Astopolítica, mainstream de las potencias mundiales. (II y final)

Por David Dagota Tamayo.

Pareciera que con la utilidad infinita de los satélites en órbita que desde la mitad del siglo pasado fueron acumulándose en el espacio sideral, la carrera espacial se hubiera estancado y los gobiernos interesados en ir más allá del cosmos visible se conformaran con lo hecho para ponerle utilidad a los cientos de antenas y paneles lanzados y resarcir la inversión, pero nada más lejos de la realidad. Hay que recordar que la crisis que se avecinaba en los años venideros y que hizo su aparición más crítica en la mitad de la década de los 80 le puso una pausa mayor a la carrera espacial.

Pero los programas espaciales nunca se han dejado de atender, sólo bajaron su ritmo. Sus promotores comprendieron que se necesitaban compartir conocimientos, habilidades y hasta las máquinas, hecho que condujo a la puesta en órbita de la Estación Espacial Internacional que desde el año 2000 ha tenido presencia continuada de humanos en el espacio donde han estado ya más de 200 personas de docena y media de países entre astronautas y turistas espaciales, una categoría de viajero que se graficó magistralmente en aquella película de 14 minutos ideada y realizada por Georges y Gastón Méliès, inspirada en Las novelas “De la Tierra a la Luna”, de Julio Verne, y “Los primeros hombres en la Luna”, de Herbert George Wells, un cortometraje que tiene ya 118 años.

Viaje a la Luna es una obra de arte tan mayor en edad como los estudios de aquel joven físico desconocido, empleado en la Oficina de Patentes de Berna, que en 1905 publicó su imbatible “Teoría de la relatividad especial” para la cual dedujo su más famosa expresión: E=mc², Albert Einstein, cuyos aportes posteriores y su comprensión ayudaron de forma decisiva a que el hombre acudiera a otras teorías, como la Tercera ley de Isaac Newton o principio de acción y reacción, y pudiera salir disparado en cohetes al espacio superando la línea de Kármán a velocidades superiores a 1G para para poder abandonar la fuerza de atracción del pozo gravitatorio de la Tierra, equilibrar o superar la velocidad orbital si se va más lejos o lograr la sustentación deseada y sobre todo retornar seguros ante todos para escribir lo que se ha visto allá afuera.

Es cierto que el mundo cambió rápidamente con la puesta en función de los satélites encargados de las comunicaciones, la exploración científica, la alerta temprana sobre las variables meteorológicas y el geo posicionamiento espacial, útiles en casi todos los procesos. Sin embargo, lo de ahora es descaradamente expuesto, se trata del anuncio de querer conquistar para explotar en forma de lucro, en lugar de explorar con fines varios o comunes.

Uno de estos imperios en pugna por la Luna aterrizó recientemente una nave en su cara oculta y los demás se sintieron heridos por no saber con cuáles fines lo ha hecho. Se augura que la próxima disputa será por conquistar el suelo de Marte y así lograr el superávit soñado con los minerales que allá ha de haber que con un buen golpe de suerte repondrán de sobra los tantos gastos derogados en la carrera espacial desde que comenzó en una fecha indeterminada.

La historia y la literatura también nos han recreado suficientemente este universo singular, aun sin que los grandes autores hubiesen conocido de las verdaderas potencialidades de las ciencias en hacer posible esto que es común hoy para nosotros y que sólo con su increíble imaginación pudieron adelantársele a una parte de todo lo hecho después.

Entre ellos está Edward Everett Hale y su cuento “La luna de ladrillos”, donde probablemente por primera vez en la historia de literatura apareció de forma explícita y clara la idea de un satélite artificial orbitando en el cielo. Están también los sugerentes bocetos diseñados por Leonardo Da Vinci y sin dudas, entre los más conocidos, la incalculable imaginación del genio de Julio Verne.

De este último es el libro “De la tierra a la Luna”, donde puede leerse que Impey Barbicane, presidente del Gun-Club de Baltimore, una sociedad de charlatanes megalómanos que le imponían a todo el que quisiera entrar en ella una condición sine qua non, de inventar cualquier cuento que hiciera creer que habían inventado o perfeccionado un arma de fuego.

