Confesiones de una dulce agonía

Por Luis Carlos Suarez

Debo confesar mi desconcierto y hasta mi angustia, cuando enfrento la tarea de una nueva obra destinada a los niños. A pesar de que me considero un escritor que padece lo que escribe, cuando se trata de la serie infantil, me encuentro acosado por irremediables preguntas y dudas. Me adentro en una metafísica de la creación y como Sísifo vuelvo a subir la montaña con un serón lleno de interrogantes y frustraciones.

He roto mucho más  páginas de las que he publicado,  desdeñé temas por parecerme imposibles, enterré proyectos y hasta me permito dudar de la eficiencia de lo que escribo cuando no llega la necesaria señal, el aviso de que algo pasó entre ese lector soñado y la obra que le propongo.

Las dificultades de la creación infantil, a veces son sólo razonadas en relación con los problemas de su poética, con los obstáculos  que entrañan la distancia de una psicología, las peculiaridades de un comportamiento, y hasta las barreras en el orden cognoscitivo, que en gran medida diseñan fronteras y dictan una concepción en el uso del lenguaje y en los referentes que toda obra literaria articula, sin desdeñar los compromisos de orden estructural, sobre todo en el caso de la narrativa, donde abocados a múltiples posibilidades  en relación con puntos de vista de la narración, juego con los planos, el espacio tiempo, tenemos que optar por aquel camino que hemos meditado como comprensible.

Y así nos llegan esas preguntas que sin ser retóricas nos van colmando:

¿Es muy elevado el lenguaje que empleo en el cuento? ¿Entenderán esta palabra o la otra? ¿No bloquearé la comprensión si diversifico el punto de vista de la narración? ¿Me estará permitido prescindir de la rima en este libro, si por ahí tengo la receta de que la obra poética   para niños debe ser sobre todo musical?

Junto a los aspectos más relacionados con la estructuración de la obra, sus aspectos formales, están los de contenido que no se pueden desdeñar. Aquí las interrogantes rondarán lo relacionado con aspectos temáticos: ¿Es este tema adecuado para la infancia? ¿Este aspecto no será demasiado crudo?  Se inicia una cadena de prejuicios sobre determinados aspectos como la muerte, la falsa moral, el homosexualismo o la prostitución.

Las fronteras entre los que niego a priori como parte de perjuicios, de una subestimación, de un convencimiento del alcance perceptivo de mi receptor y lo que escamoteo y desdibujo,  simplifico o esquematizo, es débil. En el centro de estas disyuntivas debía instalarse un conocimiento profundo de la infancia, que no puede quedarse en la sincronía de la nuestra, sino que se hace necesario entender también a esa infancia otra, la que ha dejado sepultados en las arenas del tiempo, procederes, juegos, formas de conocer que nos parecían eternizadas por nuestros afectos y una memoria que a veces, acunada en el pasado, tiende a absolutizar y a no ver los cambios que suceden.

Para los niños de mi tiempo, más exactamente para mis hijos, he querido descorrer las cortinas de aquellos juegos. Al varón quise explicarle las virtudes de la cambumbia o aquellas armas que construía y eran mi alegría. Pero a pesar de ser un niño de provincia, a él le viene tocando algo de la cibersociedad  y habla con soltura de la clonación, de los huecos negros y sueña con la existencia de mundos paralelos.

A tenor de esta información, quise aplicar mis viejas recetas de la fantasía y de la imaginación a sus mundos cibernéticos y extraterrestres, en una práctica que hago con él desde que era muy pequeño: cuentos desaforados y urgentes, cuentos para dormir, aunque nunca lo hace hasta que no terminan.

Me parecía fácil  desbocar mi imaginación, montarnos los dos en una nave y entrar en la cueva inédita y perturbadora de un agujero negro, pero al momento, aunque lo admitía, mi oyente tenía un reparo: a esa velocidad era imposible con esa nave rudimentaria, que a caso para mí fuera un sputnik, quedaríamos desintegrados.  El   le añadiría a un aditamento para poder penetrar y resistir las fuerzas enormes que podrían destruirnos.

