Astopolítica, mainstream de las potencias mundiales. (I)

Por: David Dagota Tamayo.

En la trama del largometraje animado “Despicable Me”, realizado por Universal Studios e Illumination Entertainment en 2010, Gru, el villano favorito, realmente quería robar la Luna para sí y hacer realidad uno de sus más astutos planes en la exitosa carrera de megabellaco mundial. Para ello tenía una estrategia bien clara, aunque con ciertas fisuras. Primero debía robarse el rayo reductor, una novedosa tecnología ultrasecreta inventada en Asia oriental, para cuando la tuviese construir con la ayuda del Doctor Nefario y la complicidad de los minions un potente cohete financiado con el préstamo del Banco del mal y así, además de completar su más grande fechoría, adquirir méritos únicos en el gremio de villanos universales. Lograr reducir la Luna a dimensiones transportables para bajarla de su órbita también le ayudaría a pagar con ella al financista todas las deudas de grandes sumas capitales que habían invertido en su vasta hoja de servicio.

Este filme, muy conocido en nuestros días por los más jóvenes, tuvo gran éxito de mercadotecnia desde que fue presentado en el Festival de Cine de Moscú, un argumento sólido para que la industria cultural de animados que lo produjo planeara pronto varias secuelas, como era de esperar, que multiplicaron los ingresos junto a las villanías de Gru, un adulto despreciable con una infancia traumada que al transformarse en el tutor de tres huerfanitas amorosas brotaron en él sentimientos paternales desconocidos que le hicieron cambiar su destino pernicioso para terminar haciendo el bien.

Hay una historia hasta cierto punto parecida en el mundo real, más de un villano mundial está mirando a la Luna con ojos golosos. Se sabe de sobra que en la superficie lunar hay millones y millones de metros cúbicos de un sedimento llamado regolito que contiene, entre otros minerales, platino, litio y helio-3. Son opciones más que claras para desarrollar sistemas de ciberseguridad atesorar la primacía en llevar colonos que puedan anclar allí sistemas de inteligencia militar y alerta temprana, de manejar desde allí algoritmos de armas estratégicas dada la relativa cercanía de la Tierra a una distancia media de 384 400 kilómetros dependiendo de la órbita, un desafío que puede vencerse con muy poco esfuerzo en los próximos años. La gula viene de las naciones con economías más poderosas, no les ha bastado con el reparto neocolonial de nuestro mundo desvencijado por la sobreexplotación y la destrucción total de grandes bienes naturales, tampoco les han sido suficientes los desesperos por tener los derechos exclusivos para controlar todo lo que hay debajo del hielo de la Antártida. Ahora las potencias imperiales se plantean la astropolítica como mainstream de sus estrategias de desarrollo económico cuando abiertamente se disputan a la Luna y prácticamente van por los demás cuerpos celestes del sistema solar. Son estas las nuevas ambiciones, el arrebato de repartirse todo a juicio del tumba y deja, un violento juego que casi todos conocimos cuando niños.

Pero el forcejeo en ciernes no viene de la nada, parte de que el rápido crecimiento predatorio de la economía mundial ha transformado todo los valores conocidos y creados por los pueblos al vaivén de las cruentas leyes del mercado. Hoy invertir en los cerebros siempre fértiles y moldeables es más rentable que intentar desalinizar el agua de mar o echar a producir alimentos en tierras semidesérticas. El crecimiento de los conglomerados oligarcas relacionados con la informática y las comunicaciones es muestra de ellos, de las 10 mayores empresas mundiales 7 invierten sus capitales en este campo y han desplazado a la petroquímica, a la industria de automóviles y a la banca, primeros monopolios de la historia del capitalismo. Con esta dinámica de producción de bienes materiales los derivados han ido sustituyendo en valor a sus materias primas originarias. Algunos derivados del petróleo, por ejemplo, tienen hoy más valor que el mismo petróleo crudo, algo que declara una razón más del mantenimiento de mano de obra esclava, justifica el aumento de los procesos sucios de producción de bienes de consumo y corrobora parte de la tesis marxista acerca del fetichismo de la mercancía. Por otra parte, el patrón oro que respaldaba las divisas y las transacciones financieras prácticamente desapareció, se convirtió en polvo que el viento dispersó a los desiertos de la historia, hoy ni siquiera en el papel moneda o en metal tienen el dinero un futuro cierto al estar sometido a una sustitución vertiginosa por bonos, acciones, movimientos especulativos de los mercados bursátiles y por la aparición de las criptomonedas.

