El botín de la memoria


Museo Casa Natal de Carlos Manuel de Céspedes

Por Luis Carlos Suárez

¿Qué hacer sin la memoria, sin el pasado? ¿Andar por el presente sin saber de dónde vienes? De frente, siempre de frente, como si hubieras caído de una galaxia sin nombre.

Soy un hombre de suerte. Mi cuarto de infancia tiene en la pared el retablo de los que murieron: abuelos, abuelas, primos muertos en la adolescencia, y flores, siempre flores que mi madre cortaba en el jardín para ellos.

Mis abuelos fueron mambises; acompañados por la bandera dejaron la casa un día y la vida continuó, nunca como antes, porque con ellos se fue el rincón junto a sus taburetes y el gesto del machete en la batalla.

Con las fotos está la insignia que llevaron en el pecho y que tiene el Escudo con su palma y sol ardiente; en el baúl, en una esquina del cuarto, duermen las guayaberas, amarillas ya de tanta vida.

Junto a los abuelos, casi un adolescente, el primo que murió en una de las últimas guerras por la independencia y que fuera torturado salvajemente, aunque resistió como un niño de bronce contra el crimen.

Tengo la historia en la casa, un pedazo de la vida de mi Patria conversa conmigo en este cuarto donde nací. A mis hijos les hablo de sus abuelos y primos, quiero que sientan el orgullo de lo humilde de las paredes de este cuarto, de la yerbabuena,  el apazote y el moriviví sensible a cualquier mano, que sepan que su abuela tenía el don maravilloso de preparar el cazabe, que ningún aparato plástico va a reproducir  su voz temblorosa con la que cantaba la Bayamesa y el Himno.

Poco puede amar el presente quien no siente orgullo de su pasado, quien no conoce y quiere la vida de sus héroes y mártires, de espaldas a todo, pensando que es el último protagonista en esta fascinante aventura que es la vida.

El conocimiento de la historia no es el recuento pasivo de hechos ocurridos en el pasado, es el pasado viviendo en el presente para ayudarlo en su camino, no es inventario de difuntos ni de torres caídas.

No hay nada que atente más contra la utilidad de lo histórico que el formalismo de mítines para cumplir planes de trabajo, seminarios martianos decapitados en su esencia por el hacha terrible de cumplimientos formales, y tantos y tantos procederes inadecuados con la historia que han provocado rechazo en muchos jóvenes.

A unas estudiantes de secundaria que se pararon frente a la Casa de la Trova a burlarse decididamente de un viejo trovador que desgranaba las notas de Longina, les pregunté porqué se reían y casi a coro me respondieron:

–Porque eso es viejo.

Traté de explicarles de Sindo Garay, que si sus abuelas eran enamoradas con canciones como estas, y me miraron de una forma que me creí de momento llegado de otro planeta.  Se alejaron riendo. En la tarde de oro, cuatro ancianitas vestidas de secundaria se marcharon riendo, mientras un rejuvenecido trovador seguía entonando las notas inmortales de Longina.

Pero no quiero ser absoluto, ni poner sobre las espaldas de los jóvenes este pesado fardo, los adultos somos los responsables: padres, maestros, dirigentes, todos tenemos una cuota de responsabilidad; algunos por desconocer la importancia de nuestra historia y otros por pensar que están en la obligación de administrarla, y no incorporarla orgánicamente a las necesidades vitales de la nueva generación.

Ahora permítanme una anécdota: Para ir a mi trabajo hago siempre el mismo recorrido, paso lugares con tarjas, fuentes y farmacias. Un día, frente a los cristales de una tienda, un joven se miraba. Era un joven de unos quince años que llevaba sobre sus espaldas una mochila vacía. De espaldas a mí se miraba en el espejo, hacía un giro del pie, se alisaba el pelo, degustaba su imagen como Narciso junto a las aguas.

El muchacho a mi paso por la acera repetía ese mirarse sin fin, tratando de atrapar los gestos en el espejo, que lo devolvía ágil y despreocupado. Fue entonces que no pudiendo aguantar más me senté en unos de los escalones a esperar que terminara su rito del día.

Cuando terminó, recogió su mochila vacía que había dejado abandonada y me miró confuso, como si hubiera sido sorprendido cortando flores en un jardín ajeno.

–¿Conoces tú quién era Ignacio Agramonte?—dije mirándole a los ojos.

No contestó, tragó en seco, y se fue alejando de mí, mirando siempre para donde yo estaba, temeroso de que fuera a perseguirlo como un loco.

He encontrado también situaciones diferentes. En un viaje a La Habana, un estudiante me habló durante casi una hora de Martí. De La Edad de Oro, de por qué a Bolívar había que quererlo como a un padre y del Diario de Campaña, lo contaba todo con amor y respeto. Y Playitas, lomas escarpadas y llagas, cuerpo doblado por el peso de la carga, todo vivía en el joven y le iluminaba la mirada. Me dijo que participaba en los Seminarios Martianos, y no lo hacía para que la escuela ganara la emulación, ni por cumplir con la cuota, sino porque quería a Martí, porque en su casa todos eran martianos.

Cuando aquel joven se desmontó en la terminal de trenes de la Habana con una maleta mayor que él, y pasó por mi lado, ya no iba solo, lo acompañaba un hombre de estatura mediana, saco negro y frente amplia.

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