Justicia social y solidaridad. A propósito del 17 de mayo.

Por: David Dagota. 

Para algunos la diatriba causada por las prácticas homofóbicas pudiera parecer susceptible de increpar solo para el mes de mayo a la sombra de aquellas polémicas y muy necesarias jornadas de amplificación mundial cuando el planeta todo desarrolla ingentes esfuerzos por visibilizar las acciones y hacer escuchar las voces de los movimientos sociales, organizaciones e individuos en el “Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia”. Ese día fue declarado así por las Naciones Unidas en tributo a que, tardíamente en 1990, la Organización Mundial de la Salud eliminó a la homosexualidad de la extensa lista de enfermedades, sin embargo, la problemática nunca ha sido ni epidemiológica, ni sanitaria, ni psicológica sino enteramente social. Nada más necesario entonces que cruzar palabras muy menudo sobre el tema y dejar fluir con mucha más sinceridad los manantiales de la justicia social y la solidaridad, para que los oprimidos por su naturaleza sexual calmen definitivamente la sed de equidad, sus victimarios reconozcan sus incoherentes actitudes y entre todos se puedan restaurar los días venideros.

En nuestras culturas occidentales y latinas la homosexualidad ha estado por mucho tiempo etiquetada, iconografíada, estigmatizada, caricaturizada y asociada con una perversidad abominable, sello definitorio impuesto en algunos países desde las leyes, las concepciones morales y los comportamientos éticos, que en el fondo no han ganado más que sociedades divididas, grupos excluidos y encogimiento social. Esta especie de grilletes, que arrastran aun en el 2020 varios grupos e individuos, está presente como antes en ciertos rincones de la civilización global al margen de las leyes, los movimientos sociales y diversas organizaciones que han hecho y hacen mucho por desaparecer esta mácula social.

Para comprender las raíces y esencias del asunto hay que remitirse a sus matrices socioculturales, clave para tener una visión amplia de la inequidad y sus alternativas de solución, en última instancia instituciones, grupos y mentalidades convergen en un tipo histórico determinado, subjetivo y objetivo, de sociedad que define a los grupos y al ser social que la habitan. Todo se junta, a veces sin pretenderlo, a la sombra del árbol de la cultura que cada individuo y su comunidad crea y comparte al ritmo de los procesos identitarios, precisando muchos años para su sedimento y significación a causa de la educación generacional. De ese modo, en la observancia de las componentes histórico-concretas y de  sus dimensiones culturales, percibimos los asideros filosóficos y morales que han sostenido las prácticas homofóbicas, entonces no reduciríamos el fenómeno a una simple “anomia” a la que estamos en el deber de juzgar, ignorar o comprender, sino que agrandaremos el ejército de los buenos, que independientemente de la orientación sexual de su tropa, está en contra de toda injusticia, sea cual fuere el pretexto que se asuma como tamiz de segregación.

En todo el mundo moderno, discriminar la sexualidad es casi una norma social que incorporamos en la cotidianidad de las nuevas generaciones con nuestra educación familiar e institucionalizada incidiendo de ese modo en nuestra cultura. Del espíritu patriarcal de nuestras familias aprendimos que: 1- El varón se viste de azul; 2- La hembra se rodea de rosado; 3- Los hombres no lloran; 4- Las mujeres están al servicio de los hombres; 5- Los niños crecen fuertes cuando callan; 6- Se les conseja a padres jóvenes que el niño no debe estar viendo a su mamá pintarse los labios ni calzarse los tacones; 7- El lugar de los varones es estar junto al padre cuando arregla bicicletas y tuerce los cables chamuscados de la hornilla china; 8- Que es preocupante cuando un niño es sensible y permite brotar sus lágrimas cada vez que se emocione, sienta un dolor o cuando tema; 9- La niña juega dando de comer a su muñeca y bajándole la fiebre, mientras se mira al espejo y pende de su cuello todos los collares del tocador; 10- Las hembras deben alejarse de pelotas, carritos y pistolas o corren el riesgo de perder la ternura y el candor; 11- Los varones adolescentes han de inclinarse por oficios que lo hagan un hombre decente y de prestigio… otra cosa menos la enfermería o la danza; 12- Las muchachas buenas pueden ser lo que deseen… cuidando no extraviar su delicadeza en ciertas actividades como el deporte; 13- Para el mozalbete se reserva un block de notas ajedrezado, especie de calendario del Sultán, donde se asientan las fechas y nombres de todas las novias. 14- Para la doncella se añeja un licor, epítome de secretos tradicionales, con el cual brindar en el anuncio de la boda que se costeará con los ahorros. 15- Así ha de ser todo según la tradición de la decencia de nuestra sociedad.

En este juego de roles que han sido históricamente asignados en todos los procesos civilizatorios no solamente se advierten los planes donde la tradición educativa pauta sus “límites sanos” y sus excesos, con los cuales trascienden códigos, paradigmas, identidades, símbolos y significaciones al nuevo contexto generacional, también se revelan figuraciones, estigmas, privaciones y prejuicios que alimentan las conductas de cada individuo, los maniqueísmos, las formas de exclusión y agrupamiento social. Es cierto que a todos nos pertenece un arquetipo moral, dogmas, estándares, doctrinas, derechos y deberes, acompasados por las culturas y sus épocas, pero predisponernos a catalogar a ciertas personas sin derechos a la vida dada su naturaleza sexual, irrespetarlos por ello, negarle su lugar entre nosotros y castigarlos porque no aplican a las “normas” es otra parte del asunto.