Las primeras dos décadas del siglo XXI comenzaron a mostrar el rostro calamitoso de las crisis cíclicas que se suceden cada vez en períodos más cortos. La Gran Recesión de 2008-2013 fue su mayor prueba. No es raro entonces que a partir de ese año aumentaran las guerras, sobre todo en zonas de alto valor estratégico por su geografía y sus bienes energéticos. También en estos 20 años se presentan grandes traumas sanitarios, las hambrunas, los desbalances del clima y como si fuera poco estamos en pleno apogeo de una pandemia mundial de rápida expansión que expertos y modelos matemáticos auguran matará entre 5 y 10 millones de seres humanos si no cambiamos pronto las formas excluyentes con las cuales se maneja la sanidad y por la inequidad con que se reparten los recursos mundiales.

La propia pandemia de COVID-19 tiene al mundo al borde de una recesión sin límites, son los mismos síntomas: caída de la demanda, disminución de la inversión, reducción de los salarios, aumento del desempleo, reducción de la capacidad adquisitiva y desplome del nivel de consumo. El barril de petróleo, por ejemplo, indicador que sirve para valorar la salud de todas las demás materias primas, tiene un precio que cae en picada por la disminución de la demanda, incluso llegó a cotizarse en valores negativos dado a que ya no hay donde almacenar todo lo que se extrae dando paso al estancamiento del ritmo de producción. Expertos dicen que la inseguridad mundial es hoy igual o mayor que cuando la Gran depresión provocada por el crack del 29. Desde entonces para cada crisis hay una fórmula de rescate y salvamento por parte de la vieja fórmula de la política fiscal ideada por el keynesianismo y aplicada con total normalidad en todas partes incluso hoy.

Para las primeras décadas del siglo XXI los románticos futurólogos de hace 30 años pronosticaban que se cumplirían todos los sueños de lo irrealizable en cuanto a tecnología y retos de las ciencias. El tiempo demostró que el capitalismo le dio el tiro de gracia a aquellos grandes valores que otrora motivaban a los imperios a aventurarse en terrenos escarpados y desafiar por ello la naturaleza y culturas desconocidas en las metrópolis. Se comprueba que el planeta sigue estando dominado por las fuerzas del mercado, el neoliberalismo y los mismos intereses de las minorías oligarcas que dirigen a las naciones y concentran en un puñado de 50 capitalistas más dinero que el resto de los más de 7 mil 700 mil millones de habitantes de planeta. A no ser el empuje digital y la utilidad de la Big Data, muy pocas cosas han cambiado, y en lugar de ver automóviles volando a las órdenes telepáticas de sus dueños estamos aprendiendo aun a usar el jabón para lavarnos bien las manos.

La porfía por dominar los cuerpos celestes que están más allá del ámbito sideral responde a todo esto y tiene su base en la anterior reyerta por el dominio del espacio protagonizada entonces por yanquis y soviéticos en plena Guerra fría. En aquel entonces los comunistas dieron el primer gran golpe que dejó en ridículo a sus rivales después de los fiascos espectaculares del proyecto Vanguard. Se sabe que la carrera espacial inició en secreto mucho antes del ensayo y el error que dio paso al lanzamiento exitoso del Sputnik 1 desde el Cosmódromo de Baikonur el 4 de octubre de 1957, el primer intento no fallido de situar en órbita un satélite artificial a la Tierra y la muestra de los músculos que tenían entonces las ciencias astrofísicas y los complejos militares de los rusos en la batalla que acababa de plantearse.

