Para conquistar otros caminos. Patrimonio y poesía.

Por Juventina Soler Palomino.

Todos los días nos convertimos en seres repetitivos porque desde que abrimos los ojos, con  los primeros anuncios del  amanecer, realizamos las mismas acciones y tareas, son los hábitos que con los años se van afianzando y pocos son los que hacen el intento de  escapar  del cotidiano hacer.

Los hábitos resultan beneficiosos en parte; pero por otra, nos lastran tremendamente el sentido amplio de lo perceptual, lo que el hombre debe de observar a su alrededor, eso que otros nos legaron desde sus experiencias y conocimientos. Muchos hombres y mujeres apenas deparan en  sus casas, por la lógica  relación de permanencia en ellas; sin embargo, desconocen su entorno-partiendo de lo que significa conocer algo completamente -, la historia que les rodea, el significado de lo instaurado años y siglos anteriores; es una relación que ha necesitado de maduración y no es nada simple.

Cuando me refería  a la casa era solo una alusión mínima de lo que puede constituir, en cualquier lugar,  el patrimonio en el sentido más primario de resaltar los elementos distintivos dados por el hombre en pos de personalizar su lugar de desarrollo existencial más estrecho; sin saberlo, “estos lugares” han llegado a tener amplia significación cultural y parten de la propia realización humana.

Es la comunidad la que comienza su personalización de la vida y refleja sus condiciones de trabajo, teniendo en cuenta que comunidad  abarca: Grupo humano que habita un territorio determinado, con vínculos interpersonales, historia, formas de expresión y tradiciones y, sobre todo, con intereses relacionados.

Grupo humano con una historia común y una historia de construcción que  comparten territorios comunes, vínculos cotidianos (praxis cotidiana), grupo portador de una cultura específica, de una subjetividad social particular. Espacio de interdependencia y desarrollo de las relaciones interpersonales socializadas, encaminadas a la transformación socioambiental del hombre y su entorno, que puede o no asociarse a un determinado espacio geográfico.   [1]

La comunidad – y bien lo dice el concepto- es la encargada de desarrollar sus elementos de enlace materiales  y espirituales, de ella depende la solidificación de las huellas que minuto a minuto edifican una vida. Son los bienes que el hombre deja a su paso los que hablarán  por él cuando físicamente no exista; el pensamiento, las costumbres, las utilidades sociales, responderán a un sentido de pertenencia ulterior sin dejar ningún elemento fuera de esa clasificación que es la vida humana.

El arte es parte integrante de esa superestructura que construyen los hombres y las mujeres a través de sí mismos – téngase en cuenta que la actividad humana deja sus vestigios también en el campo de lo subjetivo- . Este arte como “forma especial de la conciencia social caracterizada por una aprehensión estética de la realidad”[2] en la cual se incluyen varias manifestaciones que en su “carácter específico se manifiesta  en la capacidad de reflejar y reproducir la realidad bajo la forma de imágenes artísticas perceptibles por medio de los sentidos.”[3]

En la unión que se produce entre los elementos materiales y espirituales se verifican los rastros de determinadas descendencias que se ubican en un momento del desarrollo social, precisamente por los bienes que se conservan. Los mismos son de disímiles naturaleza y aportan por igual al marasmo que se abre ante nuestros ojos.

La determinación se hace buscando en ese marasmo –termino muy particular en mi uso para la significación de la vida a través del tiempo-  los restos dejados por varias generaciones; así una casa, un parque, unas ruinas, un pedazo de tela, una vasija de barro o porcelana, un manuscrito, un cubierto, una obra de artes plásticas, un fonograma, en fin, múltiples y variados objetos de diferentes naturaleza movibles e inmovibles pasan a ser de conservación cuidadosa y evidencia irrefutable del paso de una comunidad por un tiempo específico.

Este proceso muy complejo ha sido preocupación constante del hombre comprometido con la historia y su patrimonio en este caso nos circunscribimos al patrimonio cultural. Entiéndase como patrimonio cultural, según Luis Figueras Pérez, en su “Glosario para el trabajo cultural comunitario” como:

Conjunto de bienes y valores que expresan el testimonio y resultado de la creación humana. Comprende, entre otros, los documentos y bienes relacionados con la historia, la ciencia, la técnica, las especies (…) los bienes de interés artístico. De igual modo los documentos y objetos etnológicos, los manuscritos raros (…) centros históricos urbanos, construcciones o sitios de significación cultural, tradiciones populares (…) forman los aspectos que se identifican como integrantes del patrimonio cultural.[4]

En la definición de patrimonio cultural se recogen todos los elementos que pueden identificar un período determinado de la vida; o sea el arte está dentro de la cultura artística y el patrimonio indica toda la gama que incluye la supervivencia desde el tiempo, del modus vivendi humano.