Impey dijo en una ocasión ante el club reunido: “No hay ninguno entre vosotros, beneméritos colegas, que no haya visto la Luna, o que, por lo menos, no haya oído hablar de ella. No os asombréis si vengo aquí a hablaros del astro de la noche. Acaso nos esté reservada la gloria de ser los colonos de este mundo desconocido. Comprendedme, apoyadme con todo vuestro poder, y os conduciré a su conquista, y su nombre se unirá a los de los treinta y seis Estados que forman este gran país de la Unión”.

Hoy con 50 estados el presidente de aquel país acaba de firmar una ley en la que expresa que su imperio es prácticamente el dueño del suelo lunar y que podrá conquistarlo para los fines que les plazcan a las empresas de su economía despiadada. Para hacerlo defendió en su discurso la vieja, pragmática e imperial Doctrina del destino manifiesto, practicada por los colonos y granjeros en la conquista de las colonias del norte, difundida luego por la prensa de la naciente república unificada y propuesta en forma de idea política por la diplomacia del mismísimo presidente Abraham Lincoln, quien propuso que se viera a los Estados Unidos de América como “la última y mejor esperanza sobre la faz de la Tierra”.

La idea del destino manifiesto facilitó que se anexan a las colonias ya agrupadas, Texas en 1845, California en 1848 y que se invadiera México en 1846 donde el naciente Estado mostró su garra expansionista al arrebatarle a México el territorio de Colorado, Arizona, Nuevo México, Nevada, Utah y territorios de interés de Wyoming, Kansas y Oklahoma, privando al país vecino del 55% de su entonces territorio.

Luego esta doctrina llegó a instalarse en la política exterior, los cubanos lo experimentamos en 1898 y América Latina en carne propia desde entonces, cuando se hace cumplir la Doctrina Monroe que fue elaborada por John Quincy Adams y atribuida al presidente James Monroe en el año 1823. Si se fijan, no es casualidad alguna que haya tantos presidentes de la Unión en esta historia predatoria del Gigante de las 7 leguas, como lo llamó José Martí en “Nuestra América”, sino muestra de la esencia del sistema político de aquel país.

Al firmar la mencionada ley de apropiación de la Luna por parte del presidente de turno del imperio del norte, en plena campaña electoral, su maquinaria ideológica propone ofrecerle a su gobierno y a los electores una nueva victoria de la administración y no hizo nada nuevo, sino dar continuidad a la historia codiciosa y extorsionista de su país.

Quién sabe si fue al museo de la NASA y le inspiró su descubrimiento sobre la etiqueta del traje espacial de Aldrin, la marca de agua de los guantes de Collins o el logotipo “Made in USA” de la bota espacial con la cual Armstrong dio “Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la Humanidad”. Tal vez este emperador leyó en el instituto el texto de Julio Verne. Ojalá que su sueño avaricioso no termine como el del Gun-Club cuando el gran cañón disparó al proyectil plateado con los que irían a la misión.

En la Biblia de Jerusalén, Deuteronomio 4, versículo 19 se dice que: “Cuando levantes tus ojos al cielo, cuando veas el sol, la luna, las estrellas y todo el ejército de los cielos, no vayas a dejarte seducir y te postres ante ellos para darles culto. Eso se lo ha repartido Yahveh tu Dios a todos los pueblos que hay debajo del cielo”.

Y es que la magia de la Luna y los demás astros han inspirado a culturas, leyendas, tradiciones y a generaciones enteras por los enigmas de su eterna libertad. La Luna en particular es admirada en todas las civilizaciones por oficio piadoso de darnos luz cuando el Sol se ausenta, por atreverse a salir sola a oscuras cuando hay frío y estando las estrellas tan lejos que no pueden auxiliarla y por su misericordia de su compañía cada vez que comanda el silencio y estamos solos sin nadie a quien abrazar.

Me atrevo a pensar que hay millones de personas tan ofendidas como yo por esta nueva afrenta del capitalismo brutal para con el único satélite natural de la Tierra. Solo en la trama de un filme de George Lucas o Ridley Scott pudiera caber esta historia que se avecina cuando la Luna en lugar de seguir siendo libre puede convertirse muy pronto en una dependencia norteamericana, que seguirá girando alrededor de la Tierra, pero que tiene dueño ya, al estar inventariada por el Departamento del Tesoro al que, como es natural por las leyes capitalistas, habrá que pagarle derecho de autor cada vez que se fotografíe, se le haga un video o se incluya en la letra de una canción.

