Evocación y tributo a Juan Clemente Zenea

FOTO/ Tomada de biografiasyvidas.com

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Por Arsenio J. Rosales Morales

Cuando Rafael Zenea y Luz —teniente de una de las compañías del regimiento español de Tarragona— decidió separarse de Celestina Fornaris, su esposa, tomó además la determinación de llevar consigo a su entrañable Juan Clemente para La Habana y dejarlo al cuidado de su hermano Evaristo Zenea, secretario de la Casa de Beneficencia y Maternidad. Es 1845 y el futuro poeta solo ha cumplido trece años, lo que constituyó el primero de sus grandes conflictos. El padre deberá marchar a España y el adolescente amoldarse a las exigencias de una nueva familia. Y aun cuando se entristece y sufre el desgarramiento filial y hogareño por partida doble, tal experiencia lo prepara para los embates de una existencia que nació signada por el dolor, las incomprensiones y la temprana errancia.

Con mesura y admirable equilibrio consigue sobrellevar las carencias materiales y afectivas a que lo conminan las circunstancias y que sin dudas habrían de reforzar en él su sentido de independencia, de libertad individual. Es un joven sensato, atildado, demasiado sensible como para no percatarse de sus limitaciones en el orden social y económico, pero decide afrontar resueltamente su situación como redactor en diferentes publicaciones de la época. Hundido virtualmente entre libros e infinitas lecturas, se ejercitará de igual modo en el conocimiento de idiomas, mientras entrena su intelecto en el cultivo del periodismo y la literatura. El desarrollo de su talento artístico marchará a la par con la reafirmación de su carácter, expresión de voluntad y resistencia frente a la adversidad, ante la política hostil que opone el régimen colonial a los naturales de Cuba. En diferentes instantes de su quehacer poético, en una etapa que podríamos situar entre 1849 y 1852, es dable observar en él notables conmociones, ramalazos nostálgicos, algunas de sus primeras obsesiones y el profundo repliegue depresivo que caracteriza su poética. Obras que, a mi juicio, sin alcanzar aun la perfección formal, el brillo y originalidad de sus años de madurez, anuncian al poeta de fino estro y reveladoras composiciones… En muchas de ellas ambiciona poseer el idioma exquisito del cielo, el laurel consagratorio; al tiempo que proclama su exaltado amor por la patria, aspira a ennoblecer su nombre, a un futuro de gloria.

La idea persistente de la muerte, más que un simple barrunteo juvenil y romántico, es como un leit motiv, verdadera intuición aterradora… En Triste sueño describirá el sepulcro que guardaría sus huesos, entrevisto como visión onírica, bajo el moribundo sol del atardecer… Y la madre, presencia inefable, como única compañía para llorarle. Esta idea de la tumba, signará de modo permanente su poesía hasta la muerte; asunción inexcusable de un destino que le perseguirá de manera tenaz. Precozmente habrán de aparecer otros elementos de naturaleza simbólica que se irán incorporando a la elegante, emotiva cinceladura de sus versos, e identificarán su poesía. Las flores amarillas devienen íconos dentro de las connotaciones estéticas que iluminan el romántico iconostasio de tumbas u otros sucedáneos fúnebres. Sirvan como ejemplo las composiciones ¿Quién de nosotros morirá primero? o la musicalizada ejecución de Una siempreviva. De igual modo, en La hija del infortunio se perciben ramalazos autobiográficos, invocaciones a la tumba y ensueños en relación con el laurel para su arpa y la fama postrera… Conmovedor también resulta su poema A Lebredo, el amigo muerto de tuberculosis en París, donde a las excelencias del verso se unirá la belleza insólita de sus invocaciones al mar, a las distantes playas, a los vientos marinos y aquel generoso ofrecimiento a Dios de ofrendar su vida por la del amigo desaparecido. En un poema de aparición tan temprana como Lágrimas, ya está presente un signo de especial recurrencia: el ave de paso, esa ave errante que hemos mencionado. En esta composición rememora su amarga existencia, al tiempo que se regodea y auto compadece a la manera célebre que todos conocemos: De mi vida cada escena / Es una historia de luto, / Cada memoria una pena, / Cada instante un padecer…

Zenea escribió dos versiones diferentes sobre los sucesos del 16 de agosto de 1851, hechos que él presenció y repudió con riesgo de su propia existencia, con tanto valor personal como ímpetu… Una que firmara originalmente en 1853 en Nueva Orleáns, titulada Dieciséis de agosto de 1851 en La Habana, y publicada ese mismo año en El Filibustero, en la ciudad de Nueva York con este título, y otra versión bastante semejante, aunque más extensa —Dieciséis de agosto de 1851—, dedicada a José A. Quintero, que resulta mucho más descriptiva y minuciosa sobre las atrocidades cometidas por los voluntarios, la soldadesca española y las turbas enardecidas, contra los cincuenta expedicionarios, seguidores de Narciso López, ejecutados y profanados de manera execrable en Atarés. Ambas versiones exhiben una amarga y admonitiva condena contra España y los “degenerados hijos de Pelayo” por el escarnio y profanación de los restos mortales, escenas contempladas con horror por Zenea desde las proximidades del café Monserrate.

