Céspedes: histrión y promotor teatral

Carlos Manuel de Céspedes

Escrito por: Lic. Miguel Antonio Muñoz López. Oficina del Historiador de Bayamo

Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, ilustre abogado y revolucionario bayamés reconocido como Padre de la Patria Cubana, fue también un conspicuo hombre de la cultura. Entre sus múltiples actividades para elevar el tono cultural de su ciudad natal, así como de Manzanillo, localidad donde habitó por 16 años, se destaca su inclinación por el bello arte de las tablas. Céspedes fue un permanente aficionado al teatro, devoción que probablemente adquirió en su temprana juventud, cuando, de viaje por Europa, pudo asistir a los grandes escenarios de Francia e Inglaterra. Allí, disfrutando las presentaciones de las más afamadas compañías de la época, adquirió conocimiento amplio del arte teatral; lo que le permitiría luego devenir en un verdadero dramaturgo amateur.

De vuelta en Bayamo, a mediados de la década de 1840, Céspedes se afilió a la  Sociedad Cultural “La Filarmónica”, donde rápidamente se convirtió en director de su sección de declamación. Llevado por su entusiasmo, trató de convertir ese club de dandies criollos en un grupo de aficionados al teatro. De acuerdo con documentos de la época, gracias a su dominio del idioma francés, el joven abogado consiguió traducir y adaptar dos obras clásicas: Las dos Dianas y El cervecero del rey, las que fueron representadas por la compañía de Bruno Martínez, en el propio coliseo de la villa, en 1849. Según contaba el coronel Carlitos, primogénito de Céspedes, la Sociedad “La Caridad”, del Cerro (La Habana), por medio de uno de sus directivos que había presenciado las puestas en escena en Bayamo, le solicitó al bayamés autorización para representarlas en la capital de la Isla, a lo que Céspedes se negó.

Debido a sus ideas republicanas e independentistas, en 1852 Céspedes fue condenado a la pena de extrañamiento de Bayamo, por parte del Teniente Gobernador de la villa, coronel Julián Udaeta y Arrechavaleta. Se le fijó como residencia la costera ciudad de Manzanillo, donde se pensaba someterlo a estrecha vigilancia. Sin embargo, allí Céspedes no sólo escaló en su actividad conspirativa, sino también en sus afanes culturales. Así, en 1856 lo encontramos entre los más decididos promotores del teatro de Manzanillo, cuya construcción culminó en octubre de ese año. Céspedes era, entonces, no sólo uno de los principales accionistas de la empresa constructora, sino que, desde meses antes, preparaba la ceremonia inaugural con la ayuda de un grupo de notables jóvenes manzanilleros, entre los que se encontraban José Ramírez, Jesús Mariño Botello, José Caymari, José María Merchán, así como las damiselas Mariana Hall Figueredo (su hermano Juan sería luego uno de los afamados generales mambises de la Guerra Grande), Adelaida  Venecia, Antonia Figueredo y Mercedes Fajardo.

La apertura del teatro se efectuó, con todo fasto, en la noche del 14 de septiembre de 1856, con la presentación de la obra: El arte de hacer fortuna, del dramaturgo español Tomás Rodríguez y Díaz Rubí, montada por el bayamés para la señalada ocasión. En el segundo acto entró en escena el propio Céspedes, encarnando a «Don Facundo Torriente», personaje de ideas liberales. En fechas sucesivas, otras obras fueron representadas, con su activa participación, ya fuera como productor, actor o director de escena. Entre ellas se cuentan el drama Su amor o la muerte y las comedias Un bobo del día y Las huérfanas de Bruselas. La puesta en escena de estas obras constituyó un éxito rotundo, del que se hizo eco la prensa local, a través del diario El Redactor y periódicos de otras ciudades, tales como La Regeneración,  de Bayamo, y El Fanal, de Camagüey. Esos rotativos loaron tanto la habilidad y talento de los actores,  como la acertada dirección de Céspedes y sus cualidades histriónicas.

Cuando no estaba en escena, el abogado bayamés disfrutaba las propuestas desde el público. Hombre de recursos y espectador asiduo, arrendó de manera permanente uno de los elegantes palcos: el primero situado a la izquierda del escenario. Cuenta la tradición manzanillera que en una ocasión, habiendo llegado Céspedes con retraso a una función, encontró su sillón ocupado por un comerciante español, que estaba de paso por la ciudad. Al reclamarle su privilegio, aquel individuo contestó con la arrogancia propia de los hispanos, lo que le valió que el bayamés lo abofeteara y lo arrastrara fuera de la sala, a viva fuerza, en pago por su insolencia. Luego de calmados los ánimos, Céspedes subió al estrado, desde donde pidió sentidas disculpas a los actores y el público, por la brusca interrupción del espectáculo, gesto por el que recibió una estruendosa salva de aplausos.

En este incidente vemos fundidos al hombre digno y valiente, con el individuo amante de la cultura y respetuoso de sus congéneres. Así fue Céspedes: un caballero galante y sensible para las bellas artes, al tiempo que un decidido defensor de la dignidad humana. No en vano, muchos años después, José Martí lo catalogaría como “Hombre de Mármol”, en atención a sus grandes virtudes cívicas y morales.

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