Según Goethe, “la homosexualidad es tan antigua como la propia humanidad y, por eso mismo, natural”. Así se destaca en el libro “Historia Sexual del Cristianismo” de Karlheinz Deschner (1974) donde se ilustran con rigor las representaciones que relacionan la actividad sexual con la inmoralidad y la indecencia. Revisitar lo sucedido en distintas partes del mundo como ejercicio terapéutico y saneador es asignatura pendiente de nuestros tiempos homofóbicos. En la Alemania del Führer se hizo endurecer el tristemente famoso artículo 175 del Código Penal con el 175a, mediante el cual juzgaron por homosexualidad, entre 1937 y 1939, alrededor de 24000 mil personas de disímiles oficios, edades y procedencias. Por la misma razón en las sublevaciones de la Guerra Civil Española y luego en el Franquismo se hicieron fusilar cientos de personas; entre ellos, inculpado de republicano y homosexual estaba Federico García Lorca, autor de Romancero gitano (1928), Bodas de sangre (1933) y La casa de Bernarda Alba (1936), en la infame madrugada del 18 de agosto de 1936.

El Dr. Martin Luther King, Jr. modelo de revolucionario y defensor de los excluidos dijo en su discurso “Stride toward freedom; the Montgomery story” (1958), que: “Con frecuencia, los hombres se odian unos a otros porque se tienen miedo; tienen miedo porque no se conocen; no se conocen porque no se pueden comunicar; no se pueden comunicar porque están separados”. La homofobia es así de patológica, se basa en la ignorancia, el miedo, la incomunicación y la exclusión social, hechos que han pasado de ser legitimados y naturalizados a ser mantenidos de modo sutil para poder resucitarlos ante tanto empuje cívico de la civilización universal.

¿A caso no fueron dolorosamente suficientes las muertes en la hoguera? ¿No fueron ya encarceladas y fusiladas tantas personas a lo largo de la historia? ¿Acaso en los países del supuesto “mundo civilizado” aun en el 2020 no se discriminan miles de seres humanos por su naturaleza y práctica sexual? La exclusión independientemente de su naturaleza ideológica es muestra del desprecio que las relaciones hegemónicas de las culturas en el poder profesan hacia grupos e individuos minoritarios a los que se excluye y margina solo por su condición distinta, declarada, latente o manifiesta. Discriminar por naturaleza o práctica sexual, es comparable con aquella barbarie esclavista de la trata negrera que arrancó de sus tierras a cientos de miles de familias africanas, para luego venderlas en los mercados de la época cual aves de corral. Es similar a la política antisemita del “Nationalsozialismus”, que en la llamada Noche de los cristales rotos iniciara el holocausto responsable de la muerte de más de 15 millones de personas, entre ellos 5.6 millones de judíos, 200 mil gitanos, 200 mil discapacitados y más de 10 mil homosexuales, según datos discretos.

Esclavistas, xenófobos, fascistas y homófobos se confunden en un ser unidad, que aún en los tiempos de la Internet inalámbrica y la nube no dejan de soñar con los sonidos estruendosos de las fustas destrozando la piel de las espaldas desnudas castigadas por algo o con el ruido ensordecedor de cristales rotos expropiándole el silencio a cada noche. El racismo, la judeofobia, la xenofobia y la homofobia han tenido siempre consecuencias similares, sembrar odio donde debe existir el amor mutuo y el respeto a la convivencia.

Pienso ahora en los artistas que fueron proscritos a las bóvedas de las cinematecas y editoriales oscuras, en los que vieron clausurado su taller o su teatro, en los que fueron privados de su profesión, en los que fueron relegados al claustro de su hogar, los obligados a trabajar en oficios ajenos y en los que nunca pudieron cumplir sus sueños de participar en una sociedad que los reprobó solo por haber nacido como su naturaleza les tipificó. Ver nuevamente este domingo 17 de mayo o después a “Fresa y Chocolate”, un largometraje parteaguas de la cinematografía nacional que tiene su fuente en el texto “El bosque, el lobo y el hombre nuevo”, un libro de Senel Paz, es más que prudente para rendir tributo a estas luchas por la justicia social, pero no basta, por eso a lo largo de nuestro país estarán activas ese día disímiles de instituciones, sus programas, proyectos comunitarios y movimientos de artivismo social aun en estas condiciones de aislamiento social por la covid-19. Allí, sin dudas, entre todos ellos estará en primera línea Musas inquietantes, una intención comunitaria que lidera en Bayamo la escritora manzanillera Juventina Soler Palomino y donde convergen artistas de diversas manifestaciones e instituciones de la cultura que se ocupan de construir formas sanas para el buen vivir, como el Centro provincial del libro y la literatura, el Consejo provincial de las Artes escénicas, el Centro provincial de superación para la cultura y la Dirección provincial de cultura.

Este 17 de mayo es una fecha convencional para empujar las voces y las acciones a niveles superiores, aún hay mucho por hacer en todo el mundo, quedan códigos penales que vinculan a la homosexualidad como figura delictiva.

Que el distanciamiento social de nuestros días sea solo eso una zona temporal de la prudencia, la amnesia histórica no nos hará mejores seres sociales, al contrario, disminuirá todas nuestras capacidades de ser solidarios, de poseer firme la resistencia cultural y castrará la lucha cívica contra esta y otras injusticias sociales. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies