, los campos calcinados, las gentes muriendo en combate, la miseria cundiendo los campos, la bandera ondeando victoriosa seguida por todos sus correligionarios, la vida en campaña, descalzo, sin comida, los soldados exigiéndole mejores condiciones o una estrategia para llevar adelante la Revolución. Imaginó, reclinado en un sillón de mimbre, a sus hijas y su esposa tejiendo, para vestirse, caminado por los lodazales de la manigua, durmiendo en ranchos de guanos y camas de cujes, picadas por los mosquitos, bañándose en los arroyos sin más protección que la manigua redentora. Aún así con toda esa incertidumbre concluía: es necesario levantarse contra España y hacer la Patria libre. Sus ojos se abrían y entre los árboles de Cabaniguán un rayo de luz le inspiraba a empeñarlo todo para ser tan libre en su país como lo era en la naturaleza.

Era un hombre inmensamente rico. Tenía como haciendas La Mina, que era muy productiva, conjuntamente con otras treinta para la crianza, entre las que se incluían Santa Ana de Cayojo, El Lavado, Las Enceibas, Loreto, Labao, Corojo, Sao del Corojo, La Caridad, San Vicente de Sao Abajo, Palo Seco, Buena Vista, El Tamarindo, El Jagüey de Cabaniguán, La del Medio, El Jagüey de Virama, Los Güiros, San José y Las Cruces. Estos territorios, continuos uno de otros, abarcan en la actualidad una extensa franja en el sur de Las Tunas que se extiende hasta los márgenes del río Sevilla en el municipio de Amancio Rodríguez, entonces, Yáquima.

Desde su ingenio en Jobabo, dejó las disposiciones oportunas para que todos estuviesen listos a su llamada, en caso que creyera oportuno reunirles, y se fue a entrevistar con los jefes revolucionarios que tanta impaciencia  habían mostrado en la reunión de San Miguel.

El 1 de septiembre de 1868, tuvo lugar la segunda reunión conspirativa en la Hacienda Muñoz de Las Tunas, propiedad de Disiderio Estrada. En la junta tomaron parte Francisco Vicente Aguilera, quien fue su presidente, Pedro Figueredo Cisneros y Francisco Maceo Osorio, quienes dirigían la Junta Revolucionaria de Oriente. Por Camagüey asistieron Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía y Augusto Arango, también Vicente García, Francisco Muñoz Rubalcava, Ramón Ortuño y Francisco Vega por Las Tunas. De la región holguinera asistió Luis Figueredo y por Manzanillo Jaime Santiesteban, quien portaba una nota de Carlos Manuel de Céspedes en la cual planteaba que se sumaba a cualquier decisión que abogase por el levantamiento inmediato.

Aguilera expuso que Luis Figueredo había ahorcado a un cobrador de rentas en su finca, El Mijial, y estaba levantado en armas con más de 100 hombres, igualmente Juan Fernández Ruz tenía 150 en Los Montes de la Esperanza en Manzanillo y Francisco Muñoz Rubalcava ya estaba alzado con igual número en Las Tunas, por lo que instó a sus compatriotas a reflexionar, sin todos los recursos necesarios para el levantamiento inmediato. De esta forma pensaban también los del Camagüey, liderados por Salvador Cisneros. Era de la opinión, además, que la Junta aplazara el alzamiento hasta el final de la zafra, para acopiar los recursos imprescindibles. Luego de algunos debates se acordó que Cisneros pasase a La Habana y Augusto Arango a Las Villas para recabar la cooperación de ambas regiones.

Aguilera, de vuelta a Bayamo, comprendió los peligros de un levantamiento armado en cualquier momento. Sin embargo era juicioso y opinaba que era mejor prepararse lo mejor posible para una lucha sin cuartel contra los iberos, que infectaban todos los rincones de la isla de Cuba. Ante tales diluciones, Vicente García citó a sus hombres más allegados para una reunión el 4 de octubre en la finca El Mijial. Invitó a esta al presidente de la Junta Revolucionaria,  Francisco Vicente Aguilera y a Jaime Santiesteban que vino representando a Carlos Manuel de Céspedes. En su discurso, García saludó a los presentes y les manifestó que los complotados de Holguín, Las Tunas y Manzanillo ya conspiraban abiertamente y que el movimiento revolucionario estaba en peligro, que por tanto él fijaba como fecha máxima para el rompimiento con la metrópoli española, el 14 de octubre y que si los demás centros no se levantaban en armas, los tuneros solos se irían a la lucha. Ninguno de los presentes pudo emitir su opinión, pues concluidas sus palabras, agradeció la presencia de sus coterráneos y cada uno se marchó a sus lugares respectivos.

Al día siguiente Aguilera se reunió con sus hombres de confianza en la finca Buena Vista en Bayamo y acordó secundar a Vicente García, y Carlos Manuel de Céspedes adoptó igual resolución el día 6 en el ingenio El Rosario, a contrapelo de lo planteado por la historiografía cubana actual que esta fecha se acordó en el ingenio El Rosario por Carlos Manuel de Céspedes. Es imprescindible hacer esta aclaración, pues muchos historiadores se han llevado por esta afirmación y copian sin una lectura razonada el discurso de Carlos Manuel en esta junta, donde planteó que era apresurada y hasta violenta la resolución que había que tomar dado el plazo fijado por Vicente García y los suyos, tan escasos como estaban de armas y municiones, pero que en la hora del peligro no podían dejarlo solo y como los hombres que le acompañaban eran de valor y de fe, opinaba que pensarían como él. Relata la doctora Hortensia Pichardo en su valiosa obra sobre Carlos Manuel de Céspedes, que los presentes prorrumpieron en gritos de ¡Viva Cuba Libre!. Y desde ese momento se pueden considerar alzados.

