Morir por la Patria es vivir

Por Diana Iglesias Aguilar

Te recordarán gallardo sobre Pajarito, tu blanco corcel escribiendo una letra ardiente que pasará de boca en boca, de corazón en corazón eternamente. Pero eres más que el exquisito intérprete al piano  y lector compositor de pentagramas. Eres llama, fidelidad, acople preciso a la amistad, a la causa de la independencia de Cuba.
Te recordarán como Perucho, al que nombraron Pedro Felipe Figueredo Cisneros, te recordarán con tu parsimonia y flema, en tu Bayamo natal nadie imagina que en La Habana de tus estudios juveniles eres El gallito bayamés, por desafiar las fuerzas coloniales con tus palabras, por ahora.

Te recordarán como jurisprudente, blandiendo tu encendido verbo contra la injusticia, dirán que fuiste rico, pero tú mayor tesoro fueron tus principios, tu nobleza, tu entrega a un pueblo, a una causa, ese ejemplo, y la familia hermosa construida junto a Isabel Vázquez y Moreno, que aún en la vejez seguía dando frutos, inequívoca huella de los ardores de tu amor de juventud eternizado.

Te recordarán por muchas cosas. Porque en la hora álgida en que Demajagua era tachada de inapropiada por los tuyos, supiste ponerle freno a las habladurías y dijiste: con él ( Con Céspedes) a la gloria o al cadalso.

Porque no te tembló la mano para prender fuego a la casona elegante mejor ubicada de la ciudad, que se asomaba a las Plazas de Armas e Isabel II donde tenías hogar y trabajo. Ni temiste perder nada material ! Y mucho te quitaron! Pues lejos de ser un loco desahuciado o empobrecido, como algún día dijeron los enemigos, dinero y posesiones tenías para una vida holgada y tranquila, pero preferiste la inquietud de los que buscan la verdad.

Eras un hombre feliz puertas adentro, cimentada esa felicidad en el amor, pero no te bastaba tu sonrisa, tu mesa elegante, tu ropa al corte: te desvelaba la felicidad de Cuba.
Hace 150 años te persiguen con saña, te cazaron como a una fiera indócil.

! Cuánto debe haber sufrido tu hija Canducha!, protegiendo aquella imagen de su padre, febril con pies llagados, con apenas fuerzas ni para atentar contra tu vida. Cuanto debiste sufrir tú que no podías abrigar en esa hora a los tuyos, a tu esposa tierna y firme, a tus hijos e hijas más pequeños, a los jóvenes que corren peligro de ser carne de cañón y diana de vejámenes.

Pero el calvario fue breve y muy duro. De cada mal momento nos dejas una enseñanza. ” No soy el único redentor que camina sobre un asno”, dijiste cuando te montaron al pelo en aquella cabalgadura para llevarte hasta la pared del matadero municipal de Santiago de Cuba, donde a pesar de pies destrozados y de despojarte de tus necesarios lentes, no pudieron ni arrodillarte ni vendarte, ni impedir mirarlos a la cara y espetarle tu frase más hermosa y Cubana: Morir por la patria es vivir.

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