Gabriel García Márquez en el Museo de Cera de Bayamo. *

 Por Luis Carlos Suárez

 “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevo a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.”(1)

Así, como llegadas de un sueño, entraron en la vida del lector estas palabras que abrían  la verja de un mundo inédito hasta entonces, abigarrado de verdes y aguas que no se cansan, de la aparición de mariposas premonitorias,  de esa lluvia de  flores amarillas, de esos espíritus sin reposo o la levitación de Remedio la bella, que alzó junto con ella nuestro asombro, nos hechizó por siempre e hizo que siguiéramos fieles a la ruta creativa de un hombre, que vivió la vida para contarla, que es también una forma de sufrirla,  padecerla y de comprometerse con las causas que la legitiman y enaltecen.

Detrás de esa imaginería portentosa, de ese mundo creado, incitador e iconoclasta, por momentos pantagruélico, se encuentra sumergida una experiencia de vida que le permitió nutrir a la consolidación de un oficio con ese haber vivido junto a las realidades de su tiempo, en un continente que esperaba por su obra para desnudar muchas de sus pieles guardadas. Porque en esas imágenes aparentemente fantasiosas y desatadas de la realidad, se nos revela una realidad mucho más profunda que la ofrecida por ciertas recetas historiográficas al uso, que hicieron de la historia inventarios de guerras y difuntos. La realidad que nos ofrece García Márquez ha sido hurgada por el cincel de un artista que, como bueno, ahonda sin recomendaciones, sugiere y connota; forma ideal para perpetuar realidades a las que le dio vida a través de una prosa que le debió mucho a la mejor poesía y al legado fundador de autores como Juan Rulfo, Faulkner o el mismo Carpentier.

En ese Crisol de saberes y entregas se fundió el metal de sus grandes obras: La hojarasca, Isabel viendo llover en Macondo, El coronel no tiene quien le escriba, Los funerales de la mamá Grande, La mala hora, Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera,  por citar algunas, así como una obra periodística que, sin lugar a dudas, fue tan innovadora y rica como sus textos  de ficción. Tampoco podríamos separarlo del cine, manifestación artística que amó y a la que dedicó su creatividad y esa energía fundacional que lo llevó a crear y presidir La Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano.

Por eso hoy, en este día tan especial en que celebramos el cumpleaños del amigo, hermano de ideales y muchos libros, comandante en jefe Fidel Castro, develar su figura, creada con el  amor y el talento de esa joya del arte contemporáneo granmense que es la Familia Barrios, y en esta institución emblemática de la cultura granmense, constituye un símbolo de la significación de la vida y obra de Gabriel García Márquez para el pueblo cubano y el mundo; inclusive para personas que quizás nunca leyeron sus novelas y trabajos periodísticos pero descubrieron en él a alguien que los representaba.

De ahí ese homenaje de multitudes, las filas interminables para evocarlo, esa semiótica de la admiración que hacía que hombres y mujeres llevaran sus libros, leyeran fragmentos de ellos y algunos mostraran en sus pechos mariposas de papel, evocadoras de aquel delirio macondiano que siempre vivirá con nosotros porque ha devenido en clásico.

Esa admiración de tantos y tantos, no creo sea solo resultado de una obra, sino también de la eticidad y la entrega a las causas justas que la amparaban y que podríamos resumirlas en esa preocupación del gran escritor por el destino de sus semejantes, padeciendo, respirando con ellos, sintiéndose parte de sus vidas. Escuchemos al creador:

“Mi madre me pidió que la acompañara a vender la casa. Había llegado a Barranquilla esa mañana desde el pueblo distante donde vivía la familia y no tenía la menor idea de cómo encontrarme. Preguntando por aquí y por allá entre los conocidos, le indicaron que me buscara en la librería Mundo o en los cafés vecinos, donde iba dos veces al día a conversar con mis amigos escritores. El que se lo dijo le advirtió: “vaya con cuidado porque son locos de remate”. Llegó a las doce en punto. Se abrió paso con su andar ligero por entre las mesas de libros en exhibición, se me plantó enfrente y mirándome a los ojos con la sonrisa pícara de sus días mejores, y antes que yo pudiera reaccionar me dijo:

 –Soy tu madre.

Algo había cambiado en ella que me impidió reconocerla a primera vista. Tenía cuarenta y cinco años. Sumando sus once partos, había pasado casi diez años encinta y por lo menos otros tantos amamantando a sus hijos. Había encanecido por completo antes de tiempo, los ojos se le veían más grandes y atónitos detrás de sus primeros lentes bifocales, y guardaba un luto cerrado y serio por la muerte de su madre, pero conservaba todavía la belleza romana de su retrato de bodas, ahora dignificada por un aura otoñal. Antes de nada, aun antes de abrazarme, me dijo con su estilo ceremonial de costumbre:

–Vengo a pedirte el favor de que me acompañes a vender la casa.”(2)

Esa vida sensible, intensa, tendrá hoy su representación en la figura que se expone en nuestro Museo de Cera, con ella evocaremos a Gabriel  García Márquez, al Gabo, que extendió sus sueños para contagiarnos con ese delirio bueno, y puso alas en nuestra imaginación para alzarnos más allá de lo que somos, y poder descubrir la belleza que  hace crecer y abre la verja abigarrada de verdes y  aguas. Él nos enseñó el camino que lleva a Macondo, donde nos espera una lluvia de flores amarillas que puede bañarnos con su luz y  hacernos mejores seres humanos.

Notas:

* Palabras pronunciadas por el escritor Luis Carlos Suárez en la inauguración de la figura de cera del escritor colombiano Gabriel García Márquez el día 13 de agosto de 2014.

1 Gabriel García Márquez: Cien Años de Soledad. Barcelona, España. Penguin Random Hause Grupo Editorial, 2003, p.9.

2 Tomado del libro de memorias de Gabriel García Márquez Vivir para contarlo           

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