Días con Soler Puig

Por: Luis Carlos Suárez              

Hay recuerdos que no se apagan, siempre andan con nosotros. Ellos asumen su inercia y determinados acontecimientos hacen que lleguen a nuestra puerta. Les abrimos y ahí están sus flores mustias pero  con algo de aquella fragancia que un día fue.

Puedo cerrar los ojos y ver a Soler Puig. Su imagen, recortada por un atardecer casi muriendo, mira a lo lejos desde una de las terrazas del hotel Guantánamo. En sus manos grandes de panadero, manos de quien las usó para escribir pero también para doblegar el hierro de la vida, tenía uno de mis primeros cuentos: “Tres hombres y una montaña” el que había escrito días antes en un acto de delirio sentado en una de las mesas de Becas Quintero en la Universidad de Oriente, donde vivía y trabajaba como profesor y redactor de la revista Santiago. En la redacción precisamente recibí una llamada invitándome a integrar el jurado del premio literario dentro de la jornada cultural en homenaje al gran poeta Regino Boti.

Una vez más volvía a Guantánamo y al “Boti”; una manera de simplificar afectivamente el nombre de un evento anhelado, por mi encuentro con los amigos guantanameros y por la oportunidad de dialogar con artistas y escritores que acudían de todos las provincias. En esta oportunidad, en el mes de febrero de 1984, estarían Lino Verdecia, Ricardo Repilado, Ignacio Vázquez, José Fernández Pequeño, Ricardo Repilado y el gran escritor José Soler Puig con el que, en esta oportunidad, compartí la habitación. Nos esperaba, para alegrarnos la existencia, el entrañable Rissel Parra con su habitual humor y el desborde de su sabiduría.

Vuelvo a cerrar los ojos y me veo allí con deseos de acercarme a Soler. Lo impide mi cuento en sus manos. Muy temprano, desde mi cama, lo había visto  leyéndolo, lo que me aterraba. Lo había mecanografiado en una vieja máquina de tipos gastados y casi agonizaba herido por mis tachaduras. ¿Cómo me atrevía a entregarle el imperfecto original al autor de Bertillón 166, En el año de enero, El derrumbe, El pan dormido, El caserón y Un mundo de cosas? A pesar de mis temores decidí acercarme, pero Ricardo Repilado, que venía peleando no recuerdo porqué cosa, se me adelantó y decidí permanecer a prudente distancia.

Era como si Soler lo estuviera esperando. Iniciaron un diálogo sobre mi cuento. Ellos sabían que yo estaba allí, de espaldas, mirando a la distancia. En realidad no veía nada, solo quería escuchar. Mi oído nervioso caminaba por una cuerda floja hasta la afirmación de Soler de que el cuento le gustaba, que a pesar de las imperfecciones había talento. Repilado, con esa voz de barítono que se bebió la tierra, le decía, en tono ya de franca polémica, que no exagerara, había que recomendarme que tuviera cuidado con la lectura de traducciones, muy peligrosas, sobre todo si eran malas y que evidentemente yo era fanático de Hemingway y…   

 Me percaté: querían  escuchara. En aquella tarde guantanamera al amparo de los oros vencidos de un atardecer estaba recibiendo el mejor de los regalos, la atención y la conjura afectiva de un gran novelista y del mejor profesor que he tenido en mi vida. Después supe que Repilado y Soler se habían puesto de acuerdo para estimularme.

 De regreso a Santiago, Soler, para encender la tradicional controversia entre ellos, le dijo al chofer, que había que llevarlo a él primero y después a Repilado, una petición provocadora porque la casa de Repilado quedaba primera en el trayecto. La discusión se calentó hasta el extremo de que Repilado le ordenó al chofer que parara, no estaba dispuesto a oír a este viejo con sus malacrianzas y locuras.

Entre risas los compañeros de viaje pidieron me quedara para que lo ayudara con la maleta. Repilado fue en todo el trayecto peleando por las ocurrencias de Soler y por lo duro de los asientos de la guagua. Yo,  arrastrando la enorme maleta, disfrutaba de su cólera, iba feliz porque leyeron mi cuento y me preguntaba si se había bajado del ómnibus alterado por las bromas de Soler o porque como yo no resistía la rudeza de los asientos de la guagua Girón;  agresivos sobre todo con ese lugar común donde termina la espalda.

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