Lo que hemos aprendido en estos días.

Por David Dagota Tamayo

El desarrollo acelerado de esta modernidad postindustrial ha puesto al planeta, a juicio de muchos pensadores, al borde de un desbalance casi irreversible. No es únicamente el ecosistema el que muestra esas heridas profundas sino que todos los demás sistemas pueden ser vistos afectados y de uno u otro modo regulados a una forma que no se puede hacer con el poder de la naturaleza, que va de cierto modo enfadado con quienes la hieren.

Hay opiniones encontradas entre especialistas y políticos sobre lo que ocurre en el equilibrio del planeta a escala mundial. Una corriente asegura que el mundo natural ha estado siempre sometido a fuerzas destructoras por sí mismas y que siempre todo ha vuelto a su nivel. Otros asumen que es cierto que las llamadas eras geológicas del pasado han marcado pautas en la evolución, destruyendo y ordenando luego, pero siempre ha sido sin las chimeneas del desarrollo industrial acelerando del que aún desconocemos sus consecuencias totales, como es el caso de la extracción acentuada de los combustibles fósiles, la sobre explotación de los acuíferos y la tala indiscriminada de los bosques milenarios, que además de sus propios traumas en lo bucólico, imponen una crisis mundial de gobernabilidad.

La cuestión es ética y económica a la vez. Pocos nos sentamos a reflexionar que en casi todo lo que tocamos, vemos y hacemos está una dosis del desequilibrio ecosistema mundial. Un solo neumático de un auto común posee una equivalencia de entre 6 y 10 galones del petróleo. Si le sumamos toda la electricidad que necesitamos en la casa por 24 horas, el proceso industrial para poder producir la comida que ingerimos diariamente, el vestuario que usamos en una jornada y la cantidad de energía que se necesita generar para garantizar nuestra rutina diaria, ya se puede tener una idea más seria de estas contradicciones intestinas del desarrollo económico y los modos de vida actual.

Pero no todo es puramente material ni destructor en sí mismo, hay suficientes ejemplos de energías limpias, de prácticas productivas sanas y de modos se vida soberanos. Se trata de una novedosa forma de producción de bienes materiales, de otras formas posibles de consumo y sobre todas las cosas de una nueva cultura del bienestar humano y del buen vivir: la sustentabilidad.

Un ají, un tomate, una mazorca de maíz y una zanahoria han sido siempre necesarias para alimentarnos, solo que no es lo mismo cosechado con agroecología que con agotóxicos. La diferencia no está en el surco sino en el núcleo del proceso donde se concibe el bien material y ese substrato es subjetivo en su matriz. La carrera por fabricar, publicitar, vender, comprar, hacer obsoleto y sustituir lo que se fabrica, cada vez en menos tiempo, es la clave de la diferencia ente estas corrientes de pensamiento antagónicas entre universidades, políticos, corrientes de pensamiento, naciones y ecologistas.

La velocidad con que se vive a veces no nos deja ver que todo lo que nos rodea es fruto acumulativo de las ciencias y de la revolución industrial. Incluso las nuevas tecnologías digitales no hubiesen sido posibles sin una interminable cadena de innovadores y científicos que no pararon hasta darlo todo por demostrar sus ideas aunque el nacimiento de ellas le costara la muerte a su creador.

Hoy cuando casi nadie deposita cartas y postales en un buzón de hierro fundido como se hacía hace 50 años y el oficio del cartero ha entrado en extinción como muchas especies de animales salvajes a causa de la pérdida de sus ecosistemas, nuestro modo de vida puede marcar la diferencia en el futuro del único cuerpo celeste conocido por nosotros hasta hoy, que tiene la dicha de que cada salida del Sol sea un espectáculo impresionante, sobre el cual millones de seres humanos mostramos respeto y  nos sentimos orgullosos, algo que los egoístas jamás entenderán.

Esa velocidad con que iba el mundo se ha visto reducida de golpe por un frenazo en seco, un virus parteaguas nos ha obligado a parar ante el peligro de la rápida expansión de su aliento envenenado. Al empezar la marcha nuevamente seremos más sabios o más tontos, depende de cómo hagamos las cosas. Ya sabemos que será más desconfiada la caminata, que nada será definitivamente igual, que el neoliberalismo se tambalea por su propia incongruencia y que el mundo no solo se desacelera sino que también se desglobaliza.

Esta situación que nos propone cambiar nuestros modos de hacer, también ha hecho posible que percibamos lo inservible que son los arenales de armas ante la necesidad de portar una simple mascarilla que nos permita respirar sin exhalar la muerte. Ha hecho también que notemos cuánto se puede hacer para el bien de esta familia universal que es la humanidad toda con el fomento de la solidaridad y la equidad mundiales.

Tan solo el acto de emplear nuestras manos en un simple y profundo aplauso a una hora determinada de la noche, que por suerte es el día para otros, es el inicio de todo lo que haremos después por nuestro futuro compartido. La normalidad es tal vez lo que debiéramos comenzar a cambiar, solo así serán posibles los tantos sueños que ningún virus ha logrado contaminar ni parar de producir. Todo eso lo hemos aprendido en estos días.

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