La encrucijada cívica ante la covid-19. Control popular o cataclismo.

Por: David Dagota Tamayo.

Con la COVID-19 cabalgando sobre nuestras cabezas como si fuese arrastrada por las bestias de los jinetes del apocalipsis, tan solo una de los miles de millones de arañas que existen en las 45000 especies de arácnidos del planeta está hoy más segura en su red expuesta a la intemperie que todos nosotros en nuestras propias casas forradas en rejas protegidas con mil candados y pestillos.

Si de lo frágiles que somos y hemos sido siempre nos damos cuenta ahora, en verdad no hemos aprendido nada de los milenios de historia universal y estamos vencidos por nuestra enorme ignorancia.

A mi juicio hay dos grandes factores sociológicos que puedes variar la complejidad de las consecuencias epidemiológicas en Cuba y en el planeta.

El primero de ellos es puramente cultural, o sea depende de nuestras concepciones y formas del pensamiento social que se expresa en nuestras actitudes y discursos, que pueden o no aplanar la curva de contagios más tarde o más temprano.

Para explicarlos me valgo de que, tanto la epidemiología como la bioestadística son ciencias aplicadas en el campo de la medicina, pero en sus métodos está muy clara la naturaleza de la investigación social. Dentro de ellos hay uno nombrado en método de los componentes principales que nos da más elementos para explicar. Se enferman los que se exponen a los ambientes contagiados, se empeoran los de mayor edad y los de mayor riesgo por otras predisposiciones y se mueren los más débiles. Esto muchas veces se maximiza en los discursos de la gente casi como si citaran al genial Charles Darwin en su más grande aporte a las ciencias de la humanidad, argumentos de exclusión que estos incrédulos asumen como parapeto ante las urgencias de la cotidianidad y hasta de la banalidad que hacen se violen todos los protocolos de distanciamiento social.

En eso juega un rol preponderante la ignorancia al creer que uno está salvo de todo por haber meditado antes de salir de casa mirándole fijamente ojos a la virgencita patrona de los desposeídos. Se cree que el drama de la televisión les sucederá a otros y no a uno y está tan lejos como Guayaquil, Nueva York, Madrid, Londres, Lima o Lombardía, que los muertos serán de otras familias y no de la nuestra. Pero aun así cargados de la fe depositada en la Virgen protectora y de cálculos lógicos salen a la calle a favorecer la primera y única condición necesaria para que se junten aquellas letales componentes principales, desconociendo que es una variable independiente, o sea que las demás dependen de ellas: arriesgarse a contraer la COVID- 19 que está en cualquier sitio y de la que puede padecer cualquiera, realeza o plebeyo, adolescente o peina canas.

El otro gran factor sociológico es subjetivo también y está asociado al campo comunicacional. Sucede que por décadas hemos estado colonizados por televisoras, contenidos, vías, formas, lógicas y discursos ajenos a nuestros contextos culturales, un hecho que no nos ha dejado ver nuestra condición de esclavos de la periferia, entretenidos con la fabricación de contenidos de las industrias culturales y comunicacionales de aparato del centro, para las cuales, a decir de Ignacio Ramonet, hasta el hecho noticioso está subjetivado, es decir se fábrica en un false news, o se le tuerce su naturaleza al antojo de los dueños de los medios, que por “casualidad” son los dueños de casi todo lo demás.

Esto hace que el público en lugar de ser un sujeto activo, crítico y emancipado, sea un consumidor pasivo infodependiente o infoxicado y continúe dando créditos de legitimidad a los discursos de las mismas fuentes que se encuentran en su zona de esclavitud comunicacional. Es por eso que los discursos de urgencia de las estructuras de mando en la contingencia epidemiológica, como lo es el de la Defensa Civil o de los grupos especiales creados según corresponda en los planes de situaciones excepcionales, no resuelven fomentar actitudes de cambio positivo de inmediato, dada la deslegitimación a la que han sido sometidas antes las estructuras públicas de información. Este elemento está relacionado con las dinámicas del consumo cultural y posee mayores consecuencias en el campo ideológico de lo que a simple vista se puede observar.

Hoy dan resultados las medidas epidemiológicas en sí, los cierres de fronteras, la disminución de las actividad social, la eliminación del flujo del transporte, el aislamiento obligatorio de enfermos y contactos de enfermos, la aplicación de comunidades en cuarentena, la ampliación de pruebas in situ, sin embargo, la mayor demanda es de cambio de actitudes en el comportamiento de la población, muestra de que la ignorancia tiene a las mentes tupidas y de que los mensajes de alarma, en estas circunstancias, deben ser acompañados con acciones de mayor rigor que nos corresponde a todos fomentar y hacer cumplir desde nuestro control popular.

Sólo así se conseguirá el cambio cualitativamente superior en las estadísticas de la epidemiología, una ciencia de la que aún no lo hemos escuchado todo.

La enfermedad y la muerte estarán presentes y habrá que lamentarlas, no por designios o penitencias divinas sino por consecuencias etiológicas. Las cifras y la duración de la cabalgata dantesca que realiza hoy el cataclismo sobre nuestras cabezas dependerán de todos nosotros, más allá de la cantidad de fe que tengamos en los altares personales, por la forma en que conscientemente actuemos.

La pobre araña seguirá allí, impávida, tejiendo su emboscada para poder comer.

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