Céspedes. Padre de Todos.

En el mes de junio, una de las fechas significativas desde el punto de vista socio-cultural, es el Día de los Padres, momento oportuno para que toda la familia rinda tributo merecido a aquellos que, además de engendrarnos genéticamente, juegan un papel fundamental en la formación del carácter y la adquisición de los valores más positivos de los futuros ciudadanos.

La cercanía de esta efeméride cultural, sin dudas importante en el imaginario popular cubano, es igualmente ocasión propicia para evocar a quien bien mereció el sobrenombre de Padre de la Patria.

Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, ilustre abogado bayamés, iniciador de la gesta libertaria del siglo XIX en nuestro país, hombre de vasta cultura y recia personalidad revolucionaria, primer presidente de la República de Cuba en Armas, auténtico cubano, defensor de la identidad nacional, fue también un padre excepcional. Fruto de sus relaciones amorosas, nacieron nueve hijos: seis varones y tres hembras, a los cuales profesó su amor y cuidado. A pesar de ser descrito por muchos de sus  biógrafos como una persona de un carácter fuerte e intrépido, demostró su ternura masculina ante sus amados hijos, tal como puede constatarse a partir del análisis de distintas fuentes históricas, entre las que sobresalen los testimonios de contemporáneos del patriota bayamés y los de sus propios hijos, así como las cartas conservadas para la posteridad por la familia. 

El primogénito fue Carlos Manuel de Céspedes y Céspedes, hijo de María del Carmen, hacia el que tuvo un gran apego y relación. “Carlitos”, como cariñosamente lo llamaban, recibió desde pequeño la influencia de su padre, quien le trasmitió el amor a la causa revolucionaria. Se incorporó a la lucha independentista desde el mismo 10 de octubre de 1868, formando parte de los participantes en el glorioso alzamiento de “Demajagua”. Acompañó a su padre hasta los últimos días de su vida, en el retiro de San Lorenzo; y sólo por una fatal casualidad no pudo estar al lado del ex-presidente en los momentos del asalto español a dicho campamento, aunque si pudo escuchar los disparos del desigual combate, y luego recoger el cuerpo de su papá, abandonado por los soldados en su retirada.

Otro de los hijos que le brindó su cariño fue Amado Oscar de Céspedes, cuya trágica muerte es muy conocida en la Historia de Cuba, en relación con la famosa frase pronunciada por su padre, al conocer de su captura por el ejército colonialista y recibir una indecorosa propuesta por parte del general español Caballero de Rodas: “Duro se me hace pensar que un militar digno y pundonoroso como vuestra excelencia pueda permitir semejante venganza (…) Pero si así lo hiciere, Oscar no es mi único hijo: lo son todos los cubanos que mueren por nuestras libertades patrias…”. Por supuesto que este incidente, sin dudas doloroso para Carlos Manuel de Céspedes, no basta por sí solo para consagrarlo en el recuerdo eterno del pueblo de Cuba, dado el hecho de que fueron miles las familias de patriotas que resultaron deshechas en el huracán de la guerra; pero por la connotación política y social de sus actores, y la inmediata difusión que tuvo tanto dentro como fuera de la Isla, ha servido para inmortalizar a Céspedes con el apelativo de “Padre de la Patria Cubana”. Hay evidencias históricas de que el gran bayamés profesaba un cariño muy especial por Amado Oscar, y tenía puestas en él grandes esperanzas, para un futuro que creía no muy lejano, cuando Cuba fuera un país independiente. Pero corría por las venas de Oscar la misma sangre del Hombre de La Demajagua, y alentaba en su pecho el mismo amor por Cuba. Pocos meses después era capturado y fusilado por los españoles, en las circunstancias antes mencionadas.

Emotivas son las palabras expresadas por Carlos Manuel de Céspedes refiriéndose a sus hijos. Basta con leer  fragmentos de algunas de sus cartas, escritas en plena campaña independentista, en medio de los azares y peligros propios de la guerra, y del abrumo de la altísima responsabilidad derivada de su cargo. En ellos se transparenta el más íntimo sentimiento del amor y orgullo paternales:
“La pintura que me haces de mis queridos mellizos (sobre todo de la que persistes en llamar Dolores) es muy seductora. Y no me queda la duda que con tus ojos de madre la verás así; porque con mis ojos de padre, en imaginación, me sucede lo mismo. Nadie sabe el deseo que tengo de abrazarlos y gozar sus caricias (…); pero, ¡ay!, eso es imposible. Sé muy bien que moriré sin verlos. Ojalá que sólo yo padezca en eso, y que ellos sean felices sin su triste padre.” (Carta dirigida a su esposa Ana de Quesada. Agosto 9, 1873)