En la palabra “patrimonio” se recogen las diversas latitudes de un período de la vida que queda conservada y detenida ante nuestros ojos, convivimos con objetos, lugares y plantas  que nuestros antepasados disfrutaron, la vida  -entonces- es una simbiosis mágica de pasado y presente; es ahí donde se despiertan las sensaciones y percepciones del poeta que se integra a ese marasmo de diversas formas.

El poeta forma parte de una determinada comunidad y al igual que el más común de los mortales se imbrica dentro de esa extraña confrontación del antes y el ahora, es por eso que la poesía no está ajena a estos hilillos que tiran de nosotros lo mismo para atrás que para adelante. Es cierto que hay lugares donde el patrimonio tiene elementos más acentuados que en otros, pero igual es un pedazo de tiempo frente a nosotros.

No todos los poetas reflejan de igual manera su entorno ni escarban en los tiempos con el mismo interés. Estas apreciaciones incluyen una ínfima cantidad de poetas que se debaten en el devenir de las historias a través de una visión muy particular de su realidad. En nuestro país –la tierra más hermosa a decir del gran Almirante- estos contrastes se dan visiblemente en algunos lugares de la isla más definidos  en el sentido histórico – constructivo y referativo; no todos han sido tomados como punto de partida ni inspiración, en cambio, los poetas  se lo inventan y los interrelacionan.

En mi búsqueda encontré dos casos muy típicos de reflejo del entorno patrimonial en función del motivo poético, Fina García Marruz y Eliseo Diego hacen gala de ello. El poema “La gota de agua de la Habana Vieja” nos motiva a encontrar, en la ruinas de las casas y balcones una magia solo salida de la invención lírica, la poeta llama la atención: Cuidado a los que caminan por las calles estrechas de la Habana Vieja (…) cuidado, que pueden ser de pronto sorprendidos por la gota de agua que desciende de unos lados (…) cuidado con esa gota de agua que está siempre allí suspendidas como una amenaza (…) No vayan los que no sepan de ese bautismo esencial…[5]

Es la destrucción visible de muchas construcciones vencidas por los años y el paso indetenible por la vida; la poeta nos hace cómplice de su imaginación y nos alienta a ver en esa gota de la presencia divina de la vieja Habana en la vida nueva. Fina nos desafía a sentir la historia: esa gota de agua sola contiene, en su triple esencia, algo que no sabíamos, que sí sabíamos, de esta Habana Vieja (…) –orín de niño, riego de balconcillo pobre, lágrimas- saludo desatendido conque la calle premia…[6]

Eliseo Diego, es más detallista en su elección del entorno patrimonial, en su poemario “En la Calzada de Jesús del Monte” el poeta nos conquista con la retroalimentación de pequeños elementos en correspondencia directa con su yo individual; aquí esos elementos patrimoniales afloran en una exuberante recreación que va increcendo a través de todo el poemario, pero nos prepara para su viaje cuando dice: En la Calzada más bien enorme de Jesús del Monte /donde la demasiada luz forma otras paredes con el polvo /causa mi principal costumbre de recordar un nombre, y ya voy figurándome que soy algún portón insomne /que fijamente mira el ruido suave de las sombras /alrededor de las columnas distraídas y grandes en su calma[7].

 La alucinación del agente egotivo por la confrontación de un pasado y un presente deja huellas en la atmósfera cerrada y húmeda en la que nos envuelve, pareciera que los años y las vivencias escondidas en esos adoquines  penetraran igualmente en nosotros sin un aviso previo, la respiración vieja de La Habana que nos contagia: Por la Calzada de Jesús del Monte, por esta vena de piedras he ascendido, ciego de realidad entrañable, hasta que me arrastró el torbellino endemoniado de ficciones y la ciudad imaginó los incesante fantasmas que me esconden.[8]

Estos poemas al igual que la representación de Fina, nos vuelve hacia los vestigios que para muchos son cotidianos y por eso no los notan, pero se hacen omnipresentes para la sensibilidad artística, aquí la Habana Vieja es el escenario de la catarsis con el tiempo y la destrucción, con las partes conservadas y con la ruinas, con los bienes materiales y con los espirituales.

