Qué trae el trap. Mejor, ¿de qué escasea? (parte 1)

Por David Dagota

Lo leí hace un par de añosen una publicación digital, y cito: “los oídos menos afinados pueden confundir fácilmente el trap con el reguetón, pero para los amantes del género insignia de Puerto Rico -los puristas del “dembow” y la tiradera- es un insulto que nadie entienda la diferencia”. Así comenzaba el peculiar artículo cuyo título era más enigmático aún: “Qué es el trap y por qué los reguetoneros lo detestan”, por ello el título del mío.

El trap no es una formación de basalto resultante de las erupciones volcánicas como aparece en cualquier diccionario, es una nueva moda sonora se ha expandido por todo el universo. A la amalgama de sonidos anarquistas se le incorporan letras en inglés, coreano, hindú, castellano, árabe, en otras lenguas y dialectos. Llega en una época convulsa, donde por añadidura se multiplica en nuestros contextos comunitarios, junto a las malas costumbres de sus portadores, la omnipresencia de aparatos portátiles con agarraderas que van viajando con sus hospederos  siempre de volumen excedido, que en Cuba los nombramos comúnmente maletas.

Los “musicólogos de las disqueras” habían acuñado ya al “artista” panameño llamado El General el “mérito” de haber inventado el reguetón. Sin embargo, el padre del trap no ha sido descubierto todavía, aunque sin dudas aparecerá, solo es cuestión de tiempo. Tal vez su creador pueda ser buscado, y de ese modo reclamarle cumplir con sus deberes, entre CoolBreeze, DungeonFamily, Outkast, GoodieMob o Ghetto Mafia, todos raperos de Georgia, Estados Unidos.

Los productores de la música no cesan de escudriñar las raíces de originalidad a sus propios inventos de escritorio, así pasa con el trap, la más disonante moda sonora de estos días que ha calado en toda plaza, reproductores portátiles, audífonos y hasta en instalaciones culturales insignias.Afirman que el trapnació en el sur de Estados Unidos en la década de los noventa, cuando los raperos de Atlanta y Texas empezaron a mezclar los ritmos contestatarios del hip hop con la música electrónica.El nombre, cuentan los cronistas de aparato, proviene de la palabra que usan los estadounidenses para referirse al lugar donde venden drogas ilegales, de ahí mismo viene el estilo del género y de su lírica que habla sin censuras ni tapujos de calle, las drogas, el sexo, la subsistencia marginal y la violencia. Cuentan que el subgénero urbano no es nada nuevo, solo que llega a los oídos de los latinoamericanos en esta época donde el reguetón transita un período de cierto estancamiento.

Otros hasta vieron nacer una parte del trap en el Reino Unido y otra mitad en las márgenes de la fama perdida del hip hop, exactamente en el llamado “dirtysouth”.Hay quienes aspiran atarle su ascendencia con las fibras de su presunto ancestro, el rhythm and blues. Y tal vez muy pronto indagarán por sus umbrales, en las mismísimas esencias culturales de las tribus de Nigeria, el Congo, Etiopía o la región del Calabar;total, ya estamos acostumbrados a esas maniobras perspicaces de los mercados y al false news.

Aunque es notoria la diferencia rítmica entre el reguetón y el trap, el primero más subido en los timbres de sonoridades caribeñas y el segundo con una estética industrial más oscura y lenta. Ambos, aunque los vistan de seda,están carentes de cánones genuinos por sus dudosos nexos con las idiosincrasias y vanos se quedarán. Sus naturalezas estéticas son mayoritariamente intrascendentes y están faltos hasta del conflicto nativo que tiene todo arte. Se les nota sin esfuerzo alguno, con tan solo ver uno de sus videos clip, el tufo de las propuestas que han sido prefabricadas sin escrúpulo con su intención de aparentar originalidad, pero con sobradas señales de no lograrlo por los excesos de los elementos extra musicales que promulgan.

Más claro ni el agua de la pila del bautizo de la Catedral. La mercantilización de los productos pseodoculturales necesita de la recirculación de sus símbolos, siendo sustituidos cíclicamente por otros, a los que el mercadeo les hará un espacio fértil en las mentalidades de los públicos; un algoritmo que se hace realidad en la propia vida cotidiana y que ha sido bien estudiado por los sociólogos como la teoría de la circulación de las élites y por los economistas como la receta keynesiana de la mercadotecnia.

Lo cierto es que las industrias del entretenimiento no solo fabrican los nuevos iconos de sus negocios, también le inventan el linaje. Se afanan por desdibujar la moda musical promocionada antes con desvelo, y hoy envejecida, para validar la mercancía emergente como su relevo natural. Saben de sobra sus promotores, que no solo han de trabajar en el producto que se ofrece, es vital buscarle antes un sitio en las mentalidades de la clientela, creando hábilmente necesidades simuladas como objetos de consumo.

Los escenarios, los concursos internacionales, la promoción de las frivolidades de las vidas privadas y las reuniones de famosos vienen a completar el ciclo de este ardid, como el camino más expedito para creerse la leyenda de algo legítimo y novedoso, y consumirlo como tal.
En los estertores del reguetón ya se comenta del brote brioso de un latintrap, y más pronto que tarde la Academia de los Grammys Latinos oficializará al subgénero como una categoría en competencia. Con esta premisa, sin dudas, los “cultores” del trap llegarán al top ten de las listas de éxito, como es natural, con sobradas asistencias de los dueños de disqueras y medios de difusión.

