Francisco Morales Maceo, un apasionado y desconocido poeta bayamés republicano.

Basado en el cuaderno: Archipiélago celeste, de Francisco Morales Maceo. Bayamo. Oriente de Cuba en Las Antillas. Cuadernos La Provincia en el Alba, Ediciones Acento. 1947.

Francisco Morales Maceo parece un nombre común, y ciertamente lo es. Para cualquier persona nacida en Cuba, un nombre como este resulta cercano y sencillo, pues muchos son los que han recibido este calificativo a lo largo del desarrollo de nuestra sociedad y desde casi sus orígenes. Sin embargo, aunque no se haga referencia constante a su persona, Morales Maceo no pasó desapercibido por la vida cultural de Bayamo.

Nacido en esta ciudad el 22 de agosto de 1922, radicaba en calle Lora, No 6. Según referencias tomadas del prólogo de su Cuaderno de poesías Archipiélago celeste, desde edades tempranas pudo acceder a la música y los colores en su hogar, donde estas costumbres se conjugaban con los libros y versos de su tío, cronista e historiador de Bayamo, José Maceo Verdecia, a quien siguió en sus inclinaciones literarias.

Como escritor formó parte del grupo Acento, cuyos integrantes crearon la revista bayamesa de igual nombre, dirigida y editada por Alberto Baeza Flores, alrededor de la cual se nuclearon, además, Humberto Moya Diez, Carlos Batasús Bertot, René Capote Riera, Benigno Pacheco Ronet y Víctor Montero Mendoza. El primer capítulo de dicha revista correspondió al invierno de 1947, creándose luego los números del verano y otoño de ese propio año, e invierno y primavera de 1948.En las páginas de la revista aparecieron trabajos de escritores reconocidos entre ellos Cintio Vitier, José Lezama Lima, y Fina García Marruz.

Dicha publicación, que no admitía avisos comerciales como era costumbre en la época, era costeada por distintas instituciones en la propia ciudad y se distribuía gratuitamente. La mitad de la edición se destinaba al extranjero y la otra parte para Cuba, todo lo cual habla a las claras de las humildes y altruistas intenciones de este grupo de jóvenes entre los que cuenta Francisco Morales Maceo, dispuestos a desarrollar un movimiento cultural que propiciase el resurgir artístico de la provincia.

Según las palabras contenidas en la introducción al poemario Archipiélago celeste ya referido, este escritor bayamés cultivó temas amorosos en su obra, enlazándose a esa línea de la poesía cubana de su tiempo, cuyo fundamento fue la lírica martiana y de Casal, donde afloran el amor y la nostalgia, y en los que concurren determinados preciocismos y se aprecian depuraciones formales.

Francisco Morales Maceo se nutrió de dos tendencias  principales de la época: un neoromanticismo al que desde algunas pespectivas pertenecen José Angel Buesa, Ángel Augier, Mirtha Aguirre, Menéndez Alberdi, Guillermo Villarronda, y un neoclasicismo donde se agrupan en su momento Justo Rodríguez Santos, Rafaela Chacón Nardi, entre otros.

Criterios de sus contemporáneos afirman que Morales Maceo se inclina tempranamente hacia las formas postsimbolistas de la poesía amorosa cubana y en muchos de sus poemas podemos apreciar esa tendencia emotiva y melancólica relativa al apasionado sentimiento. La línea que permite relacionar  sus primeros poemas con los últimos es la angustia amorosa que se refleja en ellos, seguida de profundas meditaciones y aparentes testimonios, determinados por el espacio y el tiempo de su intimismo.

Aparentemente los estudios científicos realizados al cursar la carrera de Medicina le sirvieron para equilibrar su saber, marcadamente realista, con la sensibilidad y ensoñación propias de la poesía. Archipiélago celeste, aunque constituye el primer libro de este poeta bayamés, contiene, en su sinceridad expresiva, cierto descanso y deleite más allá de los desafueros del corazón, y permite admirar, en su conjunto, una voz fresca de amor, dentro de  la poesía cubana de su época.