Luego fueron más atrevidas las misiones, los yanquis logran volar sus cohetes, los rusos los superan enviando material biológico al espacio, luego los yanquis plantean otro paso y así se sucede una tensa rivalidad hasta que el 12 de abril de 1961 se desató la mayor ventisca de esta guerra gélida, cuando el Cohete Vostok elevó a Yuri Gagarin a alturas nunca antes experimentadas por un terrícola. Que un soviético llegara a ser el primer ser humano en salir de la Tierra, orbitarla, regresar ileso para contarlo y como en los tiempos de Galileo la ciencia retase una vez más la omnipotencia de Dios, fue un duro revés para sus oponentes norteamericanos. Como si fuera poco hasta ese entonces, la sonda Lunik 9 del Programa espacial soviético alunizó sin contratiempos el 3 de febrero de 1966 y al abrir sus paneles en forma de pétalo repletos de cámaras, antenas y diversos instrumentos estuvo fotografiando y enviando datos a su base de control en la URSS por espacio de tres días, siendo el primer objeto construido por la civilización en posarse tiernamente en cualquier otro cuerpo celeste, en este caso la Luna.

Como es de suponer la presión sentida en el programa espacial de los Estados Unidos llegó a niveles críticos y como sus científicos y militares también tenían talento no se quedaron de brazos cruzados, sabían que su gran proyecto financiado con base cero, o sea que pagaría absolutamente todo el dinero que demandara, daría más pronto que tarde un gancho de riposta.

Motivados por la alarma que suponía la percepción de una gran amenaza a la seguridad nacional e iracundos por el gran éxito del liderazgo soviético, comienzan a desarrollar el más grande y costoso proyecto conocido hasta entonces desde que el presidente Eisenhower firmara en 1958 la ley que fundaría a la NASA. Sus laboratorios no demoraron en restaurar el orgullo herido, experimentaron todo cuanto pudieron, se rumora que hasta compraron programas espaciales a otros estados, invirtieron en empresas de aeronáutica, comenzaron a situar sus propios satélites y lograron sus propios vuelos tripulados dentro del gigantesco y costosísimo Programa Apolo. Fue entonces que, en 1969, a casi 12 años del Sputnik 1, les fue posible a los cosmonautas Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin Aldrin, con Apolo 11, convertirse en los primeros humanos en arribar a la árida superficie de la Luna, cuando Armstrong el comandante de la misión, tuvo el privilegio del 20 de julio de 1969 a las 2:56 (UTC) con sus botas especiales estampar una huella imborrable en el regolito lunar, al sur del Mar de la Tranquilidad. El mundo gozó de la buena nueva, todos los diarios publicaron la noticia, las televisoras mundiales especularon con el nuevo universo que se abriría para todos nosotros porque finalmente, después de 67 años, pudo hacerse realidad aquel sorprendente sueño de “Le Voyage dans la Lune” el icónico filme de los Méliès 1902.

Después de Apolo 11 el programa espacial de los Estados Unidos pudo realizar otras 6 misiones tripuladas a la Luna con 5 éxitos y 1 fracaso y así, le tomó la delantera a la URSS. La obcecación por conquistar el cosmos cada uno por su lado terminó en un vuelo conjunto entre los contendientes que cerró el desafuero de consecuencias millonarias cuyo costo, entrando al último cuarto del siglo XX, limitó volver a alunizar. Hoy hay estaciones espaciales internacionales y proyectos coordinados entre varias naciones pues la lección de entonces fue clara, juntos se puede llegar más lejos que cualquier esfuerzo individual. Lo demás ya lo sabemos, miles de misiones, satélites por doquier, espionaje de sobra, telescopios orbitando y fotografiando los confines, basura espacial acumulada rodeando la Tierra y sondas que han salido mucho más lejos de lo imaginado por cualquier cerebro humano llevando a los confines del universo mensajes gráficos, sonoros y audiovisuales de las culturas de los pueblos terrícolas. (Continuará).

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