Margaret Atwood y la visión de la mujer desde el feminismo contemporáneo. Breve acercamiento a la literatura universal.

Por: MSc. Juventina Soler Palomino.

El mundo contemporáneo, y cuando digo “mundo contemporáneo” me refiero a lo perceptible en la materialidad y a lo subjetivo, se caracteriza por hablar de “márgenes” desde todos los puntos de vistas, están los márgenes políticos, religiosos, sexuales, raciales para definir o (re)definir las limitaciones que se establecen entre las instituciones sociales y sus saberes. Entre los márgenes subjetivos que a la vez son  limitaciones a manera simbólicas están los márgenes literarios, consignados como subsistemas de saberes que alcanzan delimitaciones evidentes si lo tratamos de situar en la actualización inmediata del término “global”. Este mecanismo es evidente cuando estudiamos, parcialmente, la obra de un escritor o escritora de otro margen geográfico; delimito aquí, parcialmente, porque haré un acercamiento  a Margaret Atwood y su colección de relatos cortos “Chicas bailarinas” (Editorial Lumen, 1982) desde la perspectiva de los estudios feministas contemporáneos.

Margaret Eleanor Atwood nació en Ottawa, Ontario, Canadá, en 1939. Es una escritora comprometida con la sociedad y su tiempo, actitud y preocupación que quedan latentes en su obra. Su pensamiento agudo y a veces áspero se filtra a través de un estilo flexible y rico, articulado con la sátira, la parodia y la fábula. Sus poemarios representan   la problemática de la identidad cultural que vive su país, dividido entre una cultura de habla anglosajona y otra francófona y de pretensiones independentistas. Entre sus libros de poesía sobresalen El juego del círculo (1964), Procedimiento para el subterráneo (1970), Los diarios de Susanna Moodie (1970) e Historias verdaderas (1981); pero el reconocimiento de la crítica y el público le llega con su novela El cuento de la criada (1985).  Precisamente en los EE.UU, Inglaterra y Canadá comenzó la nueva ola de los estudios feministas que focalizaron desde una óptica más contemporánea, y atemperada con las circunstancias, los reclamos de las mujeres. La investigadora Anna Kruzynski describe a las jóvenes feministas como:

Son mujeres  que se vuelven feministas en un aula con más frecuencia que en grupos de concientización […] mujeres que se asumen construyendo relatos de carácter más a menudo “individual” que colectivo; mujeres que tratan de vivir su “verdad”, de nombrar, deconstruir y reconstruir la complejidad y las contradicciones de lo vivido por ellas […] mujeres que ponen en tela de juicio el modelo de la “feminista ideal” y que reivindican una femineidad y un militantismo que es propio de ellas; mujeres que se aceptan tal y como son (por ejemplo, amar a un hombre, llevar una minifalda o rasurarse no son vividos ya como una traición a la causa feminista (…) mujeres que optan por militar en torno a las cosas que están en juego en la sexualidad y la estética corporal (…) que intercambian entre sí: discuten y se organizan (…)[

Lo expuesto demuestra la correspondencia de estos estatutos del nuevo feminismo con los saberes diseñados por Margaret Atwood en su galería de mujeres en diferentes situaciones. En el conjunto de relatos cortos “chicas bailarinas”, Atwood sistematiza el modo de contextualizar a sus heroínas típicas,   mujeres urbanas y modernas, a menudo una escritora o artista, siempre con algún compromiso social y profesional. La heroína lucha por sí misma y la supervivencia en una sociedad donde los hombres son el enemigo demasiado favorable, pero donde las mujeres son a menudo los participantes en su propia trampa; en este diseño bien delineado es en el  que se mueven las mujeres protagonistas de los 14 relatos del libro citado. Este es un  modo de representar  la literatura, aunque solo se incorporan los elementos propios de una  nueva realidad a este definido método de composición literaria, del que la Atwood es una experta en su ubicación, tanto para construir la sicología de los personajes como para (re)contextualizar los parámetros a seguir por sus protagonistas, enfocadas por un sistema machista que se esconde bajo el slogan de “sociedad moderna”. Los personajes masculinos aparecen como sombras en algunas narraciones, aunque siempre terminan alejados de la realidad femenina o como un integrante más de la rutina de alguna mujer.

La obra literaria de Margaret Atwood es un ejemplo de la defensa de los derechos de las mujeres a través de la construcción de una realidad simbólica en la que aparecen no como entes indisciplinados socialmente, sino como sujetos sociales con una voz multifactorial. La obra de Atwood sigue en la vertiente de la tercera ola del feminismo mundial porque no habla de ubicación colectiva, sino que hace de cada uno de sus personajes una voz “mestiza”, en el sentido de la multiplicidad  de movimiento por los reclamos y sus formas de hacerlo. Estas diferencias que poseen los movimientos feministas desde su surgimiento con los más actuales, Denisa-Adriana Oprea los define: “La categoría “mujer”, en calidad de “referente único y monolítico de una supuesta posición feminista dominante” comienza a ser deconstruida. Se toma dependiente de la raza, la clase, la etnia, la orientación sexual, el contenido sociocultural (…) Ahí estamos ante el fundamento ideológico de la tercera ola, que se apoya en la diferencia, la pluralidad y la individualización, en la fragmentación y heterogeneidad”.[

Esta autora canadiense en sus largos años de carrera ha sabido interactuar con las tendencias más actuales porque fija su punto de mira para narrar las historias en  seres debidamente “contextualizados”. Las heroínas de Margaret Atwood conviven todo el tiempo con varios desafíos y esa galería de personajes tipos femeninos es un logro mayor en las letras canadienses y universales. No encontramos  personajes e historias impuestas, porque los ambientes superan lo ficcional para acercarse a la defensa de la mujer en cada momento, amparadas por una diégesis de la  verdad. Atwood y su literatura pueden convivir perfectamente con los rasgos femeninos y con las luchas feministas sin que haya disparidad porque sus narraciones nacen de la esencia raigal de la mujer de varias épocas y múltiples miradas a la realidad.


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