Aguilera lo dispuso todo para la fecha fijada en El Mijial, compró armas y municiones, contrató una goleta para llevar el cargamento hasta el embarcadero de “La Zanja”, al sur de Las Tunas y trasladarlos a su ingenio Cabaniguán. El embarque lo realizó su fiel amigo Francisco Agüero. En sus haciendas, mayorales y esclavos lo admiraban y seguían ciegamente; una palabra suya en cualquiera de sus predios era una orden, pues se había erigido en el protector de todos los habitantes de la zona.

A su ingenio en Jobabo, llegó el 7 de octubre, bajo torrenciales aguaceros. Allí preparó cuidadosamente el plan para el levantamiento armado. El 12 por la noche, enterado del alzamiento cespedista, se sumó desde su finca Santa Ana de Cayojo en Las Tunas, con sus mayorales, esclavos y numerosos campesinos libres. Liberó a sus esclavos y a sus mayorales les puso a escoger acorde a su modo de pensar. Todos lo siguieron. Fueron organizados sus hombres en dos compañías, la primera mandada por Pedro Gómez y la segunda por José Caridad Vargas y a cada uno le dio el grado de capitán. A él sus hombres quisieron nombrarlo general, pero concordó con ellos el grado de coronel. Nombró a Antonio Caballero su segundo al mando, con el grado de teniente. Desde aquí envió a su amigo Vicente García algunas armas y municiones, las que hizo patente con Francisco Agüero en varios caballos debidamente aperados.

El 17 de octubre, reunió a toda su gente arengándola. Les dijo que la empresa acometida les permitía pasar de la condición de ciervos y esclavos a hombres libres y desde aquel momento se les consideraba soldados de la Patria a la que debían enormes sacrificios y por su fidelidad a la causa, les hizo jurar la bandera. Con aquella tropa, formada por 150 hombres ataviados en sus caballos, se encaminaron hacia Bayamo, armados con fusiles, escopetas, trabucos y machetes.

Las fuerzas de Cabaniguán pernoctaron este día en El Guamo, finca de Manuel Surís y al amanecer del 18, ya pasaban sobre el río Cauto, para incorporarse finalmente a la entrada de Bayamo por el camino de Holguín, donde recibió órdenes de esperar.

En el momento de la toma e incendio de Bayamo, ciudad que lo vio nacer, Aguilera se encontraba en Jiguaní, realizando algunas operaciones indicadas por Céspedes como Capitán General. Cuando se citaron a los mandos del campo insurrecto para ordenar las acciones en la Revolución recién iniciada, Aguilera de viaje hacia Guáimaro, volvió a contemplar sus predios de Cabaniguán en el que permaneció algunos días, para luego continuar a donde se establecerían los poderes de la República, y fue nombrado secretario de la guerra. Con este cargo primero, vicepresidente después y jefe de Oriente, más tarde, Aguilera incursionó en diversas ocasiones por territorio tunero. Aquí sostuvo el combate de Cabaniguán donde obligó a los españoles a morder el polvo de su derrota.

Entre los días del 13 al 16 de marzo de 1870, combatió junto a Vicente García en Río Abajo, territorio de Majibacoa por donde pasaría el Conde de Valmaseda con su fatídica “Creciente”. Las fuerzas combinadas de García, Aguilera y Modesto Díaz hicieron que los españoles, quienes tanto habían alardeado con su ímpetu en Oriente, salieran derrotados por los defensores de la Patria, arrojando al tirano del suelo en que habían nacido y crecido como criollos. Otra de las acciones militares fue el combate de Santa Ana de Lleo, territorio lindante con sus propiedades de Cabaniguán. La acción militar fue impetuosa, pues las fuerzas cubanas dieron una carga de caballería a las fuerzas españolas que la hicieron desbandarse en la extensa sabana, quedando Aguilera y los suyos, dueños del terreno.

En 1870 realizó la acción de La Zanja, territorio cercano a su ingenio Cabaniguán, y donde los españoles tenían un fuerte que guarnecía la costa y el embarcadero. Este lugar era de gran utilidad a los iberos, pues allí alijaban las goletas por donde se aprovisionaban de pertrechos bélicos y vituallas. El encuentro fue a campo abierto, en el cual las huestes de Cabaniguán hicieron numerosas bajas al enemigo, que se refugió en el recinto militar. Por la parte cubana no hubo bajas.

Durante su presencia en Las Tunas, Francisco Vicente Aguilera fue un ídolo para los campesinos libres que junto a él compartían cada jornada. Para sus esclavos fue el padre protector que los trataba con la sensibilidad de conocerlos, llegados de lejanas tierras y vendidos como mercancías de bajo precio. En sus haciendas eran hombres y mujeres que hacían vidas de campesinos, en bohíos independientes, sin grillos, ni bocabajo, ni cepo, ni cuero. Tenía bien advertido a sus mayorales sobre el tratamiento a sus esclavos, es por ello, que en el momento de la lucha conformaban una trilogía armoniosa: mayorales, campesinos y esclavos, confundidos en un mismo sentimiento de patrilocalidad o Patria chica desde los predios donde laboraban para ir en busca de la Patria grande con su aporte a la independencia de Cuba.

Fuente: Casa de la Nacionalidad Cubana
 

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