La poesía y la trova se hermanan

Por Luis Carlos Suárez

La poesía nos une, destrona fronteras y nos humaniza, ella sabe de sueños compartidos y de esperanzas, ella se une a nuestro ser como madreselva que viste al muro de rojos ladrillos o se enlaza con el árbol fecundo y lo perfuma. La poesía puede abrir un amanecer y cerrar una noche, ser cántico junto a la cuna esperanzada o acompañar los días  postreros. Ella fue canto de trabajo, luz del grano que debía nacer y danza del hombre alrededor del fuego para que el bisonte no huya, para que al bisonte no le nazcan alas y sea atrapable con el canto dispuesto de la flecha.

La poesía no es solo la del verso besado por el ritmo, la de la caligrafía y los libros. Ella respira por un pulmón más amplio y queda atrapada en esos girasoles sedientos mientras el pintor cercena una de sus orejas, y André Gide se siente atrapado por la primavera que le despierta deseos castigables y por eso el mismo se castiga al punto que quiere un látigo para su espalda de pecador.

La poesía no solo vive en las academias y se hace eco en la voz de los poetas. Ella desanda las calles perdidas de nuestros pueblos y acompaña al arriero en su canto y al cuentero casi perdido de nuestras serranías que desgranaba noche a noche el collar de las leyendas donde un jigüe sicodélico espera que la mulata de grupa poderosa entre en las aguas para asomar su coquilisa cabeza para dejar desvelado a los niños que a la luz de un farol escuchan con la boca abierta esta historia.

Pero la poesía, siempre atenta, ha tenido ojos para escrutar a la injusticia y descubrir el lado oscuro, su grisura, la uña lacerante y el látigo a veces revestido, camuflajeado por flores. La poesía auténtica no le abre puertas a la violencia, con su verdad y belleza la estigmatiza, la golpea con el gladiolo de su autenticidad y la desnuda.

Es por eso que la violencia, la injustica, la intolerancia de todo tipo, el fascismo, han mordido a la poesía, en ocasiones la desgarraron con el más afilado diente, con mandíbulas de hierro la trituraron, con espadas de odio trataron de que su luz fuera cercenada como lo hicieron con las manos de Víctor Jara, las manos que acompañaron aquella tonada prodigiosa de “Levántate y mira la montaña/de donde viene el viento él sol y el agua”.

Y Miguel Hernández, ese  Niño Yuntero, recibió en la cárcel la carta de su abrumada mujer, la que le decía que ella y su hijo solo comían pan y cebolla: “la cebolla es escarcha cerrada y pobre/escarcha de mis días y de mis noches”. Y a Lorca, el Federico de “La casada infiel” y “Yerma” lo asesinaron un día cuando a la luna que tanto le había cantado, estaba en su esplendor. Lo mataron por poeta y por homosexual, no le perdonaron la belleza de su canto, la justicia de su obra.

Con igual odio asesinaron a Plácido, a Zenea, con el mismo malvado frenesí desaparecieron al hijo a los familiares de Juan Gelman el poeta argentino en cuyo corazón todavía giraba la calesita.

¿Y la trova a dónde va la trova? Mírala ahí va montada en el coche de la poiesis, que trasciende al verso y vive a veces en lo inefable, en lo que no se puede tocar y a veces ni ver pero existe porque la besamos con el labio del sentimiento. Música y poesía siempre anduvieron juntas, quizás juntas no es la palabra, mejor digamos vivenciadas y fundidas en sus íntimas conexiones y transferencias, a veces una respira por el pulmón de la otra.

Y aunque la palabra trova nos pueda evocar al minenssanger alemán de la Edad Media, al trouveres de la Francia septentrional o al troubadour provenzal, nuestro trovador es el otro, el que definió ese excelente músico que es Noel Nicola y cito: “Para nuestro pueblo está bastante definido el concepto de lo que es un trovador. Un trovador en Cuba, es un intérprete de sus propias canciones o de canciones de otros que, al igual que él, son intérpretes; se acompaña con la guitarra, y trata de poetizar con su canto” y para Silvio Rodríguez, “el trovador define en nuestro país el concepto unificado de hombre-guitarra-poesía popular”.

¿Y de qué poesía estamos hablando? ¿De la poesía de palabras escogidas con tino por su “belleza”? ¿La poesía de palabras rebuscadas y de alta temperatura metafórica? No lo creo, creo que se trata de la poesía que vive en nuestros campos, al lado del fogón de leña de nuestros bohíos, en el canto de la mujer que lava la ropa en el solar, en las peripecias amorosas del hombre común, en sus sueños, desatinos y esperanzas.

Hay poesía en el unicornio extraviado por esos caminos de Dios y también  en “para aturdirla con los sonidos le daba besos en los oídos” o en una de las canciones de Ormán Calas cuando le dice a su Nena: “Así que no me mandes a callar/ porque si callo, porque si callo/ se escucha el grito del silencio/ un tanto más allá.” Claro, entendamos, que cuando hablo de poesía no me refiero solo a la letra, la música incorpora su propia poesía. De esta forma se abrazan, se besan, música poesía y letra poesía para ofrecernos la maravilla que es nuestra trova de todos los tiempos.

Hablar de trova y poesía aquí, donde se interpretó la Bayamesa de Céspedes, Fornaris y del Castillo no solo resulta significativo sino por momento sobrecogedor, por las resonancias inspiradoras que nos estremecen, hacerlo en el contexto de la conmemoración de nuevos aniversarios del inicio de nuestras luchas por la independencia, le agrega una nota especial y nos hace evocar aquel momento glorioso, después del incendio, en que una estrofa que dice: ¿No recuerdas gentil bayamesa/que tú fuiste mi sol refulgente,/y risueño en tu lánguida frente/ blando beso imprimí con ardor? Se trocó por: No recuerdas gentil bayamesa, / que Bayamo fue un sol refulgente,/ donde puso un cubano valiente/ con sus manos el pendón tricolor.

En esa bayamesa de guerra afloran, se hermanan, cultura artística y civismo. Hombres que hicieron poesía y trovaron se alzaron en armas para conquistar nuestra independencia. De esa sangre numerosa venimos, por esa sangre compartida, no lo olvidemos, estamos hoy aquí.

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