Esto sugiere otras escenas de ciencia ficción: Marte, con Deimos y Fobos terminó siendo una nueva posesión del estado ruso con grandes ganancias por las tierras raras que traen filtradas a Ekaterimburgo y a Moscú; el gigante Júpiter y los 67 satélites que le orbitan son ahora propiedades del estado chino que maneja en secreto lo que ha encontrado allá; Saturno está repleto de robots de tecnología japonesa que están siendo ensamblados in situ por millones bajo el régimen productivo del toyotismo, los autómatas están encargados de estudiar los minerales que hay en la superficie del planeta, el albedo de los anillos que viajan 15 veces más rápido que una bala y de la seguridad del planeta y los 62 cuerpos que le orbitan.

Urano está en posesión de los franceses, han logrado taladrar allí grandes cráteres donde hallaron importantes vetas de oro puro y descomunales diamantes, prevén construir la mayor cava extraterrestre operada por un par de robots donde experimentar el añejo de los mejores vinos del sistema solar, mientras localizan zonas tranquilas para abrir las Alianzas francesas.

Por su parte el Reino Unido se ha conformado con vencer las temperaturas extremas de la atmósfera de Venus, lo próximo de Londres es llegar a Mercurio dado como regalía en la distribución, donde la energía es gratuita e infinitamente inagotable. Alemania es dueña de Neptuno y todo cuanto existe en sus 14 satélites, allá están construyendo canchas de fútbol para probar un balón que desafía a las fuerzas de la gravedad. Por su parte Italia no ha hecho estancia en ningún planeta, se han ocupado de operar junto a los griegos una sociedad de transporte interplanetario que se encarga de llevar alimentos entre los que se encuentran quesos, pastas, tomates, panes, frutos secos, conservas y vinos.

Pero el supuesto equilibrio de esta historia durará muy poco, Plutón, Makemake, Eris, Haumea, Orcus y Quaoar están libres y ningún otro gobierno o empresa multinacional se han interesado ir a ocuparlos. Todos los imperios mostrarán interés por adueñarse y pronto habrá guerra espacial donde abundarán los cañonazos nucleares y las armas autónomas. La omnipotencia de Dios sigue estando cuestionada.

Hay un texto literario que en Cuba ha sido definitorio en nuestra formación del hábito de la lectura y que posee más de una enseñanza, útil también para cerrar estos párrafos sobre la astropolítica. Se trata de El camarón encantado, un cuento del francés Laboulaye que magistralmente José Martí incluyó en “La Edad de Oro” su mayor regalo hacia los niños. En él Loppi nunca pudo saciar las descontroladas ambiciones de Masicas que muy pronto se hastió de tener en su mesa lucios, carpas, truchas y meros para desear reinar en el cielo y ser dueña del mundo.

Por su avaricia la maga que coexistía en forma de camarón le quitó todo lo que antes le había dado y al regreso de su cobarde marido con el morral vacío y los harapos de siempre, ella terminó muerta por su propia furia y Loppi al lado de ella también sin vida, siendo el zascandil más conocido en todos los pueblos del mar Báltico.

Desearía que lo que se avecina fuera solo eso, una página más del cine de ciencia ficción, literatura folclórica y trascendente, buenas versiones de lo escrito por Julio Verne y José Martí. Prefiero a lo que hoy leo en las noticias saber de una fechoría más del empático Gru, las que tanto hemos disfrutado Vinci mi hijo menor y yo desternillados de risa y abrazados.

Pero la realidad es otra, execrable y cruel, están siguiendo a punta de lápiz la tradición de Alejandro Magno, Gengis Kahn, Julio César, Napoleón Bonaparte, Adolf Hitler, Hernán Cortés, Atila, Francisco Pizarro, Ciro II el Grande y Ramsés II. En cuanto les favorezca la balanza de la rentabilidad llevarán allí, donde hay ausencia de oxígeno y sobra lo ignoto, más que instrumentos de agrimensura y geología.

En serio van por la Luna y se la van a robar, ya sabemos no será Gru nuevamente desefiando la ingravidez, porque después de su fechoría arrepentido la devolvió.

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