En 1860, Zenea dio a las prensas su primera colección de poesías: Cantos de la tarde, precedida por un prólogo de Joaquín Lorenzo Luaces y una carta de Ramón Zambrana. Su biógrafo por excelencia, Enrique Piñeyro, describe al poeta virtualmente detenido en el tiempo, en el espacio de la creación, minucioso y obsesivo como un monje, empeñado en un loable afán de perfección, con intermitencias en la labor de rehacimiento. A raíz de la publicación de su célebre Nocturno en la Revista Habanera, junto a otros poemas y artículos periodísticos de insuperable calidad, la madurez del escritor constituía un hecho inobjetable. El reemplazo o la supresión de adjetivos y conjunciones; la mutación y supresión de estrofas, esa exigente limpieza o transparencia formal, junto a la creación de nuevos símbolos; toda aquella serenidad y detenimiento impregnados en el claroscuro, en la vaguedad que caracteriza su poesía, trazaron una nueva línea demarcatoria para la definitiva consagración del poeta. Zenea había logrado tomarse su tiempo, al seleccionar con extremo cuidado los poemas que integrarían el volumen; todo recogido conforme a su sensibilidad según Piñeyro: el llanto, lo que muere, lo que se pierde, el toque de ánimas en el Purgatorio. Tono, acento, ritmo, sufrirían cambios en su poética, a partir de esta etapa. En la presente evocación no podríamos prescindir de Fidelia, ese romance excepcional que marcó un hito dentro de toda la producción literaria del autor de Las bodas de Monserrate. Cántico y símbolo, aventura autobiográfica para algunos; epifanía o alegoría patriótica para otros, Fidelia constituye sin dudas lo más representativo y acabado dentro de la poética zeneísta. Logró transustanciar en muchos de los versos del poema, toda la magia y armonía de su fecundo caudal, a radiantes silbos de flauta como diría Lezama Lima, con una transcripción majestuosa e inquietante, apegada a la naturaleza, a la belleza implícita de las palabras, vibraciones y oculto sentido que se expande dentro de la propia naturaleza de su creación. “A la caída de la tarde, su flauta reanima la naturaleza y la lleva a una penetración lenta, sosegada, tierna, de sus fugaces estados de ánimo”, nos advierte Lezama.

En opinión de Aurelio Mitjans, el autor de Segundas nupcias no es propenso a las generalizaciones vagas, reales o ficticias, ni a las calumnias contra el prójimo; no es de los que ennegrecen la vida con ribetes siniestros, en vez de reflejar la naturaleza con sus innumerables sufrimientos humanos. Sobrio en la expresión, sin rebuscamientos ni motivos postizos o afectación, el poeta se convirtió por una razón más que probada en el primer elegíaco de su siglo. Tras considerarlo “el más sincero, apasionado y elocuente, a la vez que el más comedido, atildado y elegante”, Mitjans no encuentra reparos para adjudicarle a Zenea excepcionales atributos: belleza de dicción, propiedad de imágenes, concierto en las partes, discreción en sus pensamientos, cualidades felicísimas que acompañaron la personalidad singular del creador de Oriente y ocaso.

Zenea pugnó y soñó con etapas pretéritas y en sus añoranzas de “poeta vagabundo y réprobo maldito”, como se autodefiniera en sus célebres versos, se sintió llamado “… a contar una hora en este mundo en presencia de Dios y lo infinito!” Marchitada la fe, reivindicaría su infinito dolor de cubano al no acertar con su “país de promisión” y en su desesperanza clamará por Otra patria, otro siglo y otros hombres. El pájaro perdido puede encontrar sustento en los bosques, fabricar su nido en cualquier árbol, atravesar el viento a voluntad cuando le plazca, a diferencia del hombre condenado de antemano por la divinidad a la incertidumbre, al riesgo de las intemperies. La estrella de su siglo se habría eclipsado definitivamente…
 

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