La ciudad de la alegría: historia de una pasión

Por Erwin Caro Infante

Apenas egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y con toda la cabeza llena de técnicas narrativas y el asombro ante las novelas monumentales del Boom de los sesenta llegó a mis manos La ciudad de la alegría del escritor francés Dominique Lapierre. Confieso que ante la lectura de las primeras páginas del libro tuve la intensión de dejarlo, quizás porque encontraba en la prosa una distancia considerable a la manera descomunal con que se ha ido construyendo la literatura de este lado del mundo.

Sin embargo, quizás un poco de testarudez y levantar un poco la exigencia ante unas descripciones que no llenaban mis inquietudes estéticas me hicieron avanzar un poco más en la lectura para descubrir unas historias que me mostraban un mundo completamente ajeno culturalmente y que poco a poco comenzó a seducirme.

 La ciudad de Calcuta se abría a mis ojos de manera ficcionada, con toda su complejidad y desde la vida cotidiana de los hombres sin historia. Paul Lambert un sacerdote católico que busca ser aceptado en un barrio marcadamente musulmán y que solo tiene como sostén su fe religiosa y un inmenso amor y devoción para entregar a los desposeídos; Hasari Pal que representa al pobre que lucha por mantener a su familia con vida en los slums, aunque tenga que hacer un trabajo de esclavos como los rickshaw y que paradójicamente él lo tiene como una bendición ante la realidad de buscar comida en la basura para alimentar a sus hijos; el médico Max Loeb que representa el asombro occidental ante los abandonados del mundo y la actitud altruista de ayudar desde su conocimiento sin mayor mérito que el de servir, estos son los personajes principales de esta novela. Ellos enfrentan las grandes vicisitudes de vivir en Anand Nagar, uno de los barrios más pobres de Caculta, el mismo Dominique Lapierre lo describe de esta manera:

Más de setenta mil habitantes se apiñaban allí en un espacio apenas tres veces mayor que un campo de fútbol, es decir, alrededor de diez mil familias repartidas geográficamente según su religión. Había un sesenta y tres por ciento de musulmanes, un treinta y siete por ciento de hindúes y algunos islotes de sijs, de janíes, de cristianos y de budistas[1].      

A estos personajes se suman otros más efímeros en la novela para construirnos un mosaico de vidas marcadas por las penurias y el horror convertido en normalidad. Con un tono testimonial y documental nos va contando también la historia de la ciudad de Calcuta, sus costumbres y tradiciones, la mistura religiosa, cultural y los conflictos que se producen entre los diferentes grupos sociales, la deshumanización y la sobrevivencia sin importar el dolor o la muerte ajena.

Ante estas realidades se enfrentan los personajes de esta novela con una profunda voluntad de ayudar al desvalido. Estas historias contadas por el sacerdote católico Paul Lamber no buscan solo conmovernos, es sutilmente una denuncia ante la insensatez humana.

Las propias reflexiones del personaje, sus miedos y contradicciones, las dificultades de poder establecerse por las diferencias religiosas en un país donde prevalece de manera mayoritaria el hinduismo y el islam, lo hacen un personaje más creíble. Las referencias hechas a la madre Teresa de Calcuta, su vida y su labor realizada en las colonias de leprosos sintetizada en una frase de Paul Lamber, Benditas seas, Calcuta, porque en tu desgracia has hecho nacer santos, es un ejemplo de como La ciudad de la alegría es una novela que a pesar de las historias terribles que cuenta no logran vencernos, pues la actitud de los personajes reales aquí ficcionados le influyen un aire esperanzador.

Treinta años después de su publicación en 1985, al regreso de un viaje  de Nueva Delhi que hizo un amigo le pregunté si las familias pobres seguían viviendo en las aceras de la ciudad igual que en Calcuta y a su respuesta afirmativa le siguió un gesto de extrañeza. Entonces, le hablé de la novela de Dominique Lapierre que me había mostrado a una India  sin necesidad de viajar. Al preguntarme por el nombre del libro le dije La ciudad de la alegría, después agregé, historia de la voluntad y esperanza humana.


[1] Lapierre Dominique: La ciudad de la alegría. Editorial Seix Barral, S.A. 1998, p. 95

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