Padre de la música molida y médico de órganos

José Pérez Rivero, Cheché, es padre de la música molida en Río Cauto no porque de él naciera el órgano precisamente, instrumento traído a la isla desde la lejana Francia, sino porque con sus manos arregla estos instrumentos y elabora para ellos las partituras, muy difíciles de hacer o encontrar en el mercado musical.

Su origen es campesino, cortador de caña y de yerba por más señas, lleno de talento para inventar además la máquina con que se ranuran las largas tiras plegadas que guían a los órganos para hacer el ritmo, la melodía.

La música es la principal cautivadora, ella fue quien lo sacó del campo y luego lo introdujo por necesidad en las cosas de andar inventando, poniendo un parche bonito por aquí, remendando por allá, haciendo una pieza para este lado, que haga sonar el instrumento igual que si fuera de fábrica.

Desde pequeño Cheché heredó de su padre, Eleodoro Pérez Alcolea, obrero del campo, el sabor del conjunto musical compuesto por miembros de la familia en el barrio de Ovejero, en la llana geografía a orillas del Río Cauto, municipio que obedece al nombre de la cuenca fluvial más extensa de Cuba.

En el conjuntico, como dice Cheché, aprendió a sacarle zumo al guayo, las maracas, las tumbadoras. Así se fundó el órgano Melodía Hermanos Rivero, porque allí estaban los primos, los hermanos y parientes enlazados por este y otros apellidos, para no dejar morir la alegría ni las tradiciones organilleras de la zona.

Costosos son los órganos y complejos los sistemas para insuflar el aire a las partituras, difíciles de conseguir estas y rigurosas en sus características, obstáculos que comienza a vencer Cheché convirtiéndose, sin proponérselo, en un afamado mecánico de órganos en la llanura del Cauto.

Hasta su casa les traen a los enfermos, digo, los órganos rotos, porque los trata con la ternura de un galeno pediátrico cuando examina a un paciente. Les pasa la mano y ausculta, y allá le va a inventar soluciones, pero todo el que viene se va con el equipo sonando.

En 1997 José funda La Rumba del Cauto. Con orgullo mira al órgano que duerme cada noche en el portal de su modesta casa en Cauto Embarcadero, y en la sala, el resto de los instrumentos.

Difícil es para José y sus músicos adquirir partituras para tocar el órgano, las hacen por la zona de Manzanillo y Campechuela prestigiosos creadores, pero un obrero agrícola con sus escasos ingresos no puede aspirar a tener tantas como necesita una agrupación organillera. 

Un buen día, de regreso a casa, azadón al hombro, ve una plancha de hierro tirada a la orilla del camino y un alumbrón recorrió sus sudadas neuronas. Pidió a unos de sus compañeros llevara el apero y él recogió la herrumbrosa plancha, con la que se ganó el calificativo de loco entre su propia familia y vecinos.

Solo había visto una vez una maquinita de perforar partituras. Tienen un brazo sujeto a un muelle, un pisapapeles y un perforador. Con las medidas concebidas por las necesidades de la actividad que realiza, y buscando por aquí y por allá comenzó a pedir ayuda.

Varios mecánicos, soldadores, picadores de hierro fueron convocados, terminó en Bayamo, donde finalmente interpretaron las ideas de José y en dos años, rompiendo el 2002, puso a funcionar en la sala de su casa una flamante máquina de hacer partituras para órganos que no hay otra igual por esos contornos.

La Rumba del Cauto tiene, gracias a su ingenio, más de 30 números en su repertorio, y también tienen los suyos Los Riveritos, agrupación organillera infantil de la que es fundador, para que siga la tradición, me dice, porque tanta música moderna no es de verdad, esta es la que suena y hace feliz a la gente de los campos, precisa rotundo.

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