El hombre sensible, en riesgo constante de morir a manos de sus enemigos, sufre al pensar que podría no llegar a conocer físicamente a sus hijitos. En otro documento, redactado luego de recibir por vía irregular noticias y fotos de sus familiares exiliados en los EE. UU., exclama: “No puedes formarte una idea del gozo que sentí al ver todos aquellos rostros idolatrados. Los cubrí de besos [sin tocarlos con los labios] (…) Todos los amigos que estaban en el campamento me los han pedido para verlos, y los han hallado, en mi presencia, lindísimos, así a la madre como a los hijos. Para mí, son angelicales.” (Carta a su esposa Ana de Quesada. Noviembre de 1872)

Aunque no tuvo la dicha de conocer a todos  sus descendientes, al referirse a estos, Carlos Manuel de Céspedes se mostró particularmente tierno y cariñoso; y también fue muy querido por ellos. Al leer los documentos escritos por sus hijos y nietos, quienes no le conocieron, parece que la recia y atractiva personalidad del caudillo ejerciera una especie de raro influjo sobre los que le sobrevivieron; llevándolos a amarlo con un apego tan fuerte como el de aquellos que convivieron con él.

Tomemos, por ejemplo, a Gloria de los Dolores, hija de su segundo matrimonio con la patriota camagüeyana Ana de Quesada y Loynaz, y nacida en los Estados Unidos, a finales de 1871, quien se convirtió en una escritora de cierto reconocimiento, publicando interesantes artículos en la prensa habanera y una obra historiográfica de obligada referencia para los investigadores actuales: Céspedes visto por los ojos de su hija (Academia de la Historia de Cuba, La Habana, 1934). De esta última, citamos un revelador fragmento:
“Mi padre siempre me ha parecido un padre ideal. Yo no lo conocí, pero desde mi infancia mi madre me hacía largos e interesantes cuentos de él, más bien del héroe que del marido; y más tarde, leyendo las cartas que él le había escrito, aprendí a conocerlo y a quererlo. Los sentimientos tan tiernos que expresaba al hablar de mi hermano, y aun más especialmente, cuando se refería  a mí, hicieron gran impresión en mi mente y yo habría sido muy dichosa si él hubiese vivido mucho. (…) No lo conocí, mas él ha sido siempre un factor dominante en mi vida…”

O el caso de su nieta, la renombrada intelectual italiana Alba de Céspedes y Bertini, mujer que defendió las causas más progresistas de su época en Europa y que admiró mucho a Cuba, su historia y sus líderes. Nacida en Roma, en 1911, tampoco pudo conocer físicamente a su respetable abuelo. No obstante a ello, la figura del prócer cubano fue una presencia constante en el sentimiento de Alba. En su obra inconclusa Con gran amor expresó, refiriéndose a él: “Lo miraba en los ojos, grises como los míos: “Aquí estoy”, le decía sin palabras. Empezó entonces nuestro mudo coloquio; ahora que conocía todo de él, desaparecido en el abismo del pasado, con el viento de la historia, 37 años antes de mi nacimiento. Y él no sabía nada de mí. Pero me miraba como si ya lo supiera todo”. (Escritores e intelectuales del Novecientos: Alba de Céspedes. Fundación Mondadori, Italia, 2001.)

Así, podemos constatar la nervadura íntima del héroe, revelada aquí en uno de los aspectos más íntimos de su atractiva personalidad. Aunque la posteridad lo ha celebrado fundamentalmente como el excelso líder político y revolucionario que sin dudas fue, queremos acercarnos al hombre de carne y hueso, desmitificado y presentado en su pura dimensión humana; como el padre sufrido por la imposibilidad de estar junto a sus hijos, para compartir con ellos los avatares más triviales de la vida; que suelen ser, sin embargo, los que más placenteramente se recuerdan en la vejez. Pero él había asumido una responsabilidad superior, hacer libre a su patria, y a ella consagró todos sus esfuerzos. Por ello, en el mes en que los cubanos homenajeamos a nuestros progenitores, debemos todos venerar a Céspedes como Padre de la Patria y como Padre devoto de sus hijos carnales.

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