La Bayamesa


Partitura del himno conservada en el Museo de la Música/ FOTO Rafael Martínez Arias

La Bayamesa, por la Marsellesa, fue compuesta por Pedro Figueredo, el indómito revolucionario, meses antes del pronunciamiento de Yara. La Bayamesa se tocaba por las bandas criollas de la localidad, se cantaba por las damas y se tarareaba por los muchachos de la calle. Aquel pueblo, que acariciaba ya la revolución, daba así expansión a sus sentimientos patrios mucho antes de lanzarse a la lucha.

Cuando hendiendo las almas se dio a conocer como el canto de guerra del pueblo heroico, llegaron sus acordes a los oídos del Coronel Udaeta, el caído Teniente Gobernador de la ciudad, que encerrado con sus tropas en el cuartel militar, principió por escuchar con atención, continuó por reconocer el aire, y terminó por exclamar: “¡Buena me la han jugado! debí de haberlo presentido, debí antes haber comprendido su semejanza con la Marsellesa, debí haber adivinado que era un canto guerrero ¡aún yo, sin saberlo, he tarareado muchas veces el himno que ahora escucho con horror!”.

Bayamo cayó en poder de la Revolución. El 20 de octubre, a las 10:00 de la mañana, cuando las campanas tocaban a vuelo, cuando lo vitoreaba la multitud ebria de gozo, cuando los colores de la libertad, sin orden, sin concierto aparecían en todos los balcones, en todas las casas, cuando toda la ciudad entusiasmada anunció el triunfo de las armas de la Revolución, apareció rodeado por la multitud, en el centro de la plaza de la iglesia, erguido sobre su jadeante caballo, que arrojaba sangre por los hijares y espumas por la boca, un hombre quemado del sol, desconocido por el polvo, que sombrero en mano gritaba: “Bayameses, Viva Cuba!” y en medio del frenesí que enloquecía a aquel pueblo, en medio de las lágrimas y la alegría, rompe la orquesta y llena los aires con los dulces acordes del himno La Bayamesa.

En seguida Pedro Figueredo rasga una hoja de su cartera, y cruzando su pierna sobre el cuello del indómito corcel, escribe la siguiente octava:

Al combate corred, bayameses,

Que la Patria os contempla orgullosa:

No temaís una muerte gloriosa,

Que morir por la Patria es vivir.

En cadenas vivir, es vivir

En oprobio y afrenta sumido:

Del clarín escuchad el sonido:

¡A las armas, valientes, corred…!

El pueblo hizo coro, la cuartilla de papel corrió de mano en mano y el mismo Figueredo ordenó la marcha que al son de la música recorría las calles y entusiasta exclamaba: “Que morir por la Patria es vivir” y mientras los españoles se rendían, el pueblo cantaba, y el autor de La Bayamesa, ebrio como Rouget de L’Isle, ebrio de gozo por su triunfo, hacía popular su canto de guerra, cuyo espíritu selló cuando pocos años más tarde era conducido en ignominiosa procesión a través de las calles de Santiago de Cuba, donde lanzó su último aliento acribillado a balazos, exclamando orgulloso, soberbio: “Morir por la Patria es vivir”.

Un Veterano: Periódico Patria, New York, Junio 25 de 1892, no. 16

(Tomado de La Demajagua)

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