A propósito de Zenea como prosista y crítico literario (Fragmento)

Juan Clemente Zenea

Juan Clemente Zenea

“Es cuestión de justicia reconocer y proclamar la condición de periodista que alentaba en Juan Clemente Zenea”1, encomiaba en una tesis presentada a la Fundación Piedad Zenea hacia 1925, María Gómez Carbonell, biógrafa y admiradora del poeta, al destacar aquella aguda sensibilidad artística y literaria que marcó la existencia del cantor de Fidelia, como escritor talentoso y prolífico, poeta de singulares dotes, colocado (y no por mero azar) entre los cultores más representativos de la lírica insular del XIX y el más alto exponente de los románticos cubanos.

Desde muy temprana edad comenzaría a desplegar su fecundidad como prosista en periódicos y otras publicaciones de una época en la que predominaba el celo, la ojeriza de censores y propietarios, adictos por lo general al régimen colonial. Su primer artículo aparecería en La Prensa de La Habana (8 de junio de 1850) y estaría dedicado a la muerte de un amigo. La independencia de su carácter e indiscutible talento le granjearon el respeto en este medio y en otros como El Almendares, que dirigió junto a su primo Idelfonso Estrada y Zenea, alrededor de 1852. De manera que durante esta década cinceló su fama como poeta de altos vuelos y depurado prosista y crítico, sobre todo entre 1855 y 1860, tras su regreso de los Estados Unidos, lo que unido a su reputación como profesor de Lenguas y Literatura Inglesa y Francesa, le permitieron acometer una importante labor de poda y fina disección en la producción literaria de sus contemporáneos. Sobresalen sus colaboraciones en La Revista de La Habana y en el periódico El Siglo, en un clima favorecido por la sucesión de gobernadores como Concha y Dulce que sustituyeron a procónsules más refractarios frente a las ideas.

A despecho de la Revista de La Habana y su repercusión sobre el movimiento literario cubano, otras publicaciones incidieron con mayor o menor suerte en el panorama cultural del país, como Brisas de Cuba, dirigida por Néstor Ponce de León, Fernando Valdés y Santiago de la Huerta y editada por jóvenes universitarios con inquietudes y exigencias de nuevo tipo, proclives a arremeter contra todo lo que tildaban de conservador y anticuado. Luaces y Fornaris impulsaban la salida de publicaciones que no dejaron huellas sobre el agreste  ambiente cultural de la Isla y cuya nomenclatura pecó en no pocas ocasiones de afectada o localista, como La PiraguaCuba Literaria, La floresta cubana, publicaciones en las que Zenea participó en su desarrollo, al inicio con versos, y posteriormente con su prosa. José Lezama Lima, que hurgó profundamente en la vida y la obra del autor de Las misas de Monserrate, había insistido bastante en la necesidad de estudiar la recopilación de una interesante miscelánea, comprendida entre 1850 y 1870, y fijar en ella los sucesos más significativos de esta etapa. Tras afirmar de manera categórica que “ese periodismo de los mejores está en la raíz de la cultura cubana”2, Lezama Lima nos reafirma en el conocimiento de que esta miscelánea ya la había ejercido con anterioridad Cirilo Villaverde. Con posterioridad, Zenea y Julián del Casal, como brazos fluviales de esa tradición periodística esencial, habrían de penetrar en lo más raigal de nuestra cultura, de nuestra literatura, con abnegación y hondura tales, hasta desbordar lo meramente geográfico y pugnar por la universalidad de sus juicios, en una búsqueda incesante de lo trascendente y abarcador.

  Su castellano es sereno, terso. Zenea poseía el don del ritmo y las delicadezas de la prosodia española, a despecho de los reparos de Menéndez y Pelayo, que lo veía afrancesado y distante, criterio que con posterioridad llegó a cambiar. Sus mejores artículos, ensayos y reseñas, según Piñeyro, su biógrafo por excelencia, aparecieron en La Revista de La Habana; el mérito de tales escritos radica en la severa franqueza de su crítica, en el carácter e independencia con que se permitió juzgar a sus contemporáneos, sin temor a procurarse dificultades, orientando su sentido de artista y de hombre de oficio hacia lo esencial de la creación, con eticidad, equilibrio y conocimiento de causa, sin vaguedades ni elogios gratuitos. Fue en esta revista de aparición mensual y proyección personalísima, la que tuvo la virtud de incitar sus gustos, perfilar sus ideas con relieve científico y literario, e incluso en  política exterior, aspecto que generó suspicacias entre los censores de la metrópoli, aun cuando contaba con el permiso de las autoridades coloniales.

