Consumo cultural en tiempos de la covid–19. ¿Nuevos retos para los públicos?

Por: MsC. Juventina Soler Palomino.

El año 2020 comenzó atípico para todo el planeta por la aparición de la pandemia llamada covid–19, un virus que ha paralizado la dinámica de la existencia humana a nivel global. No crean que este será un trabajo de análisis de catástrofes, para nada, solo (re)escribo la contextualización de los días en  que vivimos, para mí un verdadero filme ciencia ficción. Pero los tiempos atípicos también requieren de la creatividad de los hombres y las mujeres de las diferentes sociedades; la cultura, campo que me concierne hace casi veinticinco años de estudios e investigaciones, es muestra de ello.

Con mis estudiantes, durante los cursos en el Centro Provincial de Superación para la Cultura de Granma, les hablaba muchas veces del consumo cultural, unas desde el enfoque de género; la mayoría, desde el propio impacto de este concepto en la vida cultural de la sociedad. Junto al consumo cultural, les indicaba sobre  los receptores y los públicos; podría decir, los receptores o los públicos, pero en realidad, para mí son elementos distintos. Así, y diferencias apartes, nos vamos a quedar con “los públicos” por la falta de cuartillas para establecer disquisiciones.

En estos tiempos de pandemia y con la medida más acertada para evitar el contagio: aislamiento o distanciamiento social; lo que se traduce como, todos en casita y así aparece en la televisión el slogan “Quédate en casa” y todo nuestro trabajo, desde la cultura, está encaminado a decirle a las personas que se deben de quedar entre cuatro paredes para evitar males mayores, por esto los consumos culturales y los públicos han cambiado mucho.

Es cierto que las redes sociales, los intercambios virtuales y los productos digitales habían cogido auge entre jóvenes y no tan jóvenes; pero nunca renunciamos a ir al teatro, al ballet, a una discoteca, a un parque de diversiones, a tomarnos  un café con los amigos, a realizar actividades y eventos culturales que eran cofradías de intelectuales y artistas de alcances comunitarios en los que los públicos y el consumo estaban ahí, se podían tocar con las manos. Ahora, no es así, desde nuestras casas tenemos que crear y tratar de promocionar los productos artísticos y el público es global e invisible. Siempre supe que el consumo cultural era un conjunto de procesos en los que prevalece el valor simbólico por encima del valor de uso y de cambio y que todos son parte de una configuración simbólica, esto  parafraseando a Canclini, quien en sus estudios dejó bien claro que estos valores simbólicos eran patrimonios de los contextos que los creaban.

En realidad me parece que en estos primeros meses del año 2020 la producción de los productos artísticos convocados por la realidad en la que vivimos sobrepasa todos los cálculos; eso demuestra dos cosas: la primera, que poseemos un potencial cultural envidiable; lo segundo, que tenemos que cuidarnos de los excesos propios de los contextos y no olvidarnos que el público aunque es invisible y global está ahí a la espera de lo que le podamos ofrecer; simplemente porque la situación lo impone. Esta suma de personas de múltiples competencias culturales y lugar en la sociedad se suma al ente cultural que entra en su casa y que recibe en su soledad y encierro, es el público que,  en estos momentos, es un consumidor cultural en potencia.

Por tanto, consumo cultural y públicos se funden en una sola realidad en este contexto del año 2020 en el país como una creación de códigos simbólicos permanentes; por lo que, una canción, un vídeo, una campaña promocional de salud, una noticia en el noticiero del horario  estelar, la conferencia de prensa de las once de la mañana, ahora todo es consumo cultural, simplemente, mis lectores, porque nos está llegando para acompañar una situación atípica, un sentido de la existencia trastocado para poder vivir, una visión de las dinámicas sociales comprometidas con nuestros propios deseos. En estos momentos los valores de usos y de cambios pasan a ser un elemento más de lo simbólico, de lo que estará en el imaginario social por siglos. Realidades como la muerte, la vida, la supervivencia, la disciplina, el reconocimiento al personal de la salud, a los trabajadores sociales, ver alterado la sistematicidad del curso escolar y tener a nuestros hijos e hijas las veinticuatro horas en la casa con sus hábitos fracturados por las circunstancias, los panaderos que nos dan el pan nuestro de cada día, los agricultores, todos son públicos en condiciones normales, ahora tenemos que brindarles una realidad que no se imbrique con el melodrama, que el mensaje sea preciso y bello; porque no nos podemos olvidar que en estos momentos los falsos patrones estéticos afloran sin maquillajes y muchas veces queremos hacer de un reguetón una canción de reconocimiento al personal de la salud; pongo este ejemplo como podría poner miles. Lo importante es saber que ahora, hoy 2020 en Cuba el consumo cultural y los públicos se están (re)estructurando por su nuevo contexto; entonces no podemos darle a las personas que nos están leyendo, escuchando o viendo en el país y el mundo un producto a consumir que no guarde los valores estéticos, además  esa (re)estructuración comprende una multiplicidad de  bienes  relacionados,  los valores que tiene la sociedad para sobrevivir, el espíritu forjado por hombres y mujeres en contextos difíciles. ¿Es un desafío el consumo cultural con respecto a  los públicos hoy? A mí me parece que sí.

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