Los gastos de edición de este poemario corrieron a cargo del Alcalde Municipal de Bayamo en este período, Dr. Alberto Samuell-Soto, así como de la Revista Acento. Fue conformado en la Imprenta Carbonell, asentada en esta época en calle Martí, No 133, en Bayamo, habiendo intervenido en su confección los compañeros: Manuel Franco Tauler, regente impresor, Armando Guevara Quesada y Andrés Carricarte, cajistas; Juan Martínez Franco, emplanador; César Frandín Tablada, prensista; Francisco M. Gutiérrez de la Rosa, grapador. Su impresión culminó el 11 de octubre de 1947.

Alberto Baeza Flores cataloga en el Ultílogo de Archipiélago celeste al mismo como un cuaderno de amor verdadero en la provincia solitaria. Aquí plantea que el texto recoge, según sus propias palabras, alguno de estos muchos relámpagos, del cielo cargadamente atmosférico de amor de Francisco Morales Maceo.

Considera que la función de esta obra  no es otra que mostrar  la verdadera y perdurable poseía, aquella que es capaz de transmitir del poeta al lector cada uno de sus más íntimos sentimientos, enseñándolo nuevamente a amar día a día  en una tierra que nunca tiene amor suficiente. Para él, el joven poeta Francisco Morales Maceo, hace reanudar en este texto viejos diálogos con viejos poetas.

Refiere que en su poesía aparece el amor como una activa preferencia, que trata de mostrar siempre nuevo, oculto y resplandeciente, y que sus palabras lo avivan, de forma tácita o con palabras, en un afán de eternizarlo momentáneamente, y, de este modo, rescatar las almas del vacío, para poblar su soledad y darle verdadero sentido.

En el Ultílogo se expresa que este Archipiélago celeste, de Francisco Morales Maceo, es una obra apacible y ensoñadora, cargada de un profundo intimismo, que reposa en espacios sugestivamente impresentidos; que habla de reencuentros celestiales con sus raíces. Su poesía trata temas consabidos pero está marcada por la frescura de su amor antiguo y presente.

Asevera el escritor de esta última parte del cuaderno la existencia  de otro elemento que aporta hermosura a su obra y es, sin dudas, que los anhelos amorosos del autor tienen que ver con la amada provinciana, que no se desdibuja con el paso del tiempo y los nuevos espacios que lo circundan,  y que al evocarla resurgen en su obra los parques florecientes o la floresta sub-urbana de su provincia lejana en el tiempo.

Considera imposible que el escritor deje de nutrirse del viejo fuego de la adolescencia y la infancia. Allí hay mucha clave y secreto,-dice-, y en los versos de Morales Maceo revive el Bayamo amoroso aunque la amada es distinta en el tiempo. Sus Nocturnos cristalizan el amor lleno de vaguedades, susurros, silencios y hasta prejuicios del callado amor provinciano. Su obra poética trasciende porque en ella asoman los desafueros de cualquier enamorado de su tiempo y del presente.

Alberto Baeza Flores explica en el acápite conclusivo de Archipiélago celeste que en el mismo confluyen, en sus dos apartados, un amor agonizante y otro como cantar sinfónico, el primero de ellos, sueño y testimonio, y el segundo, angustia y fantasía. El poeta en este texto ha sido fiel a su vivir, y logra rescatar  el amor  para posicionarlo acertadamente entre alba y crepúsculo, como testimonio de este resurgir de su inagotable hechizo.

Francisco Morales Maceo parece un nombre que se pierde, aparentemente, entre los finos escondrijos y callejones incesantes del Bayamo republicano y moderno; sin embargo, subyace como arcángel de amor en la niebla matutina, y en el ocaso deslumbrante de calles adoquinadas, zapatos de doble tono, o simplemente en el rumor de la suave brisa de cualquier tiempo que lleva y trae, entre las hojas, tiernas caricias para perpetuar la pasión.

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