  A través de la obra Prosas de Juan Clemente Zenea, compilada y presentada por Marta Lesmes Albis, podemos acceder de manera condigna a la expresión y desarrollo de su perfil crítico, a juicio de la investigadora es “una de las figuras más interesantes del pensamiento literario cubano de su momento y, posiblemente, también de todos los tiempos”3,  por más que nos parezca exagerado tal aserto. La conocida escritora y crítica literaria ha ubicado atinadamente a Zenea como una figura de transición entre la modernidad ilustrada y europeizante de nuestro romanticismo y la modernidad literaria con que irrumpieron las letras americanas en la literatura occidental de fines del XIX. Epígono indiscutido de las ideas transformadoras que se operaban en el desarrollo estético del pensamiento cubano en su momento, al decir de esta autora, Zenea las haría del conocimiento público a través de la prensa de su época, no sólo con brillantez y osadía, sino con claridad y gran sentido de lo nacional emergente, tal como se empeñaba en reflejarlo dicha prensa4.

  Mediante la asunción de la crítica y el ensayo, dejó testimonio elocuente de sus criterios acerca de diferentes géneros literarios y científicos, pero sobre todo alrededor de la narrativa y la poesía, en los que demostró pericia, erudición y un despliegue profundo de conocimientos bastante  avanzados para su época, a través de un análisis riguroso de los intereses del público, en lo que respecta a la prensa.  “Para Zenea estaba claro ―nos advierte Marta Lesmes―que la crítica no puede convertirse en un instrumento para la ofensa y el descrédito”5 (…). A diferencia de otros autores que opinan lo contrario, no considera al autor de Cantos de la tarde como iniciador de la crítica impresionista en nuestro país, desde el instante en que él abogaba por el valor y la objetividad del análisis literario. Desde 1851, el periodismo cubano evolucionaba procurando encontrar amenidad y ligereza, al tiempo que evitaba temáticas frívolas, según la investigadora citada, sin menoscabo de la calidad literaria y de la incapacidad para incitar a la reflexión seria.

  Quienquiera que desee lanzar una mirada de inteligente comprensión acerca del pensar y el quehacer zeneísta alrededor de la crítica y su misión de sanear el panorama cultural e intelectual de la Isla a partir de la segunda mitad del siglo XIX, podría encontrar en los primeros diez trabajos, expuestos bajo el rubro de “Crítica literaria: artículos y reseñas”, principalmente en los cuatro primeros, a mi juicio, las esencias del método y teorización medular de Juan Clemente Zenea sobre tan importante función. En muchos de estos conceptos se exponen males, conductas, actitudes, acomodos y patologías de la mala praxis escrituraria de aquel tiempo, que aún perviven y se reproducen, y causan enojo o pesar en nuestro país en el momento actual, razones suficientes para considerar la ponderada visión del poeta y situarlo como un adelantado de su época en estos juicios.

Escrito por Arsenio Rosales Morales (1942) 

CITAS Y NOTAS

1 María Gómez Carbonell: “Estudio crítico biográfico de Juan Clemente Zenea”, Tesis presentada ante la Fundación Piedad Zenea para optar por el Premio de 1925, La Habana, 1926, pp 70-72.
2  José Lezama Lima: Fragmentos irradiadores, p. 17.
3  Marta Lesmes Albis: Prosas de Juan Clemente Zenea, Presentación, Ediciones Mecenas, Cienfuegos, 2005, pp 7-8.
4  ______________: Opus cit., p. 11.  
5  La autora enfatiza como la crítica y el ensayo fueron los medios a través  de los cuales el autor de “Nocturno” y de “Noche tempestuosa” encontró modos de plasmar sus criterios acerca de la poesía y la narrativa, demostrando sus profundos conocimientos sobre ambos géneros, sobre todo en la narrativa a la que extendió sus exigencias en torno al buen gusto poético.

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