El poeta que defendió a Cuba con sus versos

El 19 de septiembre de 1890 La Habana despidió al más notorio cantor de la existencia aborigen en la isla. Periodista, poeta, y patriota, aunque no se decidiera a abonar con su sangre la tierra que lo vio nacer en la lucha por la independencia. La pluma fue su machete, las palabras contra la opresión, las certeras balas que hacían retorcer la conciencia del enemigo.

José Fornaris y Luque había nacido en Bayamo, la segunda villa fundada por los colonialistas españoles. Emparentado por ambas líneas maternas con Carlos Manuel de Céspedes y ocho años menor que él, la diferencia etárea no impidió que se mezclaran en aventuras de estrofas, bambalinas y escenarios para elevar la cultura en la urbe rebelde.

Desde Bayamo se inspiró en la vida del indio fiero y laborioso y la india callada y tierna que poblaran el archipiélago cubano. Dulces versos alegóricos salieron de su corazón, tan estremecedores que fueron musicalizados por juglares y recitados en grandes teatros de la época, ganando para su autor aplausos y fama.

Abogado como su primo, el que luego será admirado como Padre de la Patria, se une a este en lides conspirativas desde la década de 1850. Con apenas dos décadas de vida se convierte en un ser peligroso, vigilado por las autoridades españolas que le señalan como autor de punzantes rótulos en los muros de la ciudad condenando al despotismo ibérico.

Por estos días de intenso quehacer patriótico y cultural, vinculado a la Sociedad Filarmónica, el Teatro y el acontecer literario, José Fornaris escribe a petición del amigo Francisco del Castillo y Moreno los versos que más gloria le traerán, los de la primera canción romántica y trovadoresca cubana “La Bayamesa”.

Apresado y desterrado en el propio Oriente cubano, junto a Carlos Manuel de Céspedes y Francisco del Castillo, por defender en explosivas estrofas el derecho de Cuba de ser libre y soberana, sentirá en sus hombros la dura orden del exilio a México por ser depositario de sospechas mayores.

Si fue o no el autor material del acuchillamiento del retrato de la reina Isabel II que coronara la sala principal de la Sociedad Filarmónica, no se sabrá con exactitud, muchos fueron los sospechosos y valientes que pudieron y quisieron hacerlo como gesto de irreverencia ante el agobio y el maltrato a que los ibéricos sometían a los criollos.

 Conmutó sele la pena de salir de su país por la permanencia en La Habana, donde denunció constantemente en diversos periódicos y revistas la mano férrea y sin piedad con que España trataba a los habitantes de la isla nacidos en ella.

Sin embargo el clarín de 1868 no atrajo sus esfuerzos, por lo que se ganó las criticas de su amigo y pariente Céspedes y el calificativo por este, de insolente. No demostraba Fornaris coherencia entre el denuedo de sus palabras impresas y sus actitudes anteriores para con la libertad de la patria.

El resto de sus días los compartió entre los talleres de impresión de periódicos, las mesas de escritor y editor de publicaciones y las aulas, ya fueran públicas o privadas, en Cuba, Francia, España e Italia.

Entregó sus mejores neuronas al periodismo y la literatura, el periódico habanero La Prensa y en la revista El Iris dan fe de su obra. La publicación de Cantos del Siboney, en 1855 lo consagran como defensor de la cubanía, a través del respeto por los ancestros aborígenes.

En Bayamo, el Grupo de Teatro Callejero Andante, tiene entre su repertorio de sala, una de las obras teatrales de Fornaris escrita en verso, La hija del pueblo o Lola la tejedora, drama que según fue salvado de las fauces del fuego redentor de enero de 1869.

Aunque José Fornaris y Luque no tomara nunca las armas en la ruda manigua, no podemos relegarlo al banco de los contrarios, porque nunca militó en fila diferente que la de los cubanos amantes de la libertad. Fueron otros sus instrumentos de defensa de la cubanía y la independencia, válidos también en el terreno de las ideas y la cultura.
 
  

Etiquetas: Bayamo, Historia

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