Juan Gelman siempre regresa.

Juan Gelman, Foto Archivo

Por: Luis Carlos Suárez

Juan Gelman entró a la casa de la UNEAC de Santiago de Cuba acompañado por Jorge Luis Hernández, el novelista santiaguero. Parecía cansado, como si estuviera de vuelta de un largo viaje no terminado. Al verlo comprendí que aquel encuentro con un grupo de jóvenes poetas, era solo una pausa en puerto para reabastecer su nave, luego partiría, después de izar durante más de dos horas su presencia ya legendaria entre nosotros.

Algunos meses antes de su visita, leí alarmado y con indignación, que la justicia argentina había decretado la orden de prisión preventiva contra el poeta, acusado de haber pertenecido a un grupo guerrillero. Por esos días escribí este poema con una dedicatoria que decía lo siguiente:

                                                             A Juan Gelman, donde quiera que esté.

Juan Gelman, el argentino bueno,

en cuyo corazón ronda la calesita

es solicitado por la justicia Argentina.

Lo acusan por cantar o algo así

decir del amor

y el violín que viaja en su sangre.

Lo busca la justicia

porque entregó verdades a los hombres

y los ama desde sus palabras

Que ironía señores

la justicia busca al poeta

mientras las madres en Plaza de Mayo

aún esperan por sus hijos.       

Los poetas, a pesar de sus dudas, creen en la utilidad de su labor. Con este poema me excedí y le asigné la misión de defender a Gelman en cualquier lugar  donde se encontrara. Y para esto planifiqué su publicación en órganos de prensa del país y hasta en el extranjero.

El poema no resistió el vuelo que había soñado para él, cerró sus alas y fue a dormir su sueño de oso en invierno en una gaveta donde guardo escritos y poemas que no se realizaron y que soy incapaz de botar, como el padre que soñó ver a su hijo de médico y al verlo así de carpintero lo asume con el mismo cariño.

Por eso cuando el mismo Jorge Luis me pidió que diera lectura a mis poemas, saqué del pecho mi hijo imperfecto, el poema que le había dedicado, y lo leí no sin ante tragar dos veces en seco y sujetarme con la mano de la silla, como si fuera a leer desde un potro cerrero que podría tumbarme.

Al terminar hubo un silencio en el que preferí fijarme en los mosaicos del piso y no mirar a nadie. Aquel sencillo poema, lo había escrito para un hombre perseguido que había sufrido el exilio y sus desarraigos. Al leerlo allí de frente a él, y en otras circunstancias, era como si el poema no le perteneciera, no me perteneciera, había quedado allí, anclado en aquella noche de septiembre en que preocupado por el destino de Gelman, había tomado la pluma y espoleado por el primer verso escribí un montoncito de palabras, que era como una esperanza mínima de que al poeta no le ocurriera nada, en este continente nuestro donde no es asombro que desaparezca un poeta o un periodista para no retornar nunca.

Terminada mi lectura, y mientras el grupo se movía hacia un lugar más fresco, él se acercó y me dijo: “No te preocupes por el final del poema. El poema cierra ahí donde lo dejaste.”

Yo agradecí su observación y quise expresarle que su poesía me acompañaba desde hacía muchos años, que admiro en él esa forma de expresar lo cotidiano a través de un lirismo que hace de su obra algo singular dentro de las bellas letras en Hispanoamérica. Quise decirle muchas cosas pero opté por recordar un poema de Gelman que repito siempre de memoria cuando necesito que la poesía me ayude a vivir.

Epitafio

Un pájaro vivía en mí.

Una flor viajaba en mi sangre.

Mi corazón era un violín.

Quise o no quise. Pero a veces

me quisieron. También a mí

me alegraban: las primaveras,

las manos juntas, lo feliz.

¡Digo que el hombre debe serlo!

(Aquí yace un pájaro.

                           Una flor.

                                       Un violín.)   

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