Por Diana Iglesias Aguilar

La noche es cerrada, tanto que los truenos y la luz de los rayos que les acompañan son una suerte de faro en medio de la brava mar y la lluvia que azotan la costa sur del Oriente de Cuba. Un bote llega a tierra sorteando el peligro de hacerse pedazos contra las rocas que asoman a medida que se acercan a la estrecha e irregular Playita de Cajobabo, cuando quedan apenas dos horas y media del día once de abril de 1895 y la expedición frágil solo en la estructura, trae a la isla media docena de oficiales que darán un empujón a los ánimos de los cubanos que hace 56 días volvieron a las armas para arrancar la independencia del pueblo de las manos esclavistas de la metrópolis española.

Es un viaje de fe, de fe inquebrantable e invulnerable en la unidad de los cubanos de dentro y de fuera del archipiélago, de fe en el valor ante el enemigo mejor armado y preparado y con un ejército adicional de espías para hacer fracasar cualquier intento de apoyo a los guerreros que en Cuba ponen el pecho a las balas, como el de Fernandina, el aciago 10 de enero de 1895 en que fueron incautados más de 60 mil dólares en pertrechos de guerra acomodados ya en las naves listas para partir.

Cuál hubiera sido el curso de la Guerra Necesaria si la delación causante del frustrado intento de llegar a Cuba no ocurre? Un disparo fue el suceso, un disparo al corazón de esa fe que sostuvo José Martí, el alma del Partido Revolucionario Cubano y del reinicio de la guerra, más que su nombramiento como Delegado del órgano aglutinante y forjador de la gesta que por sus objetivos, empujes y participantes, es continuidad como proceso histórico de la iniciada en Demajagua por Céspedes en octubre de 1868.

El corazón de Martí se le quiere salir del cajón toráxico enjuto, es grande el ansia por volver a Cuba de la que salió desterrado hace más de dos décadas para regresar en contadas ocasiones por brevísimos meses o días, y ahora el regreso será para siempre, pero sin sospechar que como antes, por muy poco estará entre los suyos, pues pasará a la inmortalidad como esa Dicha Grande, las primeras palabras que pronuncia al llegar, de ser el líder ejemplar, el faro de la quimera que aún como un manto oscuro cubre la libertad del pueblo de Cuba.

Ante lo que parece un viaje imposible, irrealizable con mil obstáculos en contra, no manifiesta miedos ni inseguridad. Le acompañan oficiales probados en contienda, uno de ellos el Mayor General Máximo Gómez es el máximo jefe de la guerra, experiencia y estratega milirar se juntan en él y Martí no se amilana, no se siente menos, sino adeudado con su Patria y deseoso de empuñar un arma cuando llegue el momento que lo amerite y desmontar el susurro sobre su aparente fragilidad y falta de carácter para acercarse a la primera línea de combate: ! Cuando ya ha combatido con el desánimo, la envidia, el oportunismo, el regionalismo y muchos otros males que estallaron en el camino como petardos, torpedos o granadas mortales al proyecto libertario.

Como uno más entre ” hombres duros”, al decir del recio General Gómez, camina el poeta, el dramaturgo, el cronista neoyorkino, el traductor, el hombre de refinada educación y maneras dulces, el padre amoroso de Ismaelillo, el romántico de los Versos Sencillos, el admirador de la belleza toda de la vida expresada en la libertad, el padre de los niños y niñas de América, va firme, estimando como único cada momento, le son cercanos el árbol y la flor, el sol y el viento, va feliz y con fe, con la fe en la victoria, no la personal, sino la de un pueblo que dentro o en la diáspora palpitan juntos por un futuro mejor. Va con profunda fe en el mejoramiento humano, lo ha dicho en sus versos, y viaja al infinito.

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