Eliseo Diego, al igual que Fina García Marruz, enumera los rasgos del patrimonio que para él sirguen vivos en esa Habana que puja por ser moderna: Y la Calzada de Jesús del Monte estaba hecha, aquel día cuando ascendí, por la contemplación de la miseria, a ver la pobreza de mi lugar naciendo; estaba hecha de tres materias diferentes: la piedra de sus columnas, la penumbra del Paso de Agua Dulce y el polvo  que acumulaban sus portales.[9]  

La poesía es una acción, un reflejo que se nutre de una dualidad importante para percibir todo bien material y convertirlo en espiritual, la imagen unida a la representación se unen en un  dueto que también funciona para el sentido perceptual de los elementos patrimoniales. La imagen por ser un cuadro real del mundo objetivo que está en la conciencia del poeta y la representación por ser la realización de la imagen con el material del arte y condiciona la posibilidad de su percepción  sensorial.

Todo esto nos lleva hacia el camino del valor de los bienes culturales comunitarios porque, precisamente ese poeta es, miembro de una comunidad local que a su vez forma parte de una comunidad general. Los bienes culturales comunitarios son: “(Los) objetos, valores espirituales  y espacios naturales que forman parte del patrimonio de la comunidad y que están relacionados con su historia. Los mismos son asumidos e incorporados a la cotidianidad de los comunitarios, atizando su actividad transformadora.”[10]

Una comunidad puede tener elementos distintivos que la caractericen y estos ser reflejados como parte del patrimonio local: Venir de muy lejos, tanto que no recuerda si se marcha o regresa/ a esta ciudad reclamada por los puentes (…)[11] , así nos dice José Manuel Espino en uno de los poemas perteneciente al libro “Rantés vive en la otra puerta” y es curioso ver como en un poemario caracterizado por la recontextualización a manera de intertextos del personaje del filme “Un hombre mirando al sudeste”, es un motivo estable la presencia de “los puentes”.

Este elemento es presencia viva del patrimonio matancero, tanto que la ciudad ha sido bautizada como “la Atenas  de Cuba”. Espino como integrante de esta comunidad local no ha podido escapar del rostro constante de los puentes a cada paso, y aunque retoma para su poemario una línea conceptual más moderna, hermana en una suerte de vasos comunicantes de significación a todos los motivos: La música invadía. /La música era un animal legítimamente hermoso. /(…)para que los tristes escribieran sin susto/ el nombre de Dios sobre los puentes, sobre la mujer…[12]

Este  libro, que sin lugar a dudas es uno de los más completo de la poesía cubana, sigue su acción de integración verso a verso donde la historia particular se funde en  otra ya construida y el elemento patrimonial que son “los puentes” se retoma como esencia de identificación  topográfica para sembrar una historia dentro de otra: …de cualquier modo me llamo rantés/ y mi corazón es un murciélago/ a pesar de las roturas y los oscuros puentes del/ olvido y la desesperanza…[13]

La poesía moderna trae consigo nuevos modos de ponderar una historia donde la misma, casi siempre está hecha de pequeños códigos que incluyen una mayor cantidad de mensajes líricos  y se mezclan a la realidad como si se construyeran pequeñas parcelas independientes. Fina García Marrt y Eliseo Diego retoman con un profundo lirismo cada pedazo de su vieja ciudad, la recrean exaltándola como verdadero patrimonio de los hombres y mujeres que habitan esta isla.

José Manuel Espino utiliza el elemento distintivo de su patrimonio local para enaltecerlo en pequeños intertextos; pero hay una zona de la poesía cubana que hace suyos los rasgos del entorno llevándolos a escenarios muy específicos en sus textos. En este caso escogimos una muestra  del poemario  “Dorso de figuras”, de Ray Faxas y poemas de un texto que tiene varias clasificaciones genéricas, esta vez lo tomaremos como prosa poética- pues así lo creo- es “Papeles de un naufragio”, de Lourdes González.