Las letras vulgares y las imágenes prefabricadas que difunden, reforzarán la vieja idea de pertenecer a una clase exitosa, alegre, con abundantes y lujosas posesiones materiales, propias del americanway of live, lo que justifica en el público el esforzarse por llevar una etiqueta similar a las que exhiben los que cantan y danzan recurrentemente en las pantallas.
Con el trap prolifera nuevamente el featuring entre famosos para otorgarle al empaque sonoro mayor presencia en públicos diversos, una práctica que viene a confirmar la validez de la teoría de la aguja hipodérmica como paradigma teórico de la comunicación

El trap dinamitó nuevamente el dique que resguarda la decencia, vertiendo otra oleada de incitación al consumismo, las conductas misóginas, irreverentes, sexistas, libidinosas, drogo simpáticas y violentas; se oculte o no en la rimbombancia de los espectáculos y el video clip, se simule o no en los rostros perfilados de las nuevas celebridades

Por varios años veremos más de lo mismo, que también tendrá suplentes en su lapso crítico, cuando los productores de la industria del disco y los espectáculos noten obsolescencia en sus yacimientos mercantiles, envejezcan los rostros relucientes hoy, o simplemente estén pasaditas de peso las figuras icónicas de la imagen empresarial.

No hay diferencia alguna en cuanto a la supuesta autenticidad de estas modas sonoras del siglo XXI. En contraste se perciben con propósitos similares. No es música, sino meros facilismos experimentales del mercado, derivaciones truculentas de las industrias culturales hegemónicas, acostumbradas a diseminar sus mercancías de temporada, con los medios masivos y nuestras ingenuidades a su favor.

Estamos ante una ágil carrera de relevo de referentes culturales ficticios, una práctica del ethoscapitalista, dispuesta a asegurarle oxigenación a sus empeños y superávit a sus estados financieros. El fenómeno concreto se refleja en lo cultural, pero tiene su epicentro en la ideología, se refiere a que estamos en el medio de una guerra de símbolos culturales, donde la ignorancia, la complicidad y la negligencia, vienen juntas en un mismo envoltorio, cual virus que fermenta en un Caballo de Troya. En esta contienda, donde las generaciones emergentes aportan el mayor número de bajas y será siempre el conocimiento y la auténtica cultura, el arsenal más importante ante cualquier embiste pseudoartístico y pseudocultural, de los tantos con que se nos dispara.

No es este, sin embargo, un hecho aislado, sucede de igual modo en disímiles dimensiones de la vida. Su esencia está en que asistimos a un cambio global, nombrado postmodernidad. Su atributo principal es que se ha impuesto desmontando todo ideal de progreso social, propagando el hedonismo, la filosofía de vivir al extremo, la idea de disfrutar a tope sin pensar demasiado y multiplicar en los públicos el entretenimiento castrado de humanismo, sin importar qué pase con el pensamiento. El caos responde a la crisis del propio modelo civilizatorio, al fracaso de las sociedades de consumo.

Hoy las multinacionales han usurpado el poder de las naciones, despojando el papel tradicional del Estado, y asumiendo casi por la fuerza el control de los bienes mundiales y de sus mercados. Las corporaciones de la informática que marcan la pauta postfordista, son las muestras más devotas de la fórmula capitalista. Como dato adicional tenemos que, de los 10 mayores consorcios del planeta, 7 están relacionados con las comunicaciones, las nuevas tecnologías, la computación, la telefonía celular y asociadas a las prácticas de los seres humanos en la Internet.

Hasta el manejo del capital financiero, ícono supremo del desarrollo del imperialismo, o la industria petroquímica, primer monopolio de la historia, han sido desplazadas por los emporios de las comunicaciones y el software. Algo que también nos habla de las complejidades que tiene la promoción y el consumo cultural en tiempos de la democratización de las nuevas tecnologías digitales y con la llamada sociedad de la informaciónAsí también sucede con la industria cultural y del entretenimiento, donde productores, musicólogos, empresarios y publicistas pertenecen a una misma corriente ideológica que dicta las normas que luego se les impone a los satélites culturales.

Tuve la dicha de haber estado en Los Andes, exactamente en una comunidad de indígenas, agricultores artesanales de TiguaChimbacucho, un asentamiento ubicado al occidente de la Provincia Cotopaxi, en el Cantón Pujilí del Ecuador de Rafael Correa. Allí pude estar en sus casas y ver sus modos de reunirse en colectividad, estuve en la ceremonia de un templo natural sagrado, vi oro en el fondo de un río y escuché de boca de los ancianos, que no hablan español, el tempo sonoro del quechua, el idioma de los incas y la lengua nativa de mayor uso en Sudamérica, que se extendió desde el norte de Argentina hasta el Sur de Colombia.

Allí, a una altitud: 3.635 metros sobre el nivel del mar, con un clima que oscila de 8°C. a 10°C. y donde se cultivan la papa y el melloco como sellos de autenticidad. Allí, los tonos de los celulares y las emisoras de radio citadinas han popularizado al reguetón, imponiendo las mismas canciones y los rostros que se difunden en El Caribe de los 43°C. de temperatura.

El reguetón no es el género insignia de Puerto Rico como afirma el texto aludido al inicio, aunque no pocos mercaderes se empeñan en imponerlo con esa distinción. Por mucho que se transforme, lo fusionen, lo simulen y lo oxigenen, como el trap, no sobrevivirá a la plena, ni al calipso, ni a la cumbia, ni al reggae, ni al kompa, ni al merengue, ni al joropo, ni a la bachata, ni al bolero, ni al son, ni a la bomba, ni a la trova yucateca, ni al vallenato, ni a la rumba.

Hay muchas razones, pero basta sola una: la elementalidad de su célula rítmica no experimenta nexos reales con estos portentosos ritmos caribeños que han sido fecundados en la tradición más pura de las culturas populares, la poliritmia, la hibridación étnica, el carácter plural de la diversidad antropológica y en las autoctonías

(continuará)

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