Kubrick. El genio y la humildad

Por David Dagota Tamayo.

El mismísimo Stanley Kubrick, genio del cine, exigente consigo mismo, perfeccionista en su trabajo y considerado uno de los cineastas más influyentes del siglo XX, nunca pudo sacar a flote su proyecto de largometraje Inteligencia Artificial que data de principios de los años 70 del pasado siglo. Las computadoras de entonces no podían crear a David, un personaje que de acuerdo a las demandas de Kubrick ningún niño podía interpretar y se necesitaba por tanto de un trucaje de efectos especiales digitales y muy finos para cumplir las exigencias del guion.

En 1995 le otorga este proyecto a Steven Spielberg porque sabe que ya no lo puede rodar y no es hasta la muerte de Kubrick en 1999 que Spielberg puede completarlo y estrenarlo en el año 2001 un año simbólico para Kubrick. A David, Meca de Cybertronics, finalmente no lo interpretó ningún robot ni lo modelaron en computadora alguna, fue Haley Joel Osment un niño de carne y hueso de Los Ángeles el que lo encarnó. Inteligencia Artificial dirigida entonces por Steven Spielberg fue todo un éxito, tanto en lo artístico, siendo hoy un filme de culto, como en lo comercial con una recaudación de más de 235 millones de dólares.

Esta historia que les cuento tiene hasta ahora varias enseñanzas, la primera de ellas es que un genio no es aquel megalómano individualista que se lo sabe todo sino el que reconoce sus propios límites y concede buenas ideas para que otros las hagan realidad. Otra es que las buenas empresas y los grandes proyectos siempre tienen su tiempo de maduración, precipitarlos puede ser su mayor y más grande fracaso. También demuestra que para trascender no es necesario ir más rápido que los demás sino ir seguro de que lo que estás haciendo sin miedo alguno a los errores ni a comenzar una obra nueva cada vez que surja la necesidad, dejando bien hechas las anteriores. Se observa, además, que las grandes soluciones a los problemas que frenan el desarrollo pueden ser más fáciles de lo que se piensa y estar al alcance de la mano. Finalmente, que humilde no cuesta nada.

Han trascurrido ya 21 años de la muerte de Kubrick en Albans, Reino Unido a causa de un ataque cardiaco mientras dormía, tenía 70 años de edad y había hecho solamente 12 filmes, en su fecunda carrera cinematográfica dejó varios proyectos monumentales inconclusos, entre ellos la historia del emperador Napoleón por la cual sentía una gran fascinación. El proyecto que pensaba rodar tenía que ver con la recreación de grandes batallas, para ello desarrolló una profunda investigación en cientos de libros para asegurar la eficacia de pre-filmación y montaje y lo hizo desde finales de los años 60 del siglo XX. Su filme necesitaba 40.000 soldados y set de grabaciones muy preciso y grande en espacios exteriores. Su coste fue su freno mayor.

Kubrick desmintió en varios momentos de su vida los estereotipos de misántropo al que fue sometido por ciertos círculos de artistas y críticos, tal vez deducido de las historias de crueldad de sus personajes, quizás porque él mismo se comportaba diferente a los demás estrellas del cine, como viajar en barcos desde Europa a Estados Unidos y no en aviones como hacían los demás o por auto-exilarse en Hertfordshire después de filmar Lolita.

Como Alfred Hitchcock, Kubrick tampoco fue un director favorecido por los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, más bien este director era conocido por la constante búsqueda de la toma perfecta, la dedicación en la distribución de una composición simétrica, por ser obsesivo con la técnica y la narrativa, exigir actuaciones precisas y por no dar concesiones ante nada ni nadie. Sufrió ese dolor de disfrutar el arte como una daga cruel que se lleva clavada en el pecho, un ardid que supo usar muy bien en la riqueza de sus personajes. De no ser así nunca hubiese podido rodar a El resplandor, obra fílmica disminuida en su tiempo por críticas a sus actuaciones, la que el tiempo se encargó de ubicar en su justo sitio.

Hoy muchos no saben bien quien fue Stanley Kubrick ni la razón por la cual el grandilocuente Orson Welles dijo de él: “Entre los que yo llamaría “la generación joven”, Kubrick me parece un gigante”. Muchos cinéfilos de la actualidad nunca han visto Inteligencia Artificial, ni Lolita, ni La Naranja Mecánica, ni 2001: Odisea del Espacio, ganadora del único Óscar de Kubrick a título personal. Sin embargo, aún hay tiempo para hacerlo, su pródiga obra está ahí esperando eternamente por nuevos amantes del cine y sería un buen agasajo para celebrar el aniversario 92 de su natalicio el estar viendo sus largometrajes y admirando el asombroso arte que hay en ellos.

Por tales empeños hoy las películas de Stanley Kubrick están en la cumbre de la historia del cine y no se debe a los críticos, ni al dinero que recaudaron, tampoco a los aplausos que les fueron dados en los estrechos espacios de los cine, sino por algo que está más allá de los deseos de la producción de las empresas. Se trata del profundo lenguaje artístico empleado, la interconexión de sus obras con el público y el empeño de hacerlas bien siendo coherente e innovador, usando todas las prestaciones de la tecnología y sabiendo esperar cada oportunidad para demostrarlo. Una enseñanza de la que todos pudiéramos aprender.

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