Los elementos patrimoniales no son una presencia, sino una referencia y apoyan el mensaje principal de los poemas, Ray Faxas revela: Estoy de pie, azulando la aridez, el despertar,/ el eco que se duerme en estas paredes sucias y calladas,/ donde me avergüenzo de ser una pequeña silueta,/ que, hora  a hora/ se va desintegrando en la esquina/ de este país que/ como yo, también se muere solo.[14]

El espacio que es sagrado por el tiempo y las memorias que guarda, en un momento puede ser movible internamente y el patrimonio personal alterarse por circunstancias epocales que van a dejar en el ser humano sus marcas: Resulta muy difícil este año describirte la casa; pero te haré un esquema que no pretende cambiarte los recuerdos. En la sala segura(…)solo queda el pequeño balance junto a la ventana y en ella entran y de ella salen, personas de todo tipo e intereses (…) La cocina es un espacio perdido (…) El sonido familiar de los horarios , no existe. Comprendo que no entiendas este esquema, pero si hubiera elegido enviarte el del alma, entenderías menos.[15]

Lourdes González en su poema “Carta esquema de la casa” nos cuenta de la ruptura o alteración  de su patrimonio familiar corporeizado en su casa, este elemento está íntegramente ligado a la pérdida de los referentes sólidos y que pasan a simbolizar a una persona o a una nación.

El caso de los símbolos aquí está reconstruido, pues la poeta los nombra con otra perspectiva y se inventa nuevamente su patrimonio personal: Algunas personas recogen conchas en la arena, otras secan hojas en los libros y aman, años después, el momento feliz en que las desprendieron; las hay que tienen tierra, montoncitos de tierra de Grecia, Japón, Perú. Yo no guardo nada. Percibo que los símbolos están en otras partes menos alcanzables y prefiero tener los pies sobre la tierra, contemplar las flores y caminar las arenas, mirando fijamente la línea que me separa de todo.[16]

Para algunos poetas la realidad cambia diariamente y no lo desconocen, ni le resulta ajeno el problema. Desde este momento ya nada es estable y se mueve todo constantemente en función de la pérdida de la significación que adquirieron las cosas con el tiempo.

Los elementos religiosos sedimentados por generaciones y producto del devenir histórico que nos hace seres transculturados, y  que forman parte de nuestro patrimonio más valioso, igualmente se han trastocados con la llegada de una época en la que los objetivos a seguir para una historia  no se identifican con el referente  a seguir por el ser humano, Lourdes González nos da su visión de este fenómeno en su poema “Los bailarines de folklore”: Se confunde, hoy en día todo se confunde./ Yemayá envía a Ochún con sus encargos y los bailarines de folklore se calientan el cuerpo, sudan moviéndose lujuriosamente en los ensayos, (…) dispuestos a conquistar el alma de las decepcionadas damas nórdicas qiue viajan a la isla. Yemayá envía a Ochún y changó permanece expectante ante estos bailes de negocio.(…) Yemayá envía a Ochún y los bailarines de folklore exhiben sus nuevas ropas, sus bicicletas montañesas(…) sin tambores todo se confunde. El batá cesa.[17]

Toda expresión artística tiene que legitimarse en su esencia y depende directamente de las condiciones sociales que existan  y el esquema de convivencia y resistencia que tenga el ser social. El patrimonio de una nación es la huella para permanecer en el tiempo, pero los poetas se incluyen en un mundo más específico y sobre lo  instituido por la comunidad resuelven fundar su patrimonio propio. Los elementos patrimoniales casi siempre son parte del rigor estético de un país, pero – como ya apunté antes- son el recurso estabilizador de los seres humanos para encontrarse a sí mismos.


[1] Figueras Pérez, Luis. Glosario para el trabajo cultural comunitario. Manual de autoayuda, Editorial El mar y la montaña, año 2001. p. 18.

[2] Figueras Pérez, Luis. Op. Cit. pp. 12-13

[3] Op. Cit.

[4] Figueras Pérez, Luis. Op.Cit. p. 7

[5] García Marruz, Fina. Obra Poética. Tomo II, Editorial Letras Cubanas, año 2008. p. 40

[6] Op.Cit.

[7] Diego, Eliseo. En la Calzada de Jesús del Monte. Editorial Letras Cubanas, año 1993. p. 11

[8] Op.Cit. p. 13

[9] Op. Cit. p. 27

[10] Figueras Pérez, Luis. Op. Cit. P. 15.

[11] Espino, José Manuel. Rantés vive en la otra puerta. Editorial Letras Cubanas, La Habana, año 1996, p. 13

[12] Espino, José Manuel. Op. Cit. p.24

[13] Op. Cit. p.46

[14] Faxas, Ray. Dorso de figuras, Editorial Letras Cubanas, año 2005, p. 51

[15] González Herrero, Lourdes. Papeles de un naufragio, Ediciones Holguín, año 1999. p.51

[16] González Herrero, Lourdes. Op. Cit., p.67

[17] Op. Cit., p.31

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