¡Qué curioso!  Era capaz de aceptar de forma absoluta que una calabaza se convirtiera en  carruaje, que un gato, además con botas, se convirtiera en el guía de su amo y lo llevara al triunfo, pero no me permitía tomar las riendas de cohete y atravesar los espacios insondables de lo ignoto.

Con los cuentos de “Había una vez” era muy tolerante en cuanto a la asunción de la fantasía, muy exigente y pedía cordura para las historias más vinculadas con su contemporaneidad, con esa cotidianidad que lo toca y lo marca.

En los terrenos del mito se convierte en receptor ávido y degusta las hazañas de Odiseo o el destino impreciso de los argonautas. Ahí es protagonista en la imaginación pero cuando entramos en lo referentes cercanos, esos   que visualiza en la televisión o le mencionan en la clase, su participación es activa y quiere poner y quitar.

De ahí que los escritores para niños somos quizás dentro del gremio los que más atentos debemos estar a la evolución del posible lector, y no hablo de  un relativismo en la concepción de la obra ni estar “sujeto” a lo último, pero él, más que ninguno, debe vivir con su tiempo. Está trabajando con un lector en crecimiento que tampoco está al margen del que podamos ofrecerle con nuestra obra. Para mí queda demostrado que cualquier ruptura con lo real no es fantasía que funciona para la infancia, el niño no acepta cualquier vaca voladora, ni cualquier tipo de bruja o duende. He visto escritores para niños que se inician en tan dura tarea, que se ponen a hacer volar “cualquier cosa”, creyendo que cualquier disloque es fantasía asimilable.

La fantasía “buena” está muy afincada en la realidad, la devela, la profundiza. Los mitos viven arraigados en la vida, son consecuencia de un estadío de ella. Esos mitos nos están evocando,  sugiriendo, las consecuencias que los han hecho nacer, allí hay una búsqueda a veces insondable y misteriosa.

Por mi parte he visto llegar a mi puerta situaciones y personajes que me evocan mucho de los héroes y sucesos de esos cuentos fantasiosos y atrapadores.

Entra en mi recuerdo aquel muchacho delgado y tímido de grandes orejas y como asombrado, víctima de aquellas encarnizadas burlas de su grupo de estudio, fustigado por los fuertes, por los seguros, por los deportistas, a los que molestaba su dignidad callada y el gesto de caballero para las muchachas, aquel  que no decía malas palabras, no fumaba a escondidas en el baño ni se masturbaba en grupo, aquel que no palabreo  sentirse macho, y un día dejó el pueblo,  la escuela, y se esfumó sin rostro, como el humo disipado después de la fiesta, dejando a sus burladores inválidos sin la ofensa cotidiana.

Pero un día regresó al pueblo no cabizbajo como el hijo pródigo, sino con la cabeza alzada, con su misma sencillez y bondad, pero elegante, como el príncipe vuelto del hechizo. Y muchos de sus verdugos, algunos arrumbados y sin destino, alcohólicos en un banco del parque, lo vieron pasar como cisne que ya no era más patito feo.

Y como olvidar aquella muchacha castigada día a día por una madre hostil, sin el amparo del  padre indiferente en su brutalidad, por el simple hecho de que amaba el estudio y se había empeñado en hacerse profesional. Aquella muchacha que los vecinos tuvimos que rescatar, enérgicos e indignados, cuando nos enteramos había sido amarrada casi desnuda en el patio aquel día de invierno. Aquella muchacha que es hoy una doctora inteligente y estimada, la que no se casó con un príncipe, no dejó su zapato de cristal.

Esas personas que conocí, muchas de sus situaciones, han sido reflejo de lo que esas obras trataban. Y aquí me permito invertir el espejo y su duro semblante, para expresar que encontré en sus vidas lo que muchos de los libros infantiles presentan a través de la fantasía espoleados por lo mejor de la imaginación.

Si es así, no podemos poner a volar cualquier cosa ni a levitar cualquier sueño. El niño está ahí, inteligente y mirador para hacer aterrizar cualquier despelote, cualquier facilismo.

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