Bayamo, la noche más larga

Por Diana Iglesias Aguilar

Fue la noche más larga, dura e incierta para los bayameses, presagio de centenares de oscuros amaneceres y días aciagos fuera de las comodidades cotidianas, expuestos a las inclemencias del tiempo y la cobardía del enemigo español que perseguirá para asesinar como si de fieras se tratasen, a las familias bayamesas.

Al filo del anochecher del once de enero de 1869, la incertidumbre reina en la ciudad junto a la amenaza del avance de las sanguinarias tropas del Conde de Valmaseda. El oficial español vendrá sobre Bayamo a querer borrar la afrenta de haber construido en la segunda villa, el gobierno libre de Cuba en franco desafío anticolonialista, más de 80 días de gozosa cubanía en libertad, aún cuando conviven en la urbe españoles, cubanos y negros recién libertos.

Tiene que haber sido terrible lo que sintieron aquellos hombres y mujeres cuando decidieron poner el fuego como valladar. Dejando hogares más que casas, la vida más que muros, comercios, calles, el honor más que propiedades, la irrevocable resolución de pelear por la independencia más que la supuesta tranquilidad de una vida esclava y de subordinación a la Metrópolis sorda y ciega ante los reclamos de derechos de los hijos criollos.

Tiene que haber sido desgarrador para Perucho, para Palma, para Maceo Osorio, dejar poemas, partituras, exitosos pleitos documentados, otros escritos y legajos con la huella del quehacer social, político y patriótico, los daguerrotipos de sus hijos, las esquelas amorosas.

Con la quema se pierde parte importante de la memoria documental del pueblo, de la literatura y otras artes, la prensa periódica que ya emergía con fuerzas desde dos décadas atrás reflejando el día a día. Se pierden las memorias de nacimientos, enlaces matrimoniales, defunciones. Emerge del fuego un pueblo fantasma que a fuerza de sangre y lágrimas, de heridas y angustias logrará salvar su identidad y retener la memoria y la cultura a todo coste.

Nadie calcula nefastas consecuencias, solo se piensa en la fortaleza de principios, en la solidez del sentimiento patrio y libertario. !Al fuego todo! Y atrás queda la cama tibia y el fogón presto al alimento, el amigo o la comadre, la botica sanadora que es la primera edificación en arder de la mano de su propio dueño: el licenciado Don Pedro Maceo Infante, quién será primer Jefe de Sanidad de la Revolución, padre del abogado y patriota Francisco Maceo Osorio.

De manera ejemplar el boticario inicia a las cinco de la mañana del 12 de enero de 1869, la heroica quema.Mán de siete mil 400 habitantes salen del pueblo con diversos rumbos, unos caminan asustados llenos de bultos, otros pueden hacerlo en carruajes o carretas o montados a caballo, llevando lo necesario.

Al frente va Perucho Figueredo, una lágrima nubla los lentes, la enjugará con disimulo, no va pensando en sus lujosos muebles y hermosa vivienda, sino en el destino incierto pero ejemplar de su pueblo. Desde una hacienda cercana, otro bayamés que acoge la decisión con dolor y resignación, se pone las manos en la cabeza.

Es Carlos Manuel de Céspedes, desgarrado el corazón mientras las lenguas de fuego suben al cielo y hacen perenne el rojo del alba. Más, el pensamiento del caudillo está en el día de la reconstrucción. !Qué grandeza! Y Francisco? Al que llaman Pancho Aguilera sus coterráneos, el que perderá el Teatro lujosísimo, confitería, comercios y más de una docena de inmuebles, va mudo, sus hijos más pequeños requieren de brazos, como los de Perucho.

Va pensando no en sus prendas y los miles de escudos perdidos, va pensando en Patria. Dura será la existencia de los bayameses, centenares de familias morirán quemadas, saqueadas, verán ultrajadas a sus mujeres y asesinados sus niños y ancianos. No habrá clemencia en las filas del bárbaro español donde campea como oficial menor el tristemente célebre Valeriano Weyler que se estrena como perseguidor de familias y criminal connotado.

Otros podrán estar a salvo entre familiares de Tunas, Holguín o saldrán hacia el exilio, no menos doloroso y obligado, lleno de nostalgias e impotencia, matizado por destellos de esperanza de regreso e independencia. Vendrán días indescriptibles.

Las mujeres verán desgarrar sus elegantes vestidos para tornarlos en vendas sanitarias, en los propios paños íntimos o en sábanas improvisadas para arropar a sus hijitos. Centenares de pequeños murieron de inanición, desnutridos porque los pechos de sus madres se secan por falta de alimentos.

La vida se reduce a rastrear frutas y tallos que contengan agua, esconderse de los perseguidores o escarbar para sacar raíces sustentadoras. Duele imaginar aún los grupos diesmados por las fiebres virales, el tifus, la disentería, la tuberculosis, los pies llagados destilando hedores por la falta de curas.Duele Bayamo aún, porque no fueron las paredes calcinadas lo peor que sucedió.

Dan valor las lágrimas de tantos inocentes anónimos que sedimentaron la historia de rebeldía, la entereza de las mujeres que no claudicaron y el llanto callado de los ancianos, al ver cómo se pierden los sucesores. Cuando allá en el horizonte, siempre hay una llama verde, de esperanza, de que la peor y más